La pretendida neutralidad ética
La ciencia y la tecnología se desarrollan dentro de estructuras sociales, económicas y políticas que condicionan sus fines y responsabilidades éticas.
Hemos mencionado más arriba la estrecha asociación metafísica de la Tecnología con la Ética, que se complementa con el debate no resuelto acerca de la pretendida neutralidad ética de la ciencia. La postura más corriente sostiene que la ciencia sólo busca el conocimiento y la comprensión del mundo; es decir, los criterios valorativos son enteramente ajenos al quehacer científico. De tal modo, la ciencia no opina sobre la eventual utilización del conocimiento y, por lo tanto, es éticamente neutral. A la Tecnología se le atribuye un carácter mucho menos “puro”: es la que adapta aquellos conocimientos a los usos que la sociedad, o quien sea el que ejerza el poder de decisión, les quiera atribuir. Que la tecnología no es éticamente neutral, es un hecho evidente. Los mismos conocimientos y medios se pueden destinar a fines de muy variada valoración moral. La tecnología química conduce tanto a las armas de destrucción masiva como a los antibióticos; y la biotecnología es una bendición en muchos aspectos y puede ser una nueva caja de Pandora.
Sin embargo, debemos reconocer que la ciencia misma tampoco es tan neutral como se la quisiera hacer aparecer y tal vez sí lo haya sido en tiempos de Galileo y Newton. Por lo menos en la elección de sus temas de investigación hay juicios de valor implícitos, y es uno de los hechos sustantivos de la historia reciente de la ciencia que la mayor parte de los enormes progresos científicos que se realizaron durante este siglo tuvieron como motor primario, no la búsqueda desinteresada de la verdad, sino las necesidades de los sistemas militares de las grandes potencias hegemónicas. En la actualidad, parece que las necesidades bélicas han pasado a un segundo plano y son los intereses económicos y las grandes corporaciones los que fomentan la creación científica y tienden a apoderarse de sus resultados. A esto los científicos suelen replicar que, cualesquiera sean las motivaciones para financiar sus estudios, el conocimiento de las condiciones en las cuales se produce la fisión de los átomos son datos objetivos, que en sí mismos no son ni buenos ni malos; y que la búsqueda del conocimiento es un fin en sí mismo, ya que es mejor saber más que saber menos.
La libertad en la búsqueda del conocimiento y el carácter público de dicho conocimiento, son, en sí mismos, valores sociales altamente estimables. Todo secreto, así como todo dogmatismo, reduce la capacidad de buscar el conocimiento y de ponerlo al servicio de la humanidad en su conjunto. Esta filosofía moral de la ciencia es un producto del Renacimiento y una de las bases de la Modernidad, como también la base de la deontología profesional de los científicos.
Sin embargo, y para desgracia de los que hemos sido formados en esa ética de la ciencia, es posible que su independencia ética y la constante libertad de investigar sean vistas en perspectiva, por la historiografía futura de la ciencia, como característica de un período histórico relativamente breve. Una de las posturas básicas de los defensores de la libertad absoluta de la investigación científica fue siempre la resistencia a la censura por parte de todo poder distinto del “juicio de los pares”. Los únicos criterios limitantes debían ser la calidad del trabajo y la consistencia de sus resultados. Sin embargo, ya hemos visto que, durante gran parte del período de máxima expansión del conocimiento científico, la investigación científica, inclusive la de los principios teóricos más básicos en aquellos campos que podrían llegar a ser de interés militar, estuvo financiada y, por lo tanto, influida y controlada por los sistemas militares. Esto se aplicaba, en especial, a uno de los criterios básicos del conocimiento científico: su carácter público. Muchos de los conocimientos científicos relacionados con las armas de destrucción masiva aún son secretos y están condicionados por la necesidad política de evitar la proliferación de tales armas científica se ha desplazado de la Física a la ciencia de los materiales y algunos investigadores académicos, los que influyen sobre la selección de los temas de investigación. Por lo tanto, los resultados de las investigaciones científicas “básicas” relacionados con posibles aplicaciones tecnológicas ya no son publicados con la generosidad y la libertad académica tradicional. Sobre todo, en los temas de interés biotecnológico, son cada vez más numerosos los investigadores que fundan pequeñas empresas de alta tecnología y terminan patentando los resultados de sus investigaciones en lugar de compartirlos con los demás.
Aún es temprano para ver con claridad hacia dónde se dirige la ciencia como actividad social, pero evidentemente existe el peligro de su incorporación integral al sistema de poder mega técnico. Tal vez la actividad científica, en tanto búsqueda del conocimiento como fin en sí mismo, quede restringida a aquellas áreas del conocimiento para las que no se vislumbran aplicaciones ni aun en un futuro remoto.
Hay varios campos en los cuales el carácter ético de las investigaciones científicas está a la orden del día. Uno de ellos es obvio: el de la ciencia puesta al servicio de la guerra. Pero hay otros cuya peligrosidad es comparable, por lo menos en la situación internacional que rige en nuestros días, en que casi ha desaparecido la amenaza de holocausto nuclear bajo la que vivimos durante cincuenta años. La manipulación genética del plasma germinal podría conducir a resultados inesperados e indeseables. También la investigación neuroquímica, que trata de elucidar los mecanismos químicos de nuestras emociones, presenta el evidente peligro de que en un futuro se las intente manipular en virtud de intereses políticos o económicos.
Debemos concluir, por lo tanto, que la neutralidad ética de la ciencia sólo vale para el concepto abstracto de “conocimiento” pero no es sostenible en vista de las estructuras sociales que sostienen y financian las costosas investigaciones necesarias a la ciencia moderna. Tanto menos podrá sostenerse la neutralidad ética de la Tecnología, que exige inversiones aún mucho mayores que difícilmente serán efectuadas sin la esperanza de un retorno. Una excepción sólo aparente a esto son los grandes proyectos financiados por los Estados de los países desarrollados, como lo es gran parte de la exploración espacial. De hecho, estos proyectos tienen carácter de inversión a mediano plazo, de la cual se espera un retorno social en forma de tecnologías aplicables a los demás ámbitos sociales. En cuanto a la fundamentación misma de la ética que, como hemos mencionado más arriba, se suele vincular estrechamente con la Tecnología como acción y no solamente con sus aplicaciones, Bunge cree en la objetividad esencial de la gran empresa intelectual de la ciencia y querría ver una mayor influencia del pensamiento científico en Filosofía y, en particular, en ética. Quiere fundamentar la ética en la ciencia y, aun, en la lógica. Cómo aplica la definición “cientificista “de la Tecnología, y para él ciencia y Tecnología están muy estrechamente unidas, habla de algo que denomina “tecno ética” desde un enfoque que es un tanto tecnocrático y formalista. Lamenta el origen intuitivo y tradicionalmente dogmático de la ética y querría encontrar una manera científica de fundamentarla. Allí donde muchos filósofos tradicionalistas subrayan el carácter absoluto de los fundamentos de la ética, Buge señala que el valor de un hecho está fuertemente condicionado por las circunstancias. Pero, en el fondo, toda fundamentación de la ética siempre choca con la necesidad de dar un contenido a las palabras “bueno” o “malo”; aunque, como bien observa Bunge, dicho contenido sólo sea válido en ciertas circunstancias y tal vez no en otras.
Al afirmar la neutralidad ética de la ciencia, Bunge hace una separación neta entre la ciencia y la tecnología, porque ésta, como ya hemos visto, no es éticamente neutral. Pero, como Bacon, afirma que la tecnología perversa puede eliminarse descartando los fines malos; con esto, estamos nuevamente en el principio: debiendo definir qué es bueno o malo; y el contexto ha vuelto a desaparecer del discurso. El filósofo John Passmore 48 ha dado un golpe de gracia a la pretendida neutralidad ética de la ciencia frente a una mayor responsabilidad de los tecnólogos, comparándola con la hipócrita postura de la Santa Inquisición (que, una vez establecida la culpabilidad de los herejes, los entregaba para su ejecución al “brazo secular” porque la iglesia no podía ensuciarse las manos torturando y matando a los condenados). No es suficiente que los científicos reivindiquen la neutralidad ética de la ciencia echando toda la culpa de las consecuencias negativas de las aplicaciones del conocimiento científico a los tecnólogos, a la sociedad en general o a sus sectores de decisión. También los científicos deben asumir la responsabilidad por las consecuencias de sus descubrimientos.
De estas consideraciones hay sólo un paso hasta la pregunta acer.ca de si tendría que haber áreas en las cuales la investigación científica no debería penetrar, porque las consecuencias éticas de las aplicaciones tecnológicas de los descubrimientos que podrían hacerse serían demasiado graves. Ésta es una pregunta que algunos filósofos se están haciendo, a pesar de que la respuesta de la mayoría de los científicos es un rotundo no y de que el eventual sí de algunos investigadores probablemente carecería de consecuencias prácticas.
La prohibición de realizar ciertos tipos de investigaciones ya ha llegado a la legislación en algunos países. Por ejemplo, hay cierto consenso en prohibir por medio de leyes las investigaciones que puedan conducir a la clonación de seres humanos. En ciertos casos, la imposibilidad de prohibir determinados trabajos de laboratorio se traslada a la prohibición de financiarlos. Otra investigación que ha sido restringida por ley es la que podría eventualmente llevar a la implantación de repositorios para residuos nucleares si bien en este caso no se puede decir que se trate de un tema de investigación científica.
