23 marzo, 2026

La ciencia y su proceso histórico

De las explicaciones míticas al método científico, la humanidad construyó un sistema de conocimiento basado en observación, razonamiento y transmisión acumulativa.

Tan pronto adquirió conciencia de su estancia sobre la tierra, el hombre desarrolló desde sus primeros tiempos un espíritu inquisitivo que le hizo volver los ojos hacia las profundas entorno y el destino último de la vida. La respuesta a cuestiones de esta índole fue perseguida La respuesta a cuestiones de esta índole fue perseguida por diferentes caminos a lo largo de la historia. Primitivas explicaciones basadas en místicas de tipo animista y rituales mágicos aprehensivos dieron paso con la evolución de las culturas a doctrinas teológicas y filosóficas de cuyos sistemas de razonamiento surgiría, en su interpretación más libre de intención sobrenatural, la base esencial de la ciencia.

Habitualmente la ciencia se ha mostrado compatible con el sentido metafísico de la vida. Entendida como la acumulación y la síntesis de la experiencia humana desde los orígenes de la cultura, representa en sus vertientes positivas la culminación de un esfuerzo colectivo transmitido a través de generaciones que permitió un grado cada vez más depurado de bienestar social y una creciente sensación de dominio sobre los avatares y circunstancias en que se desenvuelven las civilizaciones. La ciencia ha experimentado un auge ininterrumpido desde finales de la edad media, junto a un continuo proceso de diversificación y especialización. Durante las últimas décadas el número de científicos profesionales es equiparable a todos los sabios e investigadores de todas las épocas anteriores. A pesar de esta actividad casi frenética, la ciencia se enfrenta aún a fenómenos de causa desconocida o no bien determinada. Así, las posibles soluciones que ofrece sobre los acontecimientos humanos y naturales abren con frecuencia las puertas de nuevas incógnitas y, en una especie de trayectoria espiritual del saber, constituyen un reflejo del devenir de la existencia humana en el marco del pensamiento.

Aproximación histórica

La génesis del razonamiento científico, con un mayor o menor grado de organización, se pierde en los albores de la humanidad. Los vestigios prehistóricos encontrados en excavaciones arqueológicas muestran un tipo de conocimiento sobre determinados aspectos de la naturaleza, que por transmisión oral formaban parte del sustrato de las sociedades primitivas.

Los primeros focos importantes del conocimiento científico se crearon en las culturas orientales y medio orientales. Desde allí se transmitieron a través de las rutas comerciales a las regiones del área mediterránea. Los conocimientos de geometría, cálculo y astronomía fueron notables en las culturas mesopotámicas y egipcias. La tan particular situación geopolítica de las urbes griegas entre los siglos VIII y III a. C. permitió que actuaran como receptoras y elaboradoras de escuelas de pensamiento filosófico que cristalizaron en una actitud racionalista y universal frente a las diferentes facetas del conocimiento. Como fruto de ello aparecieron los primeros métodos puramente científicos de análisis de los fenómenos del mundo. La escuela jónica fundada por Tales de Mileto, la Academia de Platón o la escuela peripatética de Aristóteles no son sino puntos descollantes de una tradición rica en una labor de síntesis lúcida del saber preexistente. Su quehacer se plasmó en magníficos logros en matemáticas, medicina, lógica e historia natural en todo el ámbito del Mediterráneo.

La caída del imperio romano de occidente, perpetuador de las doctrinas filosóficas helénicas, produjo una discontinuidad en la transmisión del saber. Curiosamente, el papel de continuador de la labor clásica fue asumido por la emergente civilización islámica, que actuó no sólo como recopiladora de textos e ideas de la Grecia antigua, sino que las refundió con la tradición científica hindú y aportó importantes innovaciones propias como la simbología algebraica.

Hasta la edad media, los ideales filosóficos procedentes de la tradición grecolatina habían perdurado mejor que los científicos. En esta época se produjo un reencuentro entre ambos a través de traducciones realizadas desde el árabe que se integraron sin grandes dificultades en el sustrato de una visión cristiana del mundo. La pujanza de la baja edad media fomentó la creación de bibliotecas y universidades en las que se estudiaban todas las ramas del saber conocido y propició el advenimiento del Renacimiento europeo gracias a las nuevas técnicas y descubrimientos geográficos. Aunque en sí misma no introdujo grandes innovaciones en la ciencia, la época renacentista asentó un espíritu humanista en la concepción del cosmos. De ella emanan de forma natural las revolucionarias ideas que en el curso del siglo XVI iniciaron una alteración drástica del panorama de las ciencias. Una alteración drástica del panorama de las ciencias.

La astronomía, la física mecánica y las matemáticas concentraron los principales focos de cambio en esta revolución científica. Una visión heliocéntrica del mundo, que contrastaba con la anterior interpretación del cosmos como un sistema centrado en el planeta terrestre; la incorporación de potentes técnicas de cálculo infinitesimal, como abstracción de las nociones geométricas, de gran utilidad en el formalismo de las ciencias; y la precisión de las leyes que rigen el movimiento de los cuerpos en virtud de los conceptos de masa y gravitación representaron los hitos más llamativos en la historia del conocimiento humano de los siglos XVI y XVII. Indisolublemente unidos a ellos quedan los nombres de Nicolás Copérnico, Galileo Galilei o Isaac Newton.