Población. El cura sombrío y el alegre marqués
Malthus advirtió sobre los límites que el crecimiento demográfico impondría a los recursos, mientras Condorcet confió en la educación, el desarrollo y la autonomía de las mujeres como herramientas para alcanzar un equilibrio poblacional.
La reunión ecuménica de El Cairo sobre población mundial alcanzó un consenso sorprendente. Comprometió a los gobiernos a iniciar una política positiva y asignar 17 mil millones de dólares por año a disminuir el crecimiento. La estrategia: dar a las mujeres poder y participación en la vida pública, de modo que, a través de ello, estén en condiciones de decidir en forma autónoma el número de sus hijos.
A 200 años de su muerte, el mundo parece darle completa razón a un optimista: el marqués de Condorcet.
Thomas Malthus dio forma clásica al enfoque tremendista y restrictivo sobre la población mundial. Sostuvo que la población crecerá siempre hasta el límite de las subsistencias. Aumenta en progresión geométrica, mientras los alimentos lo hacen solo en progresión aritmética. Era la opinión de un pesimista, uno de los que más hizo para que la economía mereciese el calificativo de «ciencia lúgubre».
La pobreza es inevitable. Por eso reclamó la abolición de las leyes de pobres: conspiraban contra la movilidad en el trabajo y alentaban la fecundidad biológica. Y como su teoría tiñó el pensamiento de los clásicos anglosajones, ha representado siempre un freno para cualquier optimismo. Ayudó, por ejemplo, a justificar una ideología limitativa de los salarios y desalentó las formas tradicionales de caridad.
Contra su tesis, sin embargo, aunque la población mundial se multiplicó por seis desde aquel tiempo, la disponibilidad de alimentos es ahora considerablemente mayor. Pero el hecho de que el pronóstico haya sido erróneo no significa ausencia de preocupación.
Como lo han manifestado autores de títulos tan expresivos como The Population Bomb (1969) y The Population Explosion (1990), ambos de Paul Ehrlich, y Living within Limits (1993), de Garrett Hardin, el crecimiento de la población se ha acelerado en el siglo presente. Tomó millones de años llegar a los primeros 1.000 millones, 123 para los segundos, 33 para los terceros, 14 para los cuartos y 13 para los quintos. Tomará 11 alcanzar los 6.000 millones. Y piénsese que entre 1980 y 1990 el número creció en 993 millones, igual al total para todo el mundo en tiempos de Malthus.
Es este tipo de comprobaciones cuantitativas lo que alienta los pronósticos sombríos y las alarmas apocalípticas que, dos por tres, profieren los «doomsters», los pesimistas a ultranza.
Pero ahora se sabe que las sociedades exitosas en el desarrollo económico atenúan el crecimiento de su población. Consiguientemente, se ha desenvuelto un enfoque más moderado: el desarrollo económico y social sería el remedio para el problema. Esta es la experiencia de los países de Europa y Norteamérica. La industrialización, la riqueza, la educación y la mejor disponibilidad de métodos anticonceptivos redujeron drásticamente la natalidad de diferentes países avanzados.
Un dato todavía más elocuente: el World Development Report 1994 del Banco Mundial comprueba que, en las dos últimas décadas, el porcentaje de crecimiento de la población mundial ha descendido del 2,2 % al año entre 1970 y 1980 al 1,7 % entre 1980 y 1992. Las últimas estadísticas publicadas por las Naciones Unidas tienen una variante media estimada de 9,4 mil millones hacia 2050 y una variante baja de 7,7 mil millones para 2040; una estimación «razonable y plausible», según los expertos. Hasta se podría suponer, entonces, que la población devendrá en el futuro casi estacionaria.
Hay una manera más amplia de mirar las cosas, el llamado «enfoque colaborativo». Según esta visión, hay que confiar en las decisiones racionales de mujeres y hombres, con fundamento en opciones ampliadas y discusiones públicas; todo ello ayudado por políticas que provean oportunidades educativas, cuidado de la salud y acceso a la planificación familiar.
Un precursor lejano e ilustre de una política semejante fue el marqués de Condorcet. Este es un personaje señero en el tema. Al hombre se lo conoce como un pensador importante en la corriente de fe absoluta en la razón que llamamos iluminismo, pero pocos lo distinguirían como creador de un pensamiento original en la materia que aquí nos ocupa. Podemos comprobarlo a través de su manera de ver este problema de la población mundial.
Pero antes ubiquémoslo mejor. Opulento y distinguido, fue amigo de los más altos y biógrafo de los más famosos, Voltaire y Turgot, por ejemplo. Se casó con la muchacha más bella de Francia y se encumbró políticamente hasta dirigir el ala moderada —los girondinos— de los revolucionarios de 1789. Perdió por moderado, claro, contra Robespierre y los jacobinos.
Y el hecho más curioso de su genial biografía: en la cárcel, esperando la guillotina —a la que se le adelantó el veneno—, escribió el libro más optimista sobre el futuro de los hombres: Esquema de un cuadro histórico del progreso de la humanidad. Allí anuncia, basado en la continuidad de tendencias seculares, una época futura en la que, destruida la desigualdad entre las naciones y las clases sociales, surgirá una era de infinita perfectibilidad de la propia naturaleza de los individuos, intelectual, moral y física.
Las ideas sobre población que figuran en el Esquema no han tenido repercusión comparable a las de Malthus, quizá porque calzaban mal con intereses materiales y con el agrio talante de los economistas de su tiempo, pero son, sin duda, más originales y proféticas.
Condorcet sostiene que el problema del crecimiento demográfico podrá ser solucionado mediante una acción razonada de las naciones en el sentido de incrementar la productividad, conservar mejor los recursos y brindar educación al pueblo, sobre todo a las mujeres. La planificación familiar podría ser alentada por la mejor comprensión de esta verdad básica: si la gente tiene un deber hacia aquellos que todavía no han nacido, ese deber no es darles existencia sino darles felicidad.
Al marqués no le preocupaba, como a Malthus, la posibilidad de que el aumento de la población condujera a la falta de alimentos; le preocupaba la posibilidad de una continua disminución de la felicidad humana impulsada por una declinación de las condiciones generales de vida. Le preocupaba, más que el problema de la comida, la gravitación dañina de una población mayor sobre el medioambiente.
Indicó, concretamente: primero, desarrollar un mejor uso y manejo técnico de los bienes, nuevas técnicas y pautas de comportamiento social que derrocharan y contaminaran menos; segundo, alentar cambios sociales y económicos que bajaran gradualmente la tasa de crecimiento; no solo mejorar las oportunidades económicas y la seguridad, sino también la educación, en particular la de las mujeres.
Razón, productividad, tecnología, preservación del ambiente, cambios económicos y sociales, educación, felicidad humana como valor superior. La presencia de sus temas en acuerdos revolucionarios del mundo en nuestros días —la reunión de Río de Janeiro sobre Ambiente y Desarrollo primero, la reunión sobre Población Mundial en El Cairo posteriormente— invita a meditar sobre la capacidad profética de aquel ilustre condenado a muerte.
