La información y su uso
El texto analiza cómo las tecnologías educativas retoman promesas históricas de personalización, eficiencia y control, mientras omiten antecedentes clave de las máquinas de enseñanza del siglo XX.
Al permitir nuevas posibilidades para el ingreso de información por parte de los estudiantes y de respuesta por parte de las máquinas, las máquinas de enseñanza fueron recibidas como nuevas capacidades de interactividad extendida que permitían nuevas formas de instrucción “personalizada” con mejor respuesta a las distintas necesidades de los individuos. Esas nuevas posibilidades dieron lugar inmediatamente al temor, mezclado con algunos temas políticos, de que dichas capacidades tecnológicas mejoradas llevarán a un reemplazo en el trabajo educativo. El fervor de mediados del siglo XX en torno a las máquinas de enseñanza eventualmente se calmó a mediados de la década de 1970, a medida que las instituciones comenzaron a ver que los costos y la persistente falta de lineamientos y materiales que respaldan programas. Ahora que los digitales sobre la práctica y el trabajo de enseñanza y aprendizaje hacen eco de los temores de décadas pasadas, existe todavía una curiosa falta de referencia a los desarrollos o lecciones de ese pasado no tan distante. De hecho, a pesar de la magnitud de las inversiones estatales e institucionales en todo el mundo para hacer visibles los nuevos programas de educación digital contemporánea (expandidos hoy por todo el planeta a través de conferencias internacionales, programas lanzados por gobiernos, o lanzamientos y campañas cuidadosamente preparados de productos orientados a la educación) salta a la vista que esa historia reciente sigue siendo omitida en los relatos contemporáneos.
En este capítulo, exploramos esos silencios históricos y esa omisión de recuerdos en el historial como síntomas de un creciente “ideal informático” de la era digital, un ideal que se expresa cada vez más en el surgimiento de estrategias estatales adoptadas en torno a lo digital como una forma de manejar a las poblaciones y de ahorrarse el trabajo de gobernar en la era de la información. Este ideal está relacionado con un “ideal industrial”, que la historiadora de la tecnología Deborah Fitzgerald indica que se utilizó para promover la eficiencia y la amplificación de los resultados de producción a través de la aplicación de la maquinaria moderna (2010) en los siglos XIX y XX. Este ideal también se relaciona con una ideología de alto modernismo que el científico político James Scott indica que se dejaba sentir en las prácticas modernas de gobierno que mejoraron la intervención del estado gracias al uso de modelos de planificación que idealizaron y estilizan las proyecciones futuras de poblaciones y territorios firmemente racionalizados (1999). Mientras extienden esa lógica, las estrategias estatales contemporáneas, particularmente a través de políticas desarrolladas en torno a nuevas tecnologías educativas, también enfatizan cada vez más una mayor creación de capital humano modelado de acuerdo con el ideal informático contemporáneo. Dichas estrategias se basan en nuevas inversiones en arquitecturas y dispositivos materiales cuya función es silenciar la historia y omitir recuerdos en el historial, pero que además incluyen la promoción y aceptación de lo que los investigadores de estudios digitales denominan idealización del modularidad en la era de la información, un rasgo central de los modelos Y prácticas de planificación. En lugar de enfatizar las mejoras en los resultados de la producción o el orden social como principales beneficios, aplicar cambios rápidos, e incluso radicales, que responde dinámicamente a las condiciones de determinada incertidumbre externa como una de sus ventajas esenciales.
Dicho reconocimiento de los beneficios de la modularidad no siempre se ha explicado más allá de sectores de diseño tecnológico específicos. Derivado de la prácticas de diseño de código que desarrollaron los programadores en los años 60, el principio modular enfatiza el valor de convertir deliberadamente partes de datos separadas (input parts) de sistemas codificados grandes (tratados antes como una entidad única en bloque) en partes descartables, no interdependientes, susceptibles de ser segregadas e incluso invisibles para otras partes (Mcpherson, 2012).Dichos principios encontraron cada vez mayor recepción como nuevas técnicas de gestión en la industria de las computadoras en los años 70,cada vez más competitiva y expansiva. Fue bajo esas condiciones que los impactos de la modularidad en la práctica organizativa y técnica produjo evoluciones en el diseño que podían “dar forma a teorías económicas de la evolución de la industria” (Clark y Baldwin, 2002). Algunas de esas evoluciones fueron “permitir que la creciente complejidad se volviera manejable; permitir prácticas de trabajo paralelo antes que lineal; y, especialmente, permitir una tolerancia a la incertidumbre”. Este capítulo explora cómo los promotores de los dispositivos de enseñanza en la era de la información insisten no sólo en su fijación con el futuro y las reformas orientadas hacia el futuro, a pesar de que los dispositivos de enseñanza de la era de la información (pese a ser aplicados dentro de los sectores educativos) irónicamente han demostrado muchas veces operar contra aspectos delicados de la historia pasada, la memoria colectiva o la experiencia compartida. Los dispositivos de enseñanza de la era de la información aprovechan los espacios físicos y los encuentros materiales como medios para desarrollar “prácticas” bajo la lógica del mercado (MacKenzie, Muniesa y Siu,2007; Mackenzie, 2006,2009) anticipándose exageradamente a un futuro aún por venir. Se dice que esta capacidad de proyectar futuros ha jugado desde hace mucho un rol definitorio en las formas de gobierno y sus tecnologías relacionadas. Por ejemplo, científicos políticos como James Scott indican que la capacidad de proyectar futuros de población y territorios ordenados (reconstituidos a partir del desorden) fue lo que caracterizó a las primeras formas moderno resultados futuros fue canalizado a través de las idealizaciones de alto lamentablemente, tal como lo implica el término “ideología”, una fe que ciencia, carecía de sentido crítico y escepticismo y, sin evidencia científica, mostraba optimismo por las posibilidades de planificación integral de las poblaciones y la producción” (Scott, 1999:4).
