8 septiembre, 2026

Tecnologías regidas por ideología

Tecnologías regidas por ideología

Freeman Dyson analiza casos como los dirigibles, el avión Comet y la energía nuclear para explicar cómo la ideología puede condicionar el desarrollo y el fracaso de una tecnología.

Freeman Dyson es juzgado por Arthur Clarke como “uno de los verdaderos genios de nuestra era”. Participó en el proyecto de la bomba atómica y en 1995 integró el comité oficial que analizó el futuro de la stockpile de artefactos nucleares. Este físico y tecnólogo es, como escritor, uno de los más sagaces críticos de la ciencia y la tecnología. El último de sus libros es una prueba de ello. Se trata de Imagined Worlds, con pie editorial Harvard University Press, 1997.

El primero de sus seis capítulos refiere historias de artefactos exitosos y fracasados con el propósito de ilustrar una tesis: que las tecnologías regidas por ideología resultan generalmente en fracaso.

La historia del vuelo en nuestro siglo es un buen ejemplo para apreciar la relación de la tecnología con los asuntos humanos. Hubo una etapa de competencia entre dos tecnologías diferentes: la del aeroplano y la del dirigible. La primera nació de la aventura y el goce; la segunda creció de sueños imperiales.

Aquella se hizo fuerte a través de múltiples fracasos, un proceso darwiniano de riesgo, competencia y audacia: se estima que durante las décadas de 1920 y 1930 fueron probados miles de diferentes tipos de aeroplanos. Muchos aviadores perecieron y una infinidad de empresas se fueron a pique. Solo unos cien ejemplares sobrevivieron para formar la base de la aviación moderna.

El dirigible tuvo una historia diferente, dominada por políticos y militares antes que por inventores. Después de la I Guerra Mundial, los líderes ingleses lo vieron como un medio de restablecer el prestigio nacional venido a menos. Los imaginaron, majestuosos como transatlánticos, vehículos de prestigio imperial. El viaje de prueba del primer R100 se hizo a la India en octubre de 1930, con el ministro del Aire y una comitiva de cincuenta y cuatro. Lo abatió una tormenta; sobrevivieron seis, entre los que no estaba el ministro. Los otros fueron discretamente desmantelados.

Este es uno de los ejemplos de ideologically driven technologies que comenta el autor. Otro es el del avión Comet, un jet comercial que comenzó a volar en 1952 para adelantarse a los americanos y poner en alto la tecnología británica. Dos desastres con un centenar de víctimas obligaron a pararlos.

Como en el ejemplo anterior, las decisiones de los políticos sobre asuntos técnicamente complicados resultaron en desastres. Dyson refiere en particular el caso —y este tiene que ver con nuestro interés local— de otra ideología poderosa que condujo a problemas: la nuclear.

Luego de la II Guerra Mundial, en muchas partes del mundo científicos y políticos participaron de la visión de una nueva fuente maravillosa de energía. Inagotable, barata, capaz de hacer florecer desiertos y traer abundancia a todos. Era tan extraña que parecía mágica.

En muchos países, ricos y no tan ricos, democráticos o dictatoriales, comunistas o capitalistas, nacieron Comisiones de Energía Atómica encargadas de dar realidad a la promesa del milagro. Miles de millones fueron invertidos aun en países ya endeudados.

Dyson aclara que no había nada equivocado en usar energía nuclear para producir electricidad. Pero sostiene que las reglas del juego deben ser claras, de modo que ese tipo de energía compita con otras fuentes y que se la deje fracasar si no lo hace con éxito.

En tanto se le permita fracasar, la energía nuclear no puede producir gran daño. Pero, dado que la característica típica de una tecnología regida ideológicamente es que no se le permite fracasar, la nuclear cayó en dificultades.

La ideología dice que la energía nuclear debe vencer. Sus promotores creyeron, como un asunto de fe, que sería segura, limpia y barata: una bendición para la humanidad. Cuando surgió evidencia contraria, ellos encontraron maneras de ignorarla.

Escribieron las reglas del juego de modo que la energía nuclear no pudiera perder. Las modalidades de estimación de costes fueron tales como para que el de esta electricidad no incluyera las ingentes inversiones públicas requeridas por el desarrollo de la tecnología nuclear y la manufactura del combustible.

Las reglas para la seguridad de los reactores fueron escritas de modo que el reactor fuera, por definición, seguro. Las reglas para la limpieza ambiental, como para que la disposición final del combustible quemado y de la maquinaria en desuso no se tomara en cuenta.

Con las reglas escritas así, la energía nuclear confirmaba las creencias de sus promotores. Según esas reglas, era ciertamente barata, limpia y segura.

El autor no cree que las personas que escribieron las reglas hayan pretendido engañar al público. Se engañaron ellos mismos y luego cayeron en el hábito de suprimir evidencias que contradijesen lo que creían.

Al final, la ideología de la energía nuclear colapsó porque esta era una tecnología a la que no le estaba permitido fracasar y, sin embargo, lo hacía. A pesar de los subsidios estatales, la electricidad nuclear no se hizo más barata que la de carbón o petróleo. A pesar de la declarada seguridad de los reactores, ocurrieron accidentes. Y no solo en Three Mile Island y Chernobyl. A pesar de las ventajas ambientales, la disposición del combustible quemado siguió siendo un problema irresuelto.

El público, al final, reaccionó duramente contra la energía nuclear debido a que resultados concretos contradecían a sus promotores.

Esta es la tesis central de “Stories”, el capítulo del libro que hemos reseñado: cuando a una tecnología se le permite fracasar en competencia con otras tecnologías —el ejemplo del aeroplano—, su fracaso es parte del normal proceso darwiniano de evolución, conducente a mejoras y posible éxito posterior.

Cuando a una tecnología no se le permite fracasar y, sin embargo, falla, el fracaso es mucho más dañino. Si a la energía nuclear se le hubiese permitido fracasar al principio, podría muy bien haber evolucionado ahora en una tecnología mejor en la que el público pudiera confiar.

No hay nada que nos impida construir mejores plantas de energía nuclear. Estamos inmovilizados por la desconfianza justificada de la gente. El público desconfía de los expertos porque estos han pretendido ser infalibles. Sabe que los seres humanos no lo son.

Solo gente obnubilada por la ideología cae en la trampa de creer en su propia infalibilidad.

La tragedia de la energía nuclear está casi en sus finales, por lo menos en lo que a Estados Unidos se refiere; nadie quiere construir ahora ninguna planta de energía por fisión, concluye Dyson.

Se cumple el destino de las tecnologías orientadas por la política y la ideología.