14 enero, 2026

Rafael Kohanoff: “La experiencia no es para guardarla en un cajón”

En su taller, el tiempo parece tener otro ritmo. Sobre la mesa hay planos arrugados, un engranaje recién aceitado y una lupa que usa para examinar piezas diminutas. Rafael Kohanoff, 94 años, ingeniero e inventor, se mueve con calma. “Yo siempre digo que la experiencia no es para guardarla en un cajón”, arranca, sin dejar de mirar una maqueta que parece llevar semanas de trabajo.

Su trayectoria lo llevó por fábricas, ministerios y organizaciones empresarias. Fue asesor de la Unión Industrial Argentina y referente de programas para que las pymes puedan mejorar su productividad. “No todas pueden importar maquinaria de última generación; por eso trabajamos en soluciones que optimicen lo que ya tienen, que hagan más con menos”, recuerda.

No es de dar discursos interminables. Prefiere explicar con ejemplos. “Mirá —dice señalando una máquina—, esta se trababa cada dos horas. La gente pensaba que había que cambiarla entera. Nosotros modificamos una pieza y listo: volvió a funcionar como nueva. Eso es ingenio, no magia”.

Su forma de liderar es escuchar antes de hablar. “Muchos creen que liderar es dar órdenes. No. Liderar es entender qué necesita tu equipo para rendir al máximo”, afirma. Luego cuenta que, cuando recibe a estudiantes o técnicos jóvenes, les plantea desafíos concretos. “Les doy un problema y les pido que no me den la solución más cara, sino la más inteligente. Ahí se nota quién piensa y quién repite”.

Kohanoff no separa técnica de ética. “No sirve de nada crecer si destruimos el medio ambiente o si dejamos a la mitad de la población afuera del progreso”, advierte. Cree que la industria debe ser sostenible y que la innovación no puede ser ciega al impacto social.

En un país con vaivenes económicos, apuesta a un concepto simple: creatividad aplicada. “Podés tener toda la plata del mundo, pero si no sabés qué hacer con ella, no vas a producir nada útil”, dice, encogiéndose de hombros. Y agrega: “Acá, más de una vez, lo único que te salva es pensar distinto”.

También defiende la educación técnica como motor de desarrollo. “Un país que no invierte en educación tecnológica está condenado a importar siempre las ideas de otros”, sostiene. Por eso participa en capacitaciones y colabora con proyectos educativos: “Si no formamos a los pibes en cómo hacer, vamos a seguir comprando todo hecho”.

Mientras habla, interrumpe para mostrar un prototipo de bajo costo para una línea de producción. “Esto es para una pyme del interior. Si lo compraran afuera les saldría diez veces más. Con esto, lo hacen con lo que tienen y les sobra para invertir en otra cosa”, explica con una mezcla de orgullo y humildad.

No le gustan las recetas únicas. “Cada empresa es un mundo. Lo que sirve para una, no sirve para otra. Hay que ir, mirar, escuchar y recién ahí proponer”, repite. Y se nota que disfruta ese ida y vuelta con la gente de planta, con los que realmente hacen funcionar las máquinas.

Sobre el futuro, es claro: “La industria argentina tiene futuro si combina la experiencia de quienes ya recorrimos el camino con la energía y las ideas de los jóvenes. No es uno u otro; es juntos”. Hace una pausa y mira por la ventana: “Si entendemos eso, no hay crisis que nos frene”.

La conversación se corta cuando un operario entra con una pieza rota. Kohanoff la toma, la gira entre sus manos y sonríe: “Bueno, vamos a ver cómo la arreglamos…”. El taller vuelve a llenarse de ese murmullo de herramientas y pasos, y él se pierde entre planos y repuestos, como si todavía estuviera empezando.