11 agosto, 2026

Ciencias y humanidades comparten una larga historia de observación, conocimiento y reflexión sobre el ser humano.

¿En qué se diferencian las ciencias de las humanidades? Digamos, sumariamente, que mientras las primeras buscan lo cuantitativo y su propósito es la ley generalizada, las humanidades no les escapan a las ambivalencias; más aún, la complejidad es su hechizo. Los humanistas sienten las interrelaciones de todas las cosas y sus intereses están orientados sobre todo por valores. Estas definiciones someras nos sirven para introducirnos en nuestro tema.

Peter Caws, profesor de filosofía, propone meditar sobre la responsabilidad de las humanidades en nuestra era tecnológica. Un trabajo suyo prueba desde el principio que no está en el grupo de los críticos “románticos” de la técnica: lo dedica al chino ingenioso que inventó el papel, el mejor amigo de los humanistas, hace mil novecientos años. Vivió en la Corte Imperial y su nombre era Ts’Ai Lun. Y para reivindicar la preocupación temprana de los humanistas por la técnica evoca el precedente ilustre de los autores de la Encyclopédie.

Entre los primeros filósofos que se interesaron por la técnica tienen un lugar especial los que publicaron la Encyclopédie entre los años 1751 y 1772, Diderot y D’Alembert al frente. Lo explica bien el título completo de esa obra inmensa: Enciclopedia, o diccionario razonado de las ciencias, artes y oficios, por una sociedad de hombres de letras. Estos genios tuvieron la paciencia de ir a los talleres, interrogar a los artesanos de cada oficio, dibujar sus herramientas, artefactos y máquinas y explicar detalladamente cada técnica. No solo eso: se convirtieron en artesanos ellos mismos en muchos casos. Querían entenderlas, porque consideraban que, viviendo en una era técnica, como es cualquier civilización no basada en la esclavitud, el primer deber del hombre de pensamiento era comprender intelectualmente esa actividad básica del ser humano en sociedad.

Pero la obra contenía otros ingredientes. No solo una actitud filosóficamente nueva de tolerancia y liberalismo, sino también de escepticismo y crítica a los abusos de los poderes de esos tiempos. Las instituciones políticas, legales, judiciales y eclesiales fueron puestas, aunque muchas veces veladamente, en la picota. Tanto como que es considerada la obra mayor del pensamiento progresista que influyó en la Revolución Francesa. Fue así que la aparición sucesiva de los tomos tuvo un curso accidentado. La Iglesia, los jesuitas en particular, y los funcionarios de la realeza opusieron censura y prohibiciones en reiteradas ocasiones. En 1752 se suprimieron varios volúmenes. En 1759 fue formalmente condenada e interrumpida. Diderot tuvo que hacer malabarismos para poder proseguir hasta el final.

Sucedió que, por una ironía del destino, la colección fue ayudada decisivamente por el funcionario menos imaginable para hacerlo: el mismísimo encargado de la censura. Este señor, que debería tener un busto en alguna sociedad para la libertad de prensa, era un botánico llamado, curiosamente, Malesherbes. Él era el encargado de dar la aprobación y el privilegio del rey a las obras escritas, pero tenía ideas bastante diferentes de las que profesaban la realeza y los conservadores. Decía, por ejemplo, que un hombre que hubiese leído únicamente los libros publicados con el “nihil obstat” de la Iglesia y la autorización del gobierno estaría un siglo detrás de sus contemporáneos.

En una oportunidad en que alguien conocido por sus ideas liberales le pidió que censurase un libelo contra él por demasiado ruin, le contestó que “la libertad de imprenta es algo que hay que saber disfrutar tanto como padecer”. Malesherbes amparó al director de la Enciclopedia. Una vez que debía allanar los materiales tipográficos por mandato real, no solo le avisó a Diderot sobre lo que iba a hacer, sino que le ayudó a depositarlos en un lugar insospechable: en el propio despacho de él mismo, jefe de la censura. (Un truco parecido al que utiliza Poe en su cuento sobre “La carta robada”, puesta descaradamente a la vista en su propio escritorio por el culpable, para equivocar sospechas).

Fue así que se dio la paradoja de que el magistrado de la censura se convirtió en ángel custodio de la empresa liberadora. Otra anécdota sobre los avatares de la obra es la que se refiere en el delicioso epistolario apócrifo que escribió Fernando Savater. Cenaba el rey en el Trianon con unos cortesanos y se hablaba de la caza y de la pólvora para disparar. Hubo diferentes opiniones sobre cuál era la composición de la mezcla necesaria, cuánto de nitrato, de azufre, de carbón. No se ponían de acuerdo en las proporciones y alguien comentó lo curioso que era que no supiesen, en realidad, cómo era algo que usaban tan a menudo matando perdices en Versalles y, en ocasiones, hombres en la guerra.

“Eso pasa en todas las cosas de este mundo —suspiró la Pompadour—; tampoco yo sé de qué está hecho el carmín con que coloreo mis mejillas.”

“Pues es una lástima —exclamó el duque de La Vallière— que Su Majestad haya confiscado el diccionario enciclopédico; allí encontraríamos respuesta a tales preguntas.”

Luis XV justificó el secuestro de los veintiún volúmenes que por entonces alcanzaba la colección: le habían dicho que era peligroso para la seguridad del Reino. Pero estaba dispuesto a averiguarlo por sí mismo. Mandó entonces tres pajes a buscarlos y pudieron comprobar quién tenía razón en lo tocante a la composición de la pólvora y cómo se preparaban los coloretes de las damas de París.

“¡Qué libro tan útil!”, exclamó la Pompadour. “Sire, no me parece bien que lo hayáis prohibido.”

El rey gruñó. Uno de los presentes comentó que seguramente los malos consejeros lo detestaban porque era demasiado bueno; nadie se indigna contra lo mediocre. Luis fue sensible a las diversas razones que surgieron y revocó la prohibición. Así se salvó la continuidad de la Enciclopedia.

Volvamos a nuestro profesor de filosofía y veamos, simplificándolo al máximo, su razonamiento sobre por qué los humanistas deben ocuparse de la tecnología. Primero, hay que entenderla, no meramente utilizarla. Y bien, ¿qué hace la tecnología? Lo que hace, en general, es amplificar las habilidades humanas. Pero esto significa que puede amplificar nuestra habilidad tanto para hacer cosas inteligentes como para hacer cosas estúpidas; y sabemos que es utilizada largamente con propósitos de este último tipo.

Los tecnólogos han entregado sus conocimientos y sus artefactos amplificatorios a individuos irreflexivos sobre los fines que deberían, humanísticamente, tener. La tarea de las humanidades, además de entender a la tecnología, es hacer críticos y reflexivos a los tecnólogos y a la sociedad; es una tarea “humanizadora”. Porque la responsabilidad central de las humanidades es articular lo mejor. Contrariamente, el espíritu antihumanista (que no vacila en usar los recursos más sofisticados de la tecnología para propagar su mensaje) ha sido históricamente efectivo para elevar lo peor de la naturaleza humana y, aún más, suprimir lo mejor. Porque lo mejor es siempre alcanzar un poco más allá y, por consiguiente, arriesga siempre ser visto como subversivo. Por ejemplo, en sus tiempos, la Encyclopédie.

No es que la gente deba renunciar a los beneficios de la tecnología. Es solo que estos beneficios tienen que ser juzgados a la luz de sus consecuencias humanas. Los humanistas deben esforzarse, por ejemplo, en proponer un uso más imaginativo de la tecnología. “Cuando las musas verdaderas se retiran de la escena, las musas falsas están prontas para hacerse cargo.” Hay que encontrar y fortalecer a las primeras; buscarlas, por ejemplo, en las buenas audiciones de radio y televisión, en programas educativos y sociales bien inspirados. Y sobre todo en las bibliotecas. Porque gracias, en parte, al papel, a ese medio extraordinario para el almacenamiento y recuperación de cultura que inventó Ts’Ai Lun en el Imperio Celestial hace 2000 años, en ellas, en las bibliotecas, habita lo mejor del espíritu humano.