13 julio, 2026

Desde los relojes solares hasta los mecanismos portátiles, la medición del tiempo transformó la tecnología, la industria, la política y las costumbres sociales.

Cuando se impuso el reloj solar en Occidente no faltaron quejas de los tradicionalistas. Hacia el año 200 antes de Cristo, en una obra de Plauto, comediógrafo romano, un personaje protestaba: “Que los dioses maldigan al primer hombre que descubrió cómo señalar las horas!; Y que maldigan también a aquel que en este lugar erigió un reloj de sol para despedazar de modo tan infame mis días en pequeños trozos!”. Y aquel glotón se dolía de que cuando era niño su pancita era su reloj, bien seguro y verdadero para saber cuándo reclamar comida, mientras que ahora tenía que esperar que esos malditos artefactos lo autorizase a comer. El reloj aparecía como un intruso en los ciclos naturales, algo que asociaba el tiempo y los sucesos humanos.

El reloj automático hizo su aparición en el Renacimiento. No hay consciencia sobre la revolución que produjo. Fue la máquina más eminente entre los artefactos modernos, más que la propia máquina de vapor. David Landes, profesor de Historia y Economía en Harvard quien justamente había escrito en 1969 el estudio más completo sobre la Revolución Industrial del siglo XVIII, que tuvo a la máquina de vapor de Watt en su centro, publicó en 1987 otro volumen magistral en el que analiza la influencia del reloj en el mundo moderno. Lo considera una de las mayores invenciones de la historia de la Humanidad, no a la altura del fuego o la rueda, pero comparable a los tipos móviles de Gutenberg en sus revolucionarias implicaciones sobre los valores culturales, el cambio técnico, la organización social y política, y la personalidad. Veamos algunos fundamentos.

En primer lugar, su enorme potencial tecnológico. Fue el modelo al que aspiran todas las máquinas, el taller para la formación de artesanos finos y técnicos exactos. Precisamente porque no fue en su origen una herramienta práctica, diseñada con un único propósito, estaba destinada a ser la madre de las máquinas. Los relojeros, puesto que fabricaban los primeros artefactos modernos de medición, se convirtieron en los adelantados de la fabricación de instrumentos científicos; su legado perdurable fue la tecnología de las máquinas herramienta. En segundo lugar, su trascendencia para una nueva visión del Mundo, la metáfora del Universo visto como una gran pieza de relojería. El físico Robert Boyle, fundador de la Royal Society y pionero de la ciencia de su tiempo, vio en el siglo XVII al Cosmos como “una gran pieza de relojería”. A partir de los ‘1700 los europeos cambiarán su idea sobre el Universo; no será geocéntrico sino heliocéntrico, no será orgánico sino mecánico, las ciencias se inscribirán en el ideal mecanicista de Newton. Y hasta Dios pasará a ser concebido como el Gran Relojero Universal.

En tercer lugar, su influencia política. La invención del reloj mecánico fue uno de los mayores cambios “entre los 12 te vulnerable de la civilización mediterránea, en un agresor transformaron a Europa de reducto débil, periférico, altamente hegemónico”. Integra un fenómeno general y de amplísimo alcance en el que por sí mismo influye: el de la cuantificación como característica distintiva de la modernidad. Hay una tesis extrema que sostiene en nuestros días Alfred Crosby: debido al hecho de que en el siglo XVI había más gente pensando cuantitativamente en Europa Occidental que en parte alguna del mundo, los europeos se hicieron líderes mundiales. Al percibir matemáticamente el tiempo, el espacio y las cosas, se convirtieron en imperialistas intelectuales en ciencia, tecnología, burocracia, música y pintura.

En cuanto a su importancia industrial

Suiza ganó hacia 1600 a grupos de refugiados (Hugonotes franceses) que fundaron una manufactura que fue haciéndose floreciente hasta darle al país un monopolio indisputado durante dos siglos. Los suizos soportaron más tarde el desafío de los norteamericanos. Pero, a partir de los ‘1970, la “Quartz revolution” (una nueva tecnología basada en la propiedad piezoeléctrica de ciertos cristales), los colocó detrás primero de los japoneses y luego, de las industrias radicadas en Hong Kong. Para enfrentar esta novedosa tecnología, que los tomó por sorpresa, los suizos reaccionaron, entre otras cosas fabricando, y haciendo el “marketing” adecuado, relojes para millonarios. En el rubro de los relojes más caros, los japoneses y los ricos del mundo empezaron a visitar Ginebra en busca del Patek Philippe (“Un reloj que le dice a usted sobre sí mismo”), del Vacheron Constantin (“Una preciosa y rara obra de arte”), o del Audemar Piaget (“El reloj más caro del mundo”). Además de los corrientes, los suizos venden abundantemente ahora piezas de hasta 20 mil dólares. De todos modos, pagaron cara su demora en adaptarse a la revolución del cuarzo.

Finalmente, sobre la influencia del reloj en las costumbres y los ciclos naturales

En la Edad Media, primero hablan los relojes de los monasterios, máquinas con pesas que hacían sonar campanas anunciando las horas 13 canónicas y la jornada laboral. Después aparecieron los relojes de campanario en las iglesias. En la ciudad europea medieval las campanas ejercían la función que tiene la radio en nuestros días. Toda ciudad que se considerase digna de tal nombre debía tener un reloj público que llamara a los ciudadanos para la defensa, las celebraciones y los duelos. Relojes calendario espectáculo, los hubo magníficos y famosos: por ejemplo, el reloj planetario de Estrasburgo, considerado una de las Siete Maravillas de Alemania.

Pero lo más revolucionario vino con el reloj moderno: el tiempo se hace portátil y regula a los hombres día y noche, nublado o claro, en toda estación. Una vez que los relojeros aprendieron a reemplazar pesos y contrapesos por un resorte en compresión, se hizo autocontenido, miniaturizado y manual, útil y hasta imprescindible para la casa y las personas. La posibilidad de uso privado permanente echó la base para una disciplina del tiempo: de ahí un nuevo valor en la vida de los hombres: la “puntualidad”, la observación estricta de la hora no señalado, una civilización atenta al paso del tiempo al funcionamiento de las cosas y la productividad; es recién a fines del siglo XVIII que aparece la palabra para describir el hábito de llegar a tiempo. El reloj, convertido en amo y señor de la vida cotidiana en el planeta, produjo su propia moral; la puntualidad es su criatura.