Artefactos, novedades y la invasión del inglés
La expansión del inglés en la publicidad, la tecnología y el consumo plantea tensiones entre su función como lengua internacional y la preservación de los idiomas nacionales.
Cada día la gente recibe alguna nueva vaharada de inglés básico a través de mensajes publicitarios sobre marcas, artefactos y productos importados. Últimamente las mesas familiares de los pudientes se abarrotan de productos importados con marbetes en inglés. La jerga invade a la televisión, las revistas, los avisos, el habla diaria. Se mete en los gustos y en los hábitos. Los chicos prefieren los sándwiches McDonald ‘s. Las señoras, “fastfood” y “Pepsi Diet”. Los comisionistas de propiedades se proclaman “Brokers”, los almacenes “Markets”, los arrendadores de autos “Rent a Car”‘. Y está todo lo del “soft” y el “hard”. Afortunadamente, aunque el modelo de sociedad que nos ha sobrevenido se parezca a Puerto Rico, no nos pasa todavía con el español lo que les está pasando a los ciudadanos boricuas del “Estado Asociado”. Véase una muestra de un “vespertino bilingüe” de allí, quizá, eso sí, un espejo de futuro para miramos.
Lo que ocurre en Latinoamérica tiene paralelos, pero bastante atenuados, en otras partes. Los franceses están entre los más preocupados por la invasión del angloamericano. Sienten que el idioma majestuoso de Corneille se bate irremisiblemente en retirada. Conocen bien la importancia cultural de una lengua: no es solamente una manera de hablar sino también una manera de expresarse y de existir. Algunos hasta piensan que sería oportuno vigorizar al Esperanto como habla supranacional. Pero el avance del inglés parece inexorable. En la ciencia y la tecnología casi no se puede decir nada sino a través de él. La publicidad lo tiene como un medio incontrastable. Ya no se estampa “Fabriqué en France” en los productos; se sellan con “Made in France”…
Otros europeos no anglófonos están también como sobre ascuas. Algunos hablan ya del peligro de que 280 millones de personas que serán muchos más con los del renieguen un día futuro de sus lenguas nacionales. Temen que la lengua inglesa se convierta en universal en Europa si los otros idiomas pierden su vivacidad, su razón de ser, y son absorbidos. “Será así” escribe uno cuando el francés, el portugués, el alemán, el holandés, hayan perdido su identidad. El idioma es el soporte privilegiado de la cultura. Desde la memoria histórica de los argentinos, el caso de los franceses es paradójico. En un siglo han pasado de imperiales a vasallos. Recordamos que ayer nomás Francia era nuestra metrópoli cultural. Lo fue para los próceres de la Organización que se empaparon de filosofía política a través de Rousseau o Saint Simon. También para nuestros ricos “rastacueros” del fin del siglo, que recibieron tan atenta calificación justamente de los franceses, según el testimonio de Monsieur Huret, “cronista de dos mundos”. Conviene, sin embargo, mirar el problema con lentes conceptuales objetivos. Lo principal es distinguir sentidos distintos en los usos de los idiomas.
“Idioma” puede tener diferentes valores jerárquicos. Como el griego en la Antigüedad, el latín en la Edad Media y hasta el mil setecientos, el francés en los siglos XVIII y XIX, el inglés funciona ahora como lengua universal, como idioma vehicular que facilita las comunicaciones entre hombres y pueblos que tienen distintos idiomas propios, vernaculares.
Aquellos, los “vehículos”, tienen como propiedades la exactitud, la objetividad, la univocidad de sentidos. Son concretos, claros, económicos; capaces de transmitir bien la información académica, científica, técnica, práctica; la propia, sobre todo, de los campos en que los países que los forjan tienen liderazgo. Los otros, los “vernaculares”, expresan a cada pueblo, sus sentimientos, sueños, vivencias. Son subjetivos, polivalentes, ricos y propios para matices. Tienen vocabulario amplio, en el que pueden expresarse todas las diferencias y contradicciones.
Ni el griego, ni el latín, ni el francés de sus respectivos tiempos imperiales impidieron el crecimiento del italiano, el alemán, el español o cualquier otro. Cuando Erasmo escribía en latín, Cervantes fundaba el castellano. Cuando reinaba Voltaire, Goethe escribía en alemán y Manzoni en italiano. El uso de un idioma “vehicular” para la comunicación entre países del mundo es totalmente legítimo y necesario. Representa, por cierto, una enorme ventaja para cualquiera. El caso del inglés en nuestros días es palmario. En un mundo que es como nunca una densa red de comunicación e intercambios, este idioma que algún día seguramente dará paso a otro idioma “vehicular”, como lo hicieron antes el latín y el francés una casi absoluta exigencia de la cultura y hasta del trabajo diario.
Lo que debe preocuparnos es la tendencia a bastardear nuestra lengua “vernacular”, la propia de nosotros mismos como sociedad diversa. El idioma es un organismo vivo, que cambia, que incorpora y se enriquece, pero que debe ser cuidado porque es soporte de la cultura. Es necesario organizar la coexistencia entre el idioma vehicular y el vernacular. Quizá como sugería hace poco en “Le Monde” un profesor de la Universidad de París la mejor manera de que la gente se prepare a aprender los idiomas extranjeros sea finalmente hablar mejor y, sobre todo, escribir mejor su propio idioma. Primero, entonces, cultivar nuestro jardín.
