7 septiembre, 2026
Technology-fiction

De Julio Verne y H. G. Wells a Isaac Asimov y Freeman Dyson, la ciencia ficción imaginó tecnologías futuras, pero también permitió anticipar las transformaciones sociales provocadas por ellas.

La infancia es mucho más importante para toda la vida de lo que mucha gente tiende a suponer. Y las lecturas infantiles son una de sus pautas. Los que no conocieron la radio o la televisión cuando eran chicos pueden distinguir mejor la influencia de la lectura en los niños. El mundo de los cuentos era el mejor para las aventuras de su imaginación.

Los cuentos pueden ser hasta decisivos para el futuro del niño. Todos conocemos, seguramente, historias de berretines tempranos que crecieron al calor de esas lecturas. Historias nobles como La isla del tesoro y Los tres mosqueteros, o lecturas simplemente como las revistas infantiles.

Hay libros de chicos que han influido en sociedades enteras y por generaciones. Los personajes de La Ilíada y La Odisea, que hasta cierto punto podemos considerar cuentos infantiles, han poblado la fantasía de Occidente desde hace dos mil años. Los engendros de Las mil y una noches han habitado por siglos la fantasía de los pueblos musulmanes, y no solo la de ellos. ¡Había tantos personajes memorables! Aladino, el que recibió la lámpara maravillosa; Simbad, el marino; Alí Babá y los cuarenta ladrones; Harún al-Rashid, el califa que se disfrazaba de noche y recorría las calles de Bagdad para averiguar qué pensaba la gente de él y de sus ministros. Y ¡qué decir de la influencia de Alicia en el país de las maravillas en el mundo anglosajón, un cuento infantil y ejercicio onírico que ha poblado por generaciones las fantasías de una gran cultura!

Las novelas de aventuras fueron en parte desplazadas por los cuentos de «science fiction» que, en realidad, son casi siempre «technology-fiction». El padre de esta literatura fue Julio Verne, un francés inmensamente popular que tuvo en vilo a su país cuando publicaba en Le Temps sus episodios de La vuelta al mundo en ochenta días. H. G. Wells fue otro famoso imaginador de artefactos y aventuras, el autor de La guerra de los mundos y La máquina del tiempo. Esta novela es mucho más que mera ciencia ficción. Nadie ha imaginado el futuro con más arte y fantasía. Es, al mismo tiempo, una crítica social.

A Verne y a Wells todos los recordamos con gratitud por tantos sueños como les debemos. Cuando recuerda anticipaciones de estos escritores sobre conquistas tecnológicas, mucha gente se pregunta cuánto pudo influir la imaginación literaria sobre los descubrimientos y artefactos reales.

Hay una opinión de Isaac Asimov que quiere ser aclaratoria. Los profanos creen, dice, que porque los autores hablaron de energía atómica décadas antes de inventarse la bomba se adelantaron a la teoría de la fisión uránica. O que Verne tenía planos detallados de cohetes en tres etapas. Pero lo cierto es que los escritores de ciencia ficción son siempre inconcretos. La predicción puede acertar, pero lo que resulta técnicamente tiene circunstancias modificativas que hacen que tal predicción no sea auténtica.

Para lo que debería servir, en su opinión, la brocha gorda con que bosqueja el futuro el autor de esas ficciones es para anticipar las cosas en otro orden que el tecnológico: en el social.

Por ejemplo, fue ingenuo por parte de los norteamericanos, en 1945 y años subsiguientes, suponer que mantendrían una Pax Americana por mil años gracias a la bomba nuclear y su monopolio, porque «solo los yanquis pueden hacerla». Los estadistas debieron haber pensado en las consecuencias de la bomba —la «guerra fría»—, no solo en fabricarla.

Cuando apareció el automóvil, debieron haber pensado en la congestión que produciría en calles y rutas apropiadas para vehículos de tracción a sangre. La predicción importante no es el automóvil sino el problema de estacionarlo; no la radio sino la telenovela; no la bomba atómica sino la amenaza nuclear. No, en suma, la acción sino la reacción.

Hoy se tendría que pensar en la explosión demográfica, en la expansión del automatismo, en la explosión del saber…

Más afín con la de Bradbury resulta la opinión de F. Dyson, autor de El infinito en todas direcciones. Dice que hay dos formas de predecir el progreso de la tecnología: por un lado, las previsiones económicas, que extrapolan las curvas de crecimiento desde el pasado hacia el futuro; por el otro, la ciencia ficción.

Aquellas pueden ser útiles hasta un futuro de diez años; la ciencia ficción, que hace conjeturas libres y deja que el lector juzgue su factibilidad, es una guía mejor para un futuro que exceda ese horizonte de tiempo. Pero la ciencia ficción no pretende ser predictiva; nos dice solo qué es lo que puede suceder, no lo que va a suceder. Tiene que ver con posibilidades, no con probabilidades.

Unas y otras acarrean limitaciones: si las previsiones económicas no aciertan sobre lo que sucederá en la tecnología porque su alcance es muy corto, las fallas de la ciencia ficción ocurren cuando a los autores les falta imaginación.