9 febrero, 2026

La noción de Gestell permite analizar la tecnología no sólo como instrumento, sino como una estructura que reconfigura la relación entre el ser humano, la naturaleza y el mundo artificial que produce.

Volvamos ahora a la reflexión filosófica que habíamos iniciado más arriba y empalmemos el pensamiento de Ortega con el de Martin Heidegger, quien empieza por afirmar que la esencia de la técnica no es en sí algo técnico, sino que involucra algo mucho más profundo, ontológico, del humano. Heidegger describe la Tecnología como una cuádruple acción que metafísicamente va mucho más allá de lo meramente instrumental, el ámbito en el que se la suele colocar. Con su peculiar estilo, que juega con las cualidades aglutinantes de la lengua alemana, Heidegger afirma que lo técnico consiste en un cuádruple fenómeno: comienza siendo un desocultar o descubrir como algo preexistente (Bestellen), oculto en nosotros. Este descubrimiento constituye un desafío (stellen), que es respondido por la producción (herstellen) y una representación (darstellen) posteriores. Estos juegos de lenguaje son más profundos de lo que parecen. Producir es llevar a la evidencia, es descubrir; por lo tanto, también se nos aparece la Tecnología como descubrimiento o mostración de lo verdadero. Y lo verdadero puede ser lo técnico. Heidegger inventa un neologismo para todo este complejo, también basado en la raíz alemana stellen, adicionada al prefijo ge, que indica un participio pasivo: el Gestell, la esencia de la Tecnología, especialmente moderna. Sin el guion neológico, Gestell significa, además, “estantería” o “andamio”, y también “estructura”.

El descubrir implícito en la acción tecnológica no ocurre esencialmente en el humano ni por él. Desafía y descubre también a éste, lo desacraliza y lo coloca dentro mismo del ámbito del Gestell. Por lo tanto, ya nos resulta imposible elegir nuestra posición frente a la Tecnología, que en este sentido nos abarca también a nosotros. Llegamos a la conclusión de que éste, nuestro destino (Geschick), es a la vez no sólo el mayor peligro al que estamos expuestos, sino el peligro por antonomasia. Además de sus aspectos más metafísicos, este peligro consiste en que el humano avance cada vez más en su camino a ser un insumo, un Bestand, que es parte del Gestell. Esto vuelve a dar una vuelta más a la afirmación de Ortega de que el humano adapta el mundo a sí mismo, en vez de adaptarse a él como hacen los animales a través de la evolución. Porque aquí es nuevamente el humano, como parte del Gestell, quien es adaptado a este nuevo mundo, el de lo artificial, creado por él mismo. El ciclo de la enantio-poiesis se cierra sobre sí mismo o, como diría Hegel, encontramos una síntesis dialéctica en un “plano superior”.

Quedamos, pues, prisioneros de ese mundo artificial, el Gestell, que nosotros mismos hemos creado, pero que ya no controlamos. El Gestell nos aparta de nuestra naturaleza óptica, nos transforma en instrumentos de un sistema creado y parece que ya no hay salida posible de este circuito trágico. Es una receta un tanto débil, algo muy semejante a la resignación; mientras los místicos suelen rechazar de plano la vida moderna, Heidegger nos propone que vivamos tranquilamente desapegados en medio de ella y que busquemos la salvación, o por lo menos la tranquilidad existencial, en el arte. Ortega es más optimista, pues nos otorga más libertad de maniobra. Debemos hacer aquello que es nuestra obligación ética desde que nos reconocemos como humanos: formular un programa de vida. La cuestión es ver cuál será ese programa de vida. La feudalidad de consumo consiste, justamente, en aceptar con entusiasmo el triunfo de la tecnología instrumental y dejar que el Gestell se apodere del sistema tecnológico que nos engloba. El Gestell tiende a hacernos faltantes. Esto es un síntoma grave de una tecnodependencia muy marcada.

De hecho, una de las consecuencias del predominio actual del mundo tecnológico sobre el mundo natural es que somos cada vez más dependientes de los productos de la tecnología moderna. Es un hecho que, en la medida en que la productividad de la actividad humana y su grado de tecnificación aumentan, la producción descansa en numerosos especialistas de cada rama y el humano aislado es cada vez menos capaz de producir por sí mismo lo necesario para su sustento: cada vez es más tecnodependiente para su mera subsistencia. A la vez, la Tecnología se ha complicado de tal modo que la inmensa mayoría de los humanos ya no la comprenden y se ven reducidos a una postura comparable a la del humano salvaje, que ante los fenómenos de la naturaleza que no controla, pero que determinan su vida, toma una actitud de reverencia, desconfianza y rencor.

La teoría del Gestell heideggeriano nos permite llevar a cabo una forma de análisis tecnológico que tiene cierto atractivo. Al ser puesto al servicio de la generación de energía hidroeléctrica, el mismo río deja de ser un simple elemento del paisaje y se transforma en lo que nosotros, más adelante, llamaremos un “Objeto Tecnológico”.

Nos hemos detenido en la consideración un poco detallada del pensamiento de Ortega y Gasset y de Heidegger porque representan, a nivel filosófico, las dos posiciones extremas. La usina, por otra parte, no es más que uno de los eslabones de una cadena que incluye la red de transmisión de la energía generada y las múltiples actividades de sus consumidores. Por último, el mismo paisaje queda incorporado como fuente de energía hidráulica y ha dejado de ser un sencillo objeto de contemplación para transformarse en una fuente de energía y en un destino turístico; entra también él a formar parte del Gestell, que termina por abarcar a toda la Tierra. Es en este sentido que decimos que toda la Tierra es ahora un gran Objeto Tecnológico.

El problema de fijar los límites del Objeto Tecnológico como sistema, dentro del esquema de análisis de la TGS, será retomado en los capítulos siguientes. Veremos allí que, para hacer posible el análisis del Objeto Tecnológico, debemos necesariamente establecer una diferencia pragmática entre el sistema y el suprasistema. En esta consideración filosófica, en cambio, sólo queremos destacar la falta de límites derivada de lo que Heidegger y otros críticos de la tecnología contemporánea perciben como una invasión, por parte de la Tecnología, de ámbitos donde no debería reinar soberana.