Diálogos con ciencia
Las conversaciones entre científicos alemanes detenidos después de la Segunda Guerra Mundial revelaron qué sabían sobre la bomba atómica y por qué el régimen nazi nunca llegó a construirla.
Los diálogos de Hahn, Heisenberg y Weizsäcker son los más reveladores. “Pobre Heisenberg, si los americanos tienen la bomba de uranio, todos ustedes son de segunda.” Heisenberg: “Uno puede también decir que ésta es la manera más rápida de terminar la guerra”. Weizsäcker (hermano del que fue presidente de Alemania Federal): “Creo que es una locura de los americanos haberla hecho”. Y Hahn (quien había intentado suicidarse en 1939 luego de su descubrimiento de la fisión nuclear): “Doy gracias a Dios de que no la hicimos nosotros”. Werner Heisenberg es el personaje central de la historia. Antes, en 1942, había sido llamado por Albert Speer, el ministro de Armamentos de Hitler, para que opinara sobre la posibilidad de la bomba. El pesimismo que mostró el físico convenció al ministro nazi de la imposibilidad de tener el artefacto en tiempo. Heisenberg habló sobre reactores y ciclotrones y afirmó que las bombas atómicas podrían ser un desarrollo del futuro, no de esa guerra. Hitler dirigió entonces su esperanza a las bombas voladoras de von Braun.
Aquí en el informe del proyecto “Alsos” (traducción griega del apellido del general Groves. Jefe del Manhattan), al después reticente Heisenberg se lo nota expresivo en las confidencias con sus colegas alemanes. Rechaza la sugestión de que la decisión alemana de no construir la bomba se debiera a incompetencia o Ignorancia. Eran las condiciones del país lo que la hacen impropia. Los físicos hubieran tenido éxito si todos ellos hubiesen deseado que Alemania ganara la guerra”. Trabajaron solamente en un reactor, no en la bomba, porque se trataba de Hitler. Heisenberg pudo reconstruir el proceso que condujo a la bomba de Hiroshima casi inmediatamente de saber que se había arrojado. A la semana les dio una lección sobre ella a sus compañeros de alojamiento. Hans Bethe, uno de los líderes del proyecto Manhattan, lo que dijo el físico alemán entonces, no dudó acerca de cuánto realmente sabía Heisenberg sobre la fisión y el explosivo.
Hay un par de observaciones de los confinados que vale la pena recoger aquí. Cuando un compañero le habló de patriotismo, Otto Hahn replicó que él también amaba a su patria y esa era, aunque pareciese extraño, la razón por la que había anhelado que perdiese la guerra. Y Welzsäcker, dando razones de por qué los científicos alemanes no llegaron a la bomba: “Creo que la razón fue que no la deseamos porque no queríamos que se ganase la guerra. Si todos nosotros hubiésemos deseado que Alemania ganase, la habríamos logrado”.
Así quedaría finalmente aclarado el misterio de la no Bomba alemana, en lo que parece como un juego de espejos. En 1942 los anglos norteamericanos y los alemanes tenían conocimientos parejos sobre física nuclear. Pero el conocimiento no es suficiente para hacer una bomba. Tiene que ser montado para fabricar un enorme complejo industrial. El gobierno de Estados Unidos lo hizo, motivado en el arranque por los científicos judíos exiliados que temían que Hitler llegase antes. Pero los nazis nunca emprendieron ese esfuerzo, en parte porque no creían que los otros lo hiciesen y en parte por el asesoramiento negativo (quizás intencionado) de Heisenberg y otros colegas. Estos, además, mantuvieron control sobre la investigación alemana de uranio. El físico y ese grupo, quienes no reclamaron después reconocimiento por una actitud moral superior en virtud de eso, podrían ser vistos si se acepta su justificación, cosa que no todos hacen como un ejemplo significativo de la comunión entre los valores de la ciencia y el humanismo.
A pesar de que era Ingeniero, Vannevar Bush formuló para Estados Unidos una ideología cientificista, la de mayor influencia en los decenios que sucedieron a la Segunda Guerra Mundial. Se le reconoció a la ciencia un predominio casi absoluto en la mágica dupla “Investigación Desarrollo”, aceptada como crecimiento económico. El “conocimiento”, dice el coro universal de economistas y comunicadores lo olmos aquel todos los días es la base de la innovación y en él integra un papel central la investigación científica.Lo que dijo este Bush, ex decano del MIT (Massachusetts Institute of Technology), quien había desempeñado un papel protagónico en el Proyecto Manhattan y fue el zar de la ciencia norteamericana de posguerra, fue textualmente lo siguiente: «La ciencia básica conduce a nuevos conocimientos; provee el capital científico; crea el fondo del cual deberán extraerse las aplicaciones prácticas». La linealidad es perfecta y sencilla: ciencia básica, ciencia aplicada, desarrollo y tecnología. Bush fue, en 1950, arquitecto de la National Science Foundation, la institución emblemática de las ciencias básicas. En nuestro país, no mucho después, se fundó el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas emulando ese aliento prioritario para las ciencias “básicas”; la idea era que de ellas saldrían, Insensiblemente, las aplicaciones tecnológicas, un espejismo caro y frustrante, aunque quizá inevitable dadas las caracterizarlas culturales de esta sociedad. Sólo algunos supieron protestar por esta ideología que acabó haciéndose carne en la opinión pública y que todavía sostienen muchos.
Lo cierto es que el propio Vannevar Bush, preocupado por las consecuencias indeseables de esa ideología que habla ayudado a instalar, rectificar en sus Memorias Places of Action (1971) lo que habla escrito en su Endless Frontier do 1946. Escribe: ‘El asunto de elevar los científicos a un pedestal comenzó probablemente con aquella afirmación y es algo que ha persistido y equivocado a muchos Jóvongg Aún recientemente, cuando enviamos el primer astronauta a la luna, la prensa lo saludó como un gran éxito científico. Por supuesto, no fue nada de eso: fue un trabajo de un ingeniero maravillosamente competente.
