Techne contra praxis
La expansión de la tecnología redefine la relación histórica entre trabajo, producción y organización social, planteando tensiones inéditas entre automatización, empleo y sentido del trabajo humano.
La tecnología contemporánea no sólo ha obligado a un replanteo de la relación entre la sociedad humana y su mega técnica y la naturaleza, sino que está replanteando también la naturaleza y el futuro del trabajo humano. El reemplazo de nuevas categorías de trabajadores por máquinas no puede menos que tener un efecto muy profundo sobre el empleo, y la “desocupación tecnológica” es una seria preocupación en la mayoría de los países desarrollados. La historia del trabajo es la de la humanidad. Desde la expulsión de Adán y Eva del Paraíso hemos debido ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente y el cansancio de nuestros miembros: por lo menos aquellos humanos que no tenían la fortuna de pertenecer a las minorías ociosas que estaban libres de esa maldición; éstos vivían de los excedentes producidos por los trabajadores, que eran la inmensa mayoría. Hasta la revolución industrial, la mayor parte de la población era rural y trabajaba en diversos tipos de relación de sumisión con los señores, produciendo los alimentos para todos. Los demás trabajadores que producían, entre otras cosas, las herramientas que aquellos necesitaban eran artesanos generalmente agrupados en gremios, como el de los carpinteros, toneleros, herreros, albañiles y demás oficios.
Es un hecho curioso que estas dos formas de trabajo de otras épocas, el labrador y el artesano, hayan quedado en el imaginario popular como las figuras paradigmáticas del trabajo noble y digno, mucho más que las formas posteriores, aún vigentes, del trabajador industrial, el proletario. En nuestra época, la glorificación romántica de estos dos tipos de trabajadores tal vez se pueda resumir en la figura del jardinero, el artesano de la tierra. Pero a la vez, esa imagen muestra su marginación, porque el jardinero no ocupa ningún lugar en la corriente principal del proceso económico contemporáneo y es más bien un sirviente de la clase pudiente.
La del proletario, en cambio, se asocia con otra imagen: la del trabajo alienado, en el cual el obrero, por un salario, cumple una función mecánica, incorporado a un proceso productivo que no controla y del que surge un producto que probablemente no estará en condiciones de comprar por lo miserable de su condición. Este proletariado se rebeló contra su condición siguiendo a los ideólogos del iluminismo primero y luego a los propulsores de la idea del socialismo y de la justicia social. A mediados del siglo XIX, de este proletariado surgió el movimiento obrero que luchó contra la explotación sin límites, lucha que fue la base empírica para los desarrollos teóricos de Marx y del marxismo, que pretendió señalar no sólo una meta, sino una metodología para alcanzarla. A través de esta lucha, que a veces fue cruenta, la clase obrera conquistó muchos derechos; entre ellos, que el concepto mismo de justicia social entrase en el ideario de la sociedad moderna.
No vamos a resumir aquí la historia de esa lucha que abarcó parte del siglo XIX y lo esencial del XX, cuando el movimiento marxista de la población humana. Por desgracia, el marxismo en el poder la libertad de la clase trabajadora en una dictadura totalitaria que no cumplió ninguna de sus promesas. Además de este desarrollo histórica, el desarrollo tecnológico e industrial de su protagonismo numérico. Así como antes se habar riendo lo mismo con el proletariado industrial En cambio, hay una empleada en el sector terciario, los llamados “servicios”. Ahora se plantea la problemática de la posibilidad cierta de que el trabajo humano desaparezca como necesidad vital, porque casi todo el trabajo que tradicionalmente hacen los humanos en algunas décadas más podrá ser efectuado por máquinas. Este problema tiene dos aspectos: uno es de carácter social, porque el futuro de la humanidad dependerá de que se encuentre una manera relativamente uniforme de distribuir la riqueza producida por las máquinas, asegurando un ingreso mínimo a todos, aunque no tengan acceso a un mercado laboral cada vez más restringido. Por otra parte, ésta es una condición para que el sistema mismo pueda seguir funcionando, porque, de lo contrario, no habrá mercado solvente para adquirir los abundantes productos de una industria cada vez más robotizada.
En la actualidad se están empezando a ver los aspectos negativos de esta liberación de la humanidad del trabajo: la desocupación, y su secuela de marginación, desvalorización subjetiva y creciente violencia sobre todo por parte de los jóvenes que no encuentran fácilmente una ubicación social que les ofrezca un futuro por el cual valga la pena esforzarse. En este panorama aparece como particularmente trágico e indignante que, junto al alto nivel de desempleo y subempleo de los adultos, en muchos países existan millones de niños obligados a trabajar en condiciones tan inhumanas como lo hacían en la Europa de la revolución industrial, a pesar del reconocimiento oficial de los “Derechos del Niño” por todos los países. El trabajo no reconocido ni remunerado de las mujeres es otra “asignatura pendiente”. Cuando se resuelvan estos aspectos negativos de la forma actual de distribución de la riqueza, aparecerá en toda su importancia el otro problema, de carácter existencial, que puede ser aún más grave que el anterior: se trata de saber qué harán los humanos cuando ya no deban ocupar la mayor parte de su tiempo en trabajar por su sustento. La humanidad se enfrentará entonces a una situación totalmente nueva, ante la cual no se encuentra ninguna propuesta útil en toda la tradición occidental. Al mismo tiempo, aquellas formas de trabajo que subsistan serán las más creativas e interesantes, que exigirán de los humanos el desarrollo de todas sus facultades intelectuales; formas que actualmente efectúan aquellos que están en la punta del desarrollo científico, tecnológico y artístico de la humanidad.
