10 julio, 2026

La escena de los molinos de viento puede leerse como algo más que una aventura delirante: también como una metáfora del rechazo a una tecnología nueva en la España de comienzos de la modernidad.

No es tarea fácil formular una observación novedosa sobre el texto de un clásico.  ¿Qué es un clásico? Borges lo definió como un libro al que los hombres han decidido leer como si en sus páginas todo fuera profundo y apto para interpelaciones sin término. En idioma español nuestro clásico es, sin duda, Don Quijote de la Mancha. Contemporáneo de las criaturas de Shakespeare, hay una montaña de publicaciones sobre él en casi cuatro siglos. Pero si los clásicos son, por definición, inagotables, por qué no permitirnos, ¿con beneficio de inventa. una mirada diferente sobre un rincón de ese festín del ingenio Cervantino? Son dos, principalmente, los pasajes del Quijote que todo el mundo recuerda: los introductorios (“En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor…’) y una de las primeras aventuras del héroe, la de los molinos de viento que, en su desvarío, confundió con gigantes formidables. Recordemos ese episodio. El héroe, ya armado caballero andante y consagrado en sus hazañas futuras a Dulcinea, sale al campo montado en Rocinante a “deshacer entuertos”. Jinete de un rucio, lo flanquea su escudero Sancho Panza. Poco a poco descubren treinta o cuarenta molinos de viento que había en aquel campo de Montiel. Don Quijote los ve como gigantes y hace oídos sordos al prudente Sancho que le advierte que no son tales sino molinos y que lo que le parecen brazos son aspas que giran. Pero él insiste en que son gigantes con los cuales quiere entrar en fiera y desigual batalla. Les grita: “Non fuyades cobardes y viles criaturas, que es un solo caballero el que os acomete. Encomendando a Dulcinea del Toboso atropella al primer molino, cuyas aspas había comenzado a mover el viento. Y así el molino hizo pedazos la lanza con el choque, llevando tras ella al caballo y al caballero. Recuperado, no cejó en su idea. No habla que fue un error suyo; porfió que un mago había cambiado los gigantes en molinos para quitarle la gloria de vencerlos. Tal el destinado hidalgo. En los cursos de literatura del colegio secundario este asunto de los molinos de viento ha sido un locus clásico del que ningún alumno se escapa y al que ningún profesor resiste. La interpretación coincidente de los manuales y de los docentes es que tiene un simbolismo: el caballero estandarte de lo ideal versus los molinos símbolo de lo material. En términos de apreciación, algo valioso contra algo poco valioso. Así nos hicieron evanescente y hasta el episodio.

Una tradición espiritualista domina nuestras clases de literatura española. Por eso resultan generalmente tan aburridas. Esa tradición viene de los propios españoles. Aun los más críticos de su cultura coinciden en lo esencial. El propio Ortega y Gasset que muy temprano, en 1914, publicó Meditaciones del Quijote, hallaba en esos molinos harineros que el héroe ve transfigurados en gigantes, un sentido de la rea 21 lidad, el sentido “ideal”, diferente del concreto y más sugestivo que éste. Pero hay otra lectura del asunto, más interesante y menos conformista. Se refiere a la historia de la técnica y al sistema cultural que sustenta a las técnicas. La Edad Media tuvo como gran innovación energética a los molinos de agua. En el año 1200 la energía hidráulica reinaba en toda Europa. El molino de viento se generalizó recién en el siglo XVI. Habla aparecido antes en Holanda (imitado de Irán y quizá de China), pero en España se difundió hacia el 1600, época en que Cervantes escribió el Quijote. Se construían de madera (aun los engranajes) sobre mampostería y se utilizaban principalmente para moler trigo. Surgieron como fuente novísima de energía y por lo tanto se miraban seguramente como un ciudadano común de hoy contempla el domo de una usina nuclear, como la última palabra de la técnica.

Con esto tiene que ver la lectura, distinta de la de nuestra tradición literaria, que hacen del episodio de los molinos algunos tratadistas no españoles. Bertrand Gille, francés, escribe que “todo el mundo evoca la lucha de Don Quijote contra los molinos de viento, considerados como novedades contrarias a cierto espíritu tradicional”. Otro, inglés, Brian Stableford, recuerda que el molino de viento era un verdadero gigante entre las máquinas, una tecnología nueva para Don Quijote, y que el caballero alegó a Sancho que era “gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la Tierra”. Convengamos y esta es una de nuestras razones para estar de acuerdo con la tesis en que “mala simiente” es una calificación muy sugestiva para un artefacto que representaba entonces el progreso mecánico en Europa.

 ¿Cuál es la razón por la que en nuestro ámbito cultural hispánico se haya ignorado esta interpretación tan lógica, y en cambio se viera siempre el episodio como una mera locura individual o una manifestación heroico espiritualista? Sospeche que la considera propia del solo reino espiritual, en la que su chamos que se trata de una visión ideológica de la cultura, faz operacionalista y la propia del trabajo humano están poco menos que ausentes. Quizá esto radica en el proceso de divorcio entre la cultura europea moderna y la cultura ibérica que se opera en el siglo XVII. No se advierte el sentido del episodio de los molinos porque el orbe español de Felipe Il y sus sucesores se enajena de la corriente madre del progreso e ignoró al mundo de la producción y de la ciencia que emergió en la Europa de esos tiempos. Cervantes escribe justo en el momento histórico en que la Europa progresista estaba abandonando a Aristóteles y la tradición medieval para adoptar el paradigma moderno de Galileo. España, en cambio, está empeñada en un proyecto reaccionario: la Inquisición, la expulsión a los judíos (que eran su burguesía comercial) y de los moros (sus especialistas en cultivos), y se repliega sobre sí misma en el dogma y el empecinamiento aristocrático militar. Lo que Cervantes, conocedor de Europa, habría querido aludir con sus molinos no fueron gigantes de una imaginación ardida sino, en propiedad, molinos de viento como creación de la ciencia práctica de los hombres, de su ingenio mecánico. La colisión de la lanza del caballero con las aspas del molino vendría a ser su metáfora del drama de su España resuelta a rechazar al mundo de la modernidad que levantaba vuelo. Los gigantes que veía Don Quijote, no se parecen acaso a los que ya en nuestro siglo, en tiempos de la amarga introspección española tras la derrota de Cuba por la tecnología yanqui, conjuraba el quijotesco Miguel de Unamuno con su grito dolorido y orgulloso: “Que inventen otros/”? La parábola española de tres siglos se completa así en el Rector de Salamanca pidiendo para su patria: “/Que la dejen morir y soñar su sueño lento, oscuro, monótono, el sueño de su buena vida rutinaria! Que no la sacrifiquen al progreso, por Dios, que no la sacrifiquen al progreso”.