La tecnología y la genética
Edward O. Wilson llevó sus investigaciones desde el comportamiento de las hormigas hasta el estudio de la sociobiología, la biodiversidad y la relación del ser humano con la naturaleza.
Hace unos meses, cuando se publicó el libro Naturalist, de Edward O. Wilson, fue saludado como una de las más grandes autobiografías científicas. El autor es un biólogo eminente, líder mundial tempranamente reconocido en el campo de sus estudios sobre entomología, sobre la vida de las hormigas, precisamente. Uno de sus descubrimientos básicos fue que las hormigas, que carecen de “sentidos”, se comunican por medio de sustancias químicas (“feromonas”). Posteriormente, en trabajos muy densos, esclareció la ecología y dinámica de población de otras especies de insectos.
Pero el campanazo para su nombradía en un marco muchísimo más vasto que el de la especialidad sonó puntualmente en 1975, cuando su libro Sociobiology: The New Synthesis produjo una conmoción en el mundo académico norteamericano. Contenía una teoría sobre las bases biológicas del comportamiento humano; postulaba, al parecer, una hipótesis de determinismo genético.
Está convencido de que la verdadera naturaleza de la coevolución genes-cultura es el problema central de las ciencias sociales y, además, uno de los grandes dominios inexplorados de la ciencia en general; no duda por un instante de que su tiempo llegará. Ahora, atendiendo a los cambios que fueron produciéndose en sus campos de interés intelectual a medida que consideraba satisfecha su curiosidad y resuelto un problema, veamos algunas de sus posiciones como ecólogo.
Cuando Harvard Magazine le pidió a Wilson, en 1980, que identificara cuál sería el problema más importante para el mundo en la década que se abría, contestó que, en su opinión, sería el medioambiente; la biosfera estaba en peligro, la humanidad castigaba inconsideradamente los reservorios de la diversidad biológica.
“Yo estaba pensando —dice—, como un biólogo evolucionista, en tiempos evolucionarios. La peor cosa que puede ocurrir, va a ocurrir”.
El científico austero se había pronunciado por el activismo ambiental. Inmediatamente se puso al servicio del World Wildlife Fund y la International Union for the Conservation of Nature como un asesor más.
En junio de 1992, el problema de la biodiversidad alcanzó “status” ecuménico: fue cuando se realizó en Río de Janeiro, con la presencia de más de cien cabezas de gobiernos nacionales, la Reunión Cumbre para los problemas mundiales de destrucción de ecosistemas y extinción de especies. Allí se adoptaron protocolos globales sobre medioambiente que constituyen un hito en la historia humana.
“Biodiversidad” se convirtió en el concepto más frecuentemente utilizado en la literatura conservacionista a partir de entonces. Lo define como “la totalidad de las variaciones hereditarias de las formas vivas, a través de todos los niveles de organización biológica, desde los genes y cromosomas dentro de las especies individuales hasta el conjunto de las propias especies y, en el nivel más alto, las comunidades vivas de ecosistemas (por ejemplo, selvas o lagos)”.
Wilson aclara que él no lo inventó, como se le atribuye. Lo acepta porque ha tenido éxito público, pero prefiere utilizar “biofilia” (“amor a la vida”, en griego), una síntesis que apunta a la innata afinidad que los seres humanos tienen con las otras formas de vida. El término interpreta mejor su visión naturalista del planeta.
Una pregunta interesante
¿Cómo sería el lugar ideal para vivir en el que coincidirían, en general, los hombres? Posiblemente —se contesta Wilson— sería un hogar sobre el nivel del terreno circundante, cerca de un arroyo o curso de agua, rodeado de un gran parque con árboles que dejen ver el horizonte.
Pero ¿por qué la mayoría de los seres humanos estarían de acuerdo en un hábitat como ése, si fueran libres para elegir?
Esta preferencia por ciertos entornos naturales sería una manifestación básica de lo que el científico definió como biofilia. Es sugestivo que el hábitat o paisaje descrito arriba coincida con la sabana tropical del tipo prevaleciente en África, donde la humanidad tuvo su origen y evolucionó durante millones de años.
Los hombres primitivos que vivían allí pensaban que un lugar elevado y abierto, con agua cerca, era más seguro; facilitaba la recolección de alimento y permitía avizorar con tiempo a los enemigos.
Los animales de todas clases, incluyendo los primates que fueron ancestros del Homo sapiens, poseen una selectividad innata para el lugar de vida del cual depende su supervivencia. Sería extraño —reflexionó en The Biophilia Hypothesis— que nuestros ancestros fueran una excepción, o que el breve curso de la humanidad por la agricultura o las ciudades hubiese borrado esa propensión de nuestros genes.
El multimillonario neoyorquino que elige un penthouse con vista al Central Park —y al lago, si es posible— y puebla su terraza de tiestos con arbustos está, en un sentido profundo que quizá entienda de algún modo, retornando a sus raíces.
Wilson considera que la implicación más importante de la idea de una biofilia innata es el fundamento que establece para una ética conservacionista duradera. Si una propensión hacia el resto de la vida en el planeta es parte de la naturaleza humana, si una porción de nuestra cultura fluye del mundo virgen, de eso solo resulta entonces que es fundamentalmente equivocado extinguir otras formas vivientes que nos acompañan.
La Naturaleza es parte de nosotros y nosotros somos parte de ella.
Hombre de varias síntesis, E. O. Wilson considera que la biofilia es quizá la última noción sintética de su vida y reúne las ideas que le han sido más consistentemente atractivas a lo largo de ella.
Mis verdades, dice, tres en número, son las siguientes: primero, la humanidad es, en último término, el producto de la evolución biológica; segundo, la diversidad de la vida es la cuna y la herencia natural mayor de la especie humana; y tercero, la filosofía y la religión tienen poco sentido si no toman en cuenta estas dos primeras concepciones.
Esta es su visión del mundo como naturalista.
