14 octubre, 2026

Tecnología, el desafío del siglo

Tecnología, el desafío del siglo

El desarrollo tecnológico plantea decisiones sobre el uso de los recursos naturales, el bienestar colectivo y la responsabilidad hacia las generaciones futuras.

Las naciones ya aceptan que están en una nave común y comienzan a pensar globalmente. Este es un hecho propio de nuestro siglo y responde a la expansión de la técnica y sus consecuencias para la especie. No hay fronteras para problemas como el nuclear, la desertificación, la reducción de la capa de ozono, la desforestación, el efecto invernadero, el aumento demográfico. El “Mundo Uno” que anunciaba nuestro Alberdi en 1880 (“El hombre se apercibe de que su patria completa y definitiva, digna de él, es la tierra en toda su redondez, y que en los dominios del hombre definitivo jamás se pone el sol”), es una realidad. Políticos importantes han comenzado a preocuparse por la integridad del ambiente y el futuro de la humanidad.

Por su lado, muchos intelectuales pesimistas no dudan en señalar al responsable de los males que se anuncian o se ven. Algunos libros importantes lo señalan: Tecnología, el desafío del siglo, de Jacques Ellul; Técnica y civilización, de Lewis Mumford, están entre los clásicos. Otros, menores, tienen títulos expresivos: Tecnología desbocada, de Ernst Braun, por ejemplo. El “Maligno” de nuestro tiempo tiene un nombre propio, “técnica” o “tecnología”. Pero esta visión de las cosas no es aceptada por todos. Hay en la otra punta quienes sostienen que no tenemos por qué preocuparnos por el consumo de recursos y la necesidad de preservarlos. Dos economistas norteamericanos, Barnett y Morse, advierten que en su país la magnitud económica del capital que cada generación transfiere a la siguiente ha sido históricamente el doble de la que recibió; por lo tanto, es innecesario preocuparse por proteger el interés de las generaciones futuras; no hace falta ninguna ética especial para substituir el cálculo económico que lleva al hombre moderno a acumular para los que están vivos. De los bienes valiosos que cada generación transfiere, solo una parte tiene que ver con el ambiente natural. Los componentes más importantes de la herencia son: conocimiento, tecnología, capital, instituciones económicas. “Estos, muy lejos de los recursos naturales, son los determinantes del ingreso real per cápita”.

En el medio, muchos piensan que no tiene sentido discutir si la tecnología es buena o mala. Es un problema de balance entre impactos contrapuestos: el balance entre la necesidad de más cosechas en un mundo hambriento y la protección de la vida y la salud contra los efectos tóxicos de los insecticidas; la bendición de lograr que sobrevivan más niños en los primeros dos años y la amenaza de la explosión demográfica; el deseo de la gran mayoría de más caminos de acceso a los parques nacionales y el deseo de una pequeña minoría de caminar por lugares agrestes y gozar de soledad. El impacto de la tecnología, sostiene Peter Drucker, son problemas de elección de valores: entre beneficios inmediatos y dislocaciones de largo plazo, entre los intereses de un grupo y los de otro, entre el bienestar individual y el colectivo. Son opciones políticas complejas. El problema es encontrar en qué punto los beneficios, públicos y privados, amenazan costar más de lo que valen, en qué punto debe tener lugar el “trade-off”.

La tecnología, como fenómeno cultural que en esencia es, tiene origen en ideas, concepciones, sistemas de pensamiento. En Epistemología, Mario Bunge halla que los procesos tecnológicos han sido guiados, y a menudo extraviados, por algunas convicciones de tipo moral. Primero, que el hombre está separado de la naturaleza y es más valioso que esta. Segundo, que el hombre tiene el derecho y acaso también el deber de someter a la naturaleza en su propio beneficio, individual o social. Tercero, que el hombre no es responsable por la naturaleza. Cuarto, que la tarea suprema de la técnica es alcanzar la explotación más completa de los recursos naturales y humanos, o sea, maximizar el PBN al menor costo posible, sin importarle nada más. Por último, que los tecnólogos son moralmente irresponsables, no deben tener escrúpulos éticos o estéticos; ellos corresponden a quienes formulan la política tecnológica y, en especial, a los políticos. Esto es lo que llama “tecnoética desarrollista”, de la que ahora se ha empezado a dudar porque se sospecha que justifica el lado oscuro de la tecnología. Pero aún no se ha propuesto una alternativa viable, esto es, un código moral que salve lo negativo sin rechazar las ventajas de una sociedad industrializada. Bunge concluye que es tiempo de estudiar una nueva ética de la tecnología que involucre metas diferentes, basándose en el conocimiento que ahora tenemos de la naturaleza y de la sociedad, saberes que apenas existían cuando se formuló el código anterior a principios del siglo XVII.

La fuente de la conducta del hombre actual respecto de la naturaleza está, según algunos pensadores, en el Antiguo Testamento: “Y Dios los bendijo y les mandó: creced y multiplicaos, y llenad la Tierra, y sometedla; y tened dominio sobre el pez en el mar y sobre el pájaro en el aire, y sobre toda cosa viviente que se mueva sobre la Tierra”.

En una conferencia sobre “Teología de la supervivencia” que se desarrolló en Claremont, California, un grupo de teólogos protestantes virtualmente acordaron que la actitud cristiana tradicional hacia la naturaleza ha dado sanción a la explotación y expoliación de los recursos naturales y a la sobrepoblación. La Biblia hebrea es la responsable, particularmente con su mandato de “sometedla”. Un historiador prominente, Lynn White Jr., escribió un artículo en la revista Science argumentando también que esta idea del Génesis, junto con el rechazo judeocristiano de las creencias paganas en la divinidad de la naturaleza, hizo posible que la sociedad occidental “explotase la naturaleza en aire de indiferencia a los sentimientos de los objetos naturales”.

Pero no faltan quienes se rebelan contra esta imputación a la Biblia. Por ejemplo, en un seminario teológico que patrocinó el Technion israelí y se hizo en Haifa, se la rechazó luego de un análisis erudito del Libro. Se recordaron versículos del Deuteronomio, del Levítico, del libro de Jonás y sobre todo del libro de Job que niegan que el hombre sea la medida de todas las cosas y contraponen a la visión antropocéntrica del mundo una visión teocéntrica “en la que todas las criaturas son la obra y la preocupación de Quien las hizo”. La enseñanza auténtica del judaísmo sería, según Robert Gordis, un teólogo relator de este “International Symposium on Ethics in an Age of Pervasive Technology”, contrariamente a aquella apreciación negativa, de compasión por las criaturas y respeto por la naturaleza.