15 enero, 2026

La relación entre lo artificial y lo natural exige responsabilidad: límites al impacto tecnológico, regulación y diseño atento a contextos sociales.

Filosóficamente, frente a la doctrina dominante de que el ser humano es el dueño de la Tierra y debe controlar la naturaleza, se alza el requerimiento ético de responsabilidad y, más allá de ésta, de solidaridad con lo no humano. Somos parte de la naturaleza, a pesar del predominio de lo artificial, y debemos reconocer ese hecho obvio antes que la destrucción de los ecosistemas naturales haya llegado a límites que hagan imposible la vida sobre la Tierra: comprendida, obviamente, la nuestra. Esta problemática, impensable hace pocas décadas, en la actualidad que, además de una corriente de pensamiento, ha generado movimiento ser unánimes en el debate ético, filosófico y político sobre esta conflictiva relación entre lo natural y lo artificial; se destacan varias posturas significativamente diferentes entre sí, si bien todas ellas se enfrentan a la concepción dominante de que la naturaleza puede y debe ser sometida y dominada. Una de ellas es conservacionista y su posición es la protección de una naturaleza acorralada por el sistema tecnológico. Dentro de esta corriente está el sector denominado “Ecologismo Profundo”, que está dispuesto a que la humanidad sacrifique su propio interés por la conservación de los ecosistemas y las especies amenazadas de extinción. Pero esto no sólo implicaría una limitación voluntaria al crecimiento económico futuro y a la lucha contra la profundización del deterioro ecológico, sino también olvidar los derechos y aspiraciones de los millones de seres humanos que aún hoy viven en condiciones miserables.

Por ello, otras corrientes perciben que los humanos ya están tan acorralados como los animales amenazados y, aunque dan preferencia a aquellos, atacan al sistema político capitalista. Este ataque no logra, sin embargo, proponer alternativas viables o siquiera pensables al sistema dominante. Otros reivindican la validez de una relación pretendidamente idílica entre lo humano y lo no humano, tal como se halla incorporada a la filosofía de los pueblos que solemos llamar “primitivos”, pero cuyos principios éticos difícilmente sean generalizables a nuestra cultura urbana. Debemos tener en cuenta que esta filosofía corresponde a pueblos nómadas que vivían o aún viven, aunque cada vez más acorralados geográfica y culturalmente en regiones de densidad demográfica extremadamente baja. Todos los grupos ecologistas comparten el rechazo por la “mega técnica” y a veces toman posiciones extremadamente militantes frente a algunas de las manifestaciones más visibles de la tecnología contemporánea, como la energía nuclear. En algunos países, sobre todo en Europa, los ecologistas (“verdes”) han alcanzado cierta relevancia como movimiento político.

Frente a la evidencia ya innegable de que la expansión humana tiene impactos ambientales de alcance global, se está imponiendo desde hace algunos años el concepto de “desarrollo sustentable” por el que se procura limitar, por consenso nacional e internacional, los impactos globales del gigantismo tecnológico y, mediante una legislación regulatoria, los locales. La relativa irrelevancia de los resultados de la reciente Cumbre de Kyoto 66 (diciembre de 1997) muestra la dificultad de alcanzar un consenso que vaya más allá de lo declarativo cuando se trata de limitar el poder de los poderosos. Sin embargo, existe un lento avance de la convicción de la necesidad imperiosa de establecer límites a la explotación de la naturaleza. Se verá si este avance puede acelerarse para que las medidas necesarias lleguen a tiempo, de manera de evitar una catástrofe de magnitud imprevisible.

En esta sección es oportuno dedicar algunas líneas a la idea de “tecnología apropiada”, un tipo de Tecnología más suave, “intermedia” entre la tradicional, de los pueblos “subdesarrollados”, y la “mega técnica”, usualmente asociada al dominio de los países más desarrollados sobre los que no lo son. Ante todo, digamos que el término es ambiguo, ya que toda tecnología es apropiada a sus fines específicos. Por eso, algunos hablan de tecnología “conveniente”, aunque ambas expresiones casi son sinónimas. Aun otros ponen el énfasis en las propuestas de alternativas a la mega técnica. En todas sus variantes, el concepto que deriva directamente del movimiento anti mega técnica que tuvo cierto auge en el contexto de las rebeliones estudiantiles de fines de los años sesenta se refiere a la posibilidad de resolver numerosos problemas inmediatos de las comunidades aún no alcanzadas por la universalización del aparato tecnológico moderno, empleando tecnologías de pequeña escala y evitando lo que habitualmente se denomina la “alta tecnología”. Se prefieren así, como fuentes de energía, los pequeños generadores eólicos o las fuentes de biogás a las grandes instalaciones, y las huertas orgánicas a los alimentos producidos en escala industrial y distribuidos por redes de supermercados.

Las intenciones de este movimiento son encomiables y dignas de aplauso, y existen pequeñas comunidades que temporariamente se pueden beneficiar con este enfoque, pero sus perspectivas de aplicación en gran escala son nulas. No sólo no están a la altura de poder proveer a las necesidades de una humanidad en constante expansión demográfica sino que además tienen un trasfondo romántico que ni siquiera ideológicamente puede competir con el macrosistema que promete una afluencia de bienes presentados como deseables aunque puedan ser considerados inútiles o perniciosos por ciertos sectores de la sociedad Esto no quiere decir que no sea frecuentemente ventajoso implementar tecnologías como las propuestas, con la salvedad de que no se procure usar medios tecnológicamente obsoletos. Por ejemplo, una micro turbina hidráulica es una fuente altamente recomendable y eficiente de energía eléctrica en pequeña escala, que puede complementar, pero no reemplazar, las redes de distribución de energía de alcance nacional o regional. Pero esta microturbina no será un molino de agua medieval: deberá estar diseñada según los criterios más avanzados de la hidrodinámica, los materiales usados y el control.

Una de las condiciones de aplicabilidad de las “tecnologías alternativas” es que, al encarar su diseño, se estudie como un todo el sistema sociocultural en el que se proyecta su implantación. Como ejemplo de esto podemos mencionar los intentos de mejorar el diseño de las estufas de leña usadas en muchas comunidades de África y de América Central, que ante el constante aumento de la población contribuyen notablemente al deterioro de los bosques. En estas estufas u hornillos se aprovecha sólo el 3 % del calor de combustión de la leña y un mejoramiento de su diseño puede tener un impacto ambiental favorable, siempre que su empleo sea aceptado por la comunidad. En cambio, a veces, y con la mejor voluntad de contribuir a su progreso, se han hecho intentos de “ayudar” a comunidades premodernas en formas que sólo han contribuido a desgarrar los tejidos sociales existentes sin aportar una mejora a las condiciones de vida de tales comunidades.