3 agosto, 2026

Un experimento japonés sobre robots autorreplicantes recuperó una antigua advertencia literaria de Samuel Butler sobre máquinas capaces de reproducirse y evolucionar.

El finado Isaac Asimov sostenía que hay dos maneras de juzgar a un escritor de ciencia ficción. Una es tenerlo por chiflado; la otra, por vidente. Él prefería para sí mismo la segunda. Probablemente tenga adeptos; muchos lectores suyos recuerdan que preanuncia la bomba atómica. Pero si se trata de “el mejor”, otros votarán por alguno más clásico. Quizá Edgar Poe, que anuncia cosas como el viaje a la luna. O Julio Verne, con la visión de un asombroso periplo submarino. O Wells, quien describió en 1901 lo que les pasaría a los hombres en sus ciudades con los automóviles medio siglo después. Parece que, sin embargo, el dedo de la historia ha señalado en estos días a otro, poco conocido: Samuel Butler. Lo que hizo este inglés genial fue nada menos que imaginar una 72 sociedad previsora del peligro de que las máquinas pudieran aparearse entre ellas en un futuro, procrear y evolucionar como los seres vivos. Y acabamos de leer un anuncio periodístico que tiene detalles confirmatorios como para colocar a Butler como candidato al cetro.

Los japoneses erigieron Tsukuba, a 80 km de Tokio, como su ciudad científica. Allí concentraron cerebros y recursos, según la fórmula conocida para el éxito desde que Estados Unidos la utilizó en 1942 para fabricar caucho sintético y poco después para hacer la bomba atómica. Desde esa ciudad, precisamente, viene el anuncio que recogen los diarios: “Lograron que un robot se reproduzca”. El jefe del grupo de investigación declaró que el logro del primer robot autorreproductor significa que en el futuro próximo se dispondrá de máquinas que se replicarán como los animales y podrán evolucionar por “selección natural”. El robot utiliza microchips en función de “códigos genéticos” y componentes de piezas pre ensambladas a guisa de células. La criatura metálica, que tiene apariencia de ciempiés, se ensambla a sí misma con componentes esparcidos sobre el piso hasta que crece al doble (20 por 10 por 10 centímetros) de su tamaño antes de dividirse en dos unidades idénticas e independientes. Mientras haya piezas para abastecer el robot se puede multiplicar exponencialmente: los °códigos genéticos” podrán programarse para fabricar mutantes al azar. De éstos los que mejor se adapten a su ambiente de trabajo podrán tener más “crías” y por lo tanto asegurar la evolución darwiniana de la especie. Pero, en previsión de objeciones éticas o religiosas, el científico adelanta que se está estudiando un mecanismo para evitar la reproducción incontrolada de los autómatas. Esta es, sintéticamente, la noticia. Queremos mostrar de qué modo se realza sugestivamente desde una pieza literaria de anticipación (y, por otro lado, de sátira) escrita en 1872 por Samuel Butler, a quien el mismísimo Bemnard Shaw consideró el mayor escritor inglés de la segunda parte del siglo pasado (por obras como ésta y El camino de toda carne).

La novela se titula Erewhon y fue publicada en tiempos 73 de polémica actualidad de las ideas expuestas por Darwin en El Origen de las Especies. La palabreja es una trasposición caprichosa de “nowhere” (en inglés “en ningún lugar”). Trata de una civilización que el protagonista descubre allende montañas durante una expedición por fronteras (probablemente en Nueva Zelanda). Viviendo luego entre los naturales de allí (los erewhon manos), le sorprenden algunas pautas básicas de su cultura: por ejemplo, que consideran a la enfermedad como un delito del que la contrae, y así han constituido una raza bella y fuerte. Pero más todavía está otra: que han abolido y destruido las máquinas, considerándose peligrosas por competitivas con la especie humana. Y a esto se consagra la mayor parte del relato.

En algún momento de su historia, ante el avance incesante de las máquinas, que con el tiempo éstas desarrollaran conciencia, sometieron a los hombres y aun empezaran a reproducirse como seres vivos. Alguien condensó estos temores en el manuscrito El libro de las máquinas que precipitó una guerra civil entre partidarios y enemigos de los artefactos. En él se decía que no hay seguridad contra el desarrollo de esa conciencia; en pocos siglos las máquinas habían avanzado de un modo incomparable con el que muestran tanto el reino vegetal como el animal. En tres mil años habían dado pasos de gigante comparados con los de la Humanidad en veinte millones. ¿Qué no podrían lograr en veinte millones más? Algunos habían argüido considerarlas como lo que son, sirvientes del hombre. Pero el sirviente no seamos ilusos se infiltra imperceptiblemente en el amo y finalmente lo hace dependiente, lo somete…

Y, por último, en cuanto a la amenaza sexual, algunos aconsejaban no temer, porque las máquinas carecen de sistemas reproductores. Si hay que interpretar esto como que no pueden casarse y que “no es probable que veamos algún día la fértil unión de dos máquinas de vapor con sus pequeños jugando en la puerta del cobertizo”, el autor del manuscrito estaba de acuerdo. Pero la objeción no le parecía profunda. Nadie espera que todas las características de los organismos hoy existentes se repitan totalmente en una clase de vida Inspirados por temores de esa índole, los erewhon años se habían sublevado y En nuestro mundo actual, con computadoras más capaces que los hombres en muchas cosas, con “cyborgs” médicos, híbridos de máquina y hombre, de dializadores conectados a personas, de corazones, pulmones, riñones artificiales, de marcapasos, de proyectos de sinapsis orgánico eléctricas del cerebro con una computadora gigante, en este mundo de intimidad creciente con las máquinas, lo que se anunció en destruido todas las máquinas. Todas no; a algunas, inutilizadas, las exhiben en un museo como fósiles a modo de lección para que no se perdiera la memoria del peligro de su dominación final, enteramente nueva. El sistema reproductivo de los animales difiere ampliamente del de las plantas, pero ambos son sistemas reproductores.  ¿Ha agotado acaso la naturaleza todas las fases de ese poder suyo? Tsukuba puede aparecer como maravilloso a algunos y como ominoso a otros.

Dado que la noticia del nacimiento de robot autor reproductor” una criatura metálica con forma de ciempiés y posibilidades de mutante al azar en lo futuro” la dan en son de triunfo sus creadores, los tecnólogos japoneses, algunos podrían hasta exclamar alborozados: “lo lograron!”. Pero otros, los pesimistas o los cínicos, tal vez se estarán preguntando:”¿ Quiénes lo lograron?; los japoneses o las máquinas?