Physis y techne
La tecnología como expresión cultural surge del cruce entre acción, reflexión y diseño, más allá de la simple oposición entre lo natural y lo artificial.
Las consideraciones que anteceden se refieren al conjunto de lo artificial, término que comúnmente se aplica a todo lo que no es “natural”. Es decir, artificial es todo lo no hecho por el humano, más allá de sus actividades biológicas condicionadas, como alimentarse de lo que encuentra y reproducirse. En este sentido una de las acepciones del término Tecnología es “la ciencia de lo artificial”. En efecto, en griego techne es, indistintamente, técnica o arte es decir que abarco todo lo artificial en oposición a physis, lo natural y a logos, la palabra, la explicación y el discurso d xis, el obrar cotidiano, que involucra lo artificial de una manera filosóficamente más ingenua. Esta tarea no es obvia ni sencillo, pues lo tecnológico está íntimamente imbricado con todos los demás aspectos de la cultura; es así como no se distinguía entre técnica y arte Esta identificación entre la técnica y el arte llega hasta los albores de la revolución industrial. En efecto, el primer gran compendio iluminista de la totalidad del conocimiento humano, la gran Enciclopedia de Diderot y D’Alembert, clasifica lo que hoy llamamos técnicas como “artes mecánicas”.’ En general, en la actualidad se suele hacer cierta diferencia entre los Objetos Tecnológicos en el sentido estricto y otras clases de objetos artificiales, como las obras de arte, los objetos de culto, las categorías sociales y los valores.
Aquí sólo quisiéramos esbozar este tema como área para un debate. Por un lado, ya hemos señalado que todos los objetos artificiales comparten una característica básica, al derivar de la cualidad humana de la reflexión sobre sus actos y de la capacidad de la acción instrumental. Sin embargo, hacer de la Tecnología una categoría omnímoda al identificarla con la totalidad de lo artificial, nos hace correr el peligro de una interpretación tecnologicista de la existencia humana misma. Frente a esto, en una época de peligroso predominio de la Tecnología sobre la mayoría de los demás valores humanos, vale la pena recordar a L. Mumford cuando dice que lo más propio de la especie humana no es tanto el hacer, la construcción de objetos, como el pensamiento, la reflexión. Para él, el ser humano es, ante todo, Homo sapiens y, sólo en segundo lugar, Homo faber.
En vista del pesimismo tecnológico de Mumford, esta contraposición marca la tensión secular entre una posición posmoderna (que tiene su frase liminar en el comienzo del Evangelio de Juan: “Al comienzo fue el Verbo”) y la actitud moderna que se expresa en la ya citada frase que Goethe pone en la boca de Fausto, el personaje paradigmático de la modernidad: “Al comienzo fue la Acción”‘. Se trata de una falsa contraposición: como ya lo hemos mencionado, lo característico de lo humano es la reflexión sobre la acción, o acción reflexiva. Goethe hace decir a Fausto que ha logrado la síntesis del pensamiento y la acción, usando su mente para transformar el mundo”. El tecnólogo lo expresa de esta manera: “El que piensa debe actuar y el que actúa debe pensar: de eso trata la Tecnología”.
Por otra parte, la observación de Mumford, quien antepone el pensamiento a la acción en términos éticos, no puede ser aceptada sin mayor comentario. En efecto, en ninguna otra época se ha reflexionado tanto sobre la acción como en nuestro siglo. Al mismo tiempo, la acción nunca se había ejercido en la escala a la que nos hemos acostumbrado y nunca había tenido consecuencias tan amplias y universales como en nuestro tiempo. Éste es el tema central de este debate: lograr que la reflexión sobre sus consecuencias sepa poner límites a la acción.
La relación entre la Tecnología y los conceptos más abarcativos del ser de nuestra especie, como el de cultura, merece un análisis muy cuidadoso. Los arqueólogos que estudian los restos de las civilizaciones extinguidas se encuentran solamente con objetos materiales: las culturas están caracterizadas y definidas por sus instrumentos, los rastros materiales que están disponibles para su estudio. Sin embargo, tales objetos no se identifican con la cultura ni se agotan. Los Objetos Tecnológicos son una especie de materialización o expresión de la cultura. También lo son de la nuestra, a pesar de que, como veremos oportunamente, existen Objetos Tecnológicos cuyo “ser en el mundo “no es material.
Al mirar a nuestro alrededor, podemos clasificar fácilmente a la mayoría de los objetos (en un sentido muy amplio de este término al que calificamos más de cerca en el capítulo próximo) en naturales y artificiales, en “nacidos” y en “hechos” como los ordena Kevin Kelly” Esmeraldas por crecimiento se distinguen netamente de las formas creada natural de lo artificial, nos encontramos con perplejidades y ambigüedades. El choque entre dos piedras es un acontecimiento natural; pe.ro cuando el humano controla ese choque para sus fines lo resignifica como acción tecnológica. Desde la revolución neolítica resignificamos a los seres vivos como alimento. Los vegetales que crecen en los campos de cultivo no lo hacen de la manera que, intuitivamente, designaremos como natural; crecen en hileras, son regados mediante sistemas artificiales y reciben nutrientes, sin los cuales no prosperaron tanto como lo hacen. En los cultivos de frutales, los árboles son podados de maneras que facilitan la cosecha. ¿Y qué clase de entidad es una organización como una empresa? Salvo las organizaciones tribales, formas espontáneas y muy antiguas de organización social, parece obvio que las organizaciones son objetos artificiales, generalmente creadas por diseño y con una finalidad expresa. Sin embargo, como todos los que han intentado formar o conducir una organización humana saben, la artificialidad de una entidad social es de una clase muy diferente de la de un mecanismo, y las organizaciones comparten muchos atributos con los seres vivos. Es decir, usando la metáfora de Kelly, las organizaciones se “hacen” pero luego crecen como si hubieran “nacido”. Y se resisten a ser manejadas como si fueran mecanismos, como lo demuestra afortunadamente el fracaso de las sociedades totalitarias.
