21 enero, 2026

Gustavo Grobocopatel: “Ser empresario en Argentina es un acto heroico”

 Gustavo Grobocopatel, el mítico “rey de la soja” resume bue, a parte de la historia reciente del agro argentino. fundó Los Grobo en 1984, en plena recuperación democrática. Su timing fue clave: la gran expansión de la demanda de soja desde China y Europa transformó ese cultivo en un pilar de la economía local. 

“Con la demanda de Europa y de China, su precio creció exponencialmente, contribuyó a que la Argentina creciera al 8,5 % anual en el lustro 2003–2008”, recuerda en diálogo con El País, una frase que resume la magnitud histórica de su apuesta.

Hoy alejado de la gestión operativa —antes limitando su participación al 5 % de los activos del holding—, ve la actividad empresarial como un compromiso social. “Cuando dejé la empresa aparecieron problemas que desconocía y muchos perjudicados son amigos o clientes míos, por eso me toca íntimamente”, confiesa con franqueza el empresario, explicando por qué decidió dar un paso al costado y dirigir su energía hacia la consultoría y la música .

Esa visión materna de la industria confronta tanto al ideal romántico de “emprendedor” como al suspicaz estereotipo del “rentista”.

Es importante mencionar que asesoró a figuras tan diversas como Hugo Chávez, Álvaro Uribe, e incluso formaciones políticas en el proceso de paz de las FARC. “Se interesaron mucho más los presidentes de otros países que los argentinos, que no me han consultado nada”, lamenta desde su departamento en Puerto Madero, al mismo tiempo que mantiene una conexión íntima con la tierra: cada mes viaja a sus campos en Carlos Casares, Pehuajó y en Uruguay.

Un liderazgo que transforma con cercanía

Además de su rol como productor y consultor, se abocó en la música como una forma de liderar con humanidad. Hoy se dedica a cantar amateurmente junto a su pareja, la soprano Verónica Cangemi, y compuso su propio libro, Desde el campo, en el que repasa la trayectoria en los últimos 40 años.

Su modelo de liderazgo asume desafíos históricos —como la reprimarización económica y los impactos ambientales del monocultivo— sin resignar su espíritu transformador. Al mirar hacia atrás, su legado aparece como una oportunidad desperdiciada: “lamenta que Argentina no haya aprovechado ese momento para industrializar su producción agropecuaria”, reflexiona.

Mientras el país se debate entre reformismos de shock y debates ideológicos extremos, Grobocopatel representa un liderazgo situado en la praxis, la colaboración y —algo infrecuente— la autocrítica. Es un perfil que piensa en términos de comunidad, sentido común y responsabilidad, sin subordinar la producción a dogmas económicos.

En medio de una narrativa que suele reducir al agro a cifras y disputas políticas, su historia abre camino a otro relato: el del líder que cultiva, transforma y comparte su visión.