15 julio, 2026

El hallazgo submarino del Faro de Alejandría permite reconstruir el legado científico y tecnológico de una de las grandes capitales culturales de la Antigüedad.

Cuando éramos niños nos extraviamos en la revista “Billiken” y en los álbumes de fulguritas con las pinturas de “Las Siete Maravillas del Mundo”. Enumerarlas de memoria en la escuela después nos ganaba sonrisas de la maestra. Ahora los diarios han desplegado una noticia sensacional justamente sobre una de esas siete maravillas legendarias: arqueólogos franceses han encontrado bajo las aguas y frente al puerto egipcio de Alejandría las estructuras del faro que se erigió en el año 280 antes de Cristo y fue cubierto por el mar hacia el 1200 de nuestra Era. La noticia nos da ocasión para evadirnos un poco de la plomiza rutina de informaciones que nos agobian. Es sedante repasar las galas de aquella civilización que floreció, como un retoño, original y último, de la primavera griega del espíritu humano, en la margen opuesta de ese mar ombligo que fue el Mediterráneo. Todo vino con la empresa imperial de Alejandro Magno. Uno de sus oficiales, Ptolomeo, fundó la dinastía de ese nombre y al mismo tiempo la ciudad epónima de los conquistadores Faro de 135 metros señaló durante tres siglos el sitio donde esos monarcas, preludiando lo que hicieron los príncipes mecenas del Renacimiento, reunieron genios para una Cosmópolis Intelectual sin parangón en el mundo antiguo.

De lo que Alejandría llegó a ser como centro cultural daría cuenta la sola mención de que allí, entre los siglos lll y antes de Cristo, se refundó la filósofa, la Literatura y la ciencia griega. Pero todavía más: se creó el primer desarrollo científico técnico de Occidente, uno que sólo sería retomado quince siglos después por Europa. Es significativo recordar que la libertad y la prosperidad de que gozó congregaron allí de un modo que evoca lo que ocurrirá en siglos distintos con Ámsterdam, París y Nueva York Una pléyade de genios inmigrantes: Demetrio, Estratón, Apolonio, Erasístrato, Herófilo, Euclides, Filón, Ctesibio, Herón, Arquímedes; los Ptolomeos lograron reunir en ese centro de tráfico económico y de circulación de ideas, alrededor del Museo y la Biblioteca, todo lo que el mundo helénico conocía de más avanzado en cualquier dominio de la cultura. La Biblioteca, en la que trabajó Aristarco, llegó a reunir 700 mil rollos que contenían los tesoros del milagro literario griego. Se cuenta que los mahometanos la quemaron en el 641 de nuestra Era porque el califa Omar razonó que no hacía falta otro libro que el Al Corán, pero lo cierto es que no pudo en todo caso más que quemar sus ruinas; los romanos de los tiempos cuando César se rendía en el lecho de Cleopatra se habían encargado de saquearla.

Hubo diferencias entre el espíritu alejandrino y el que manifestó la Atenas de Aristóteles. Si allí se había perseguido un sistema filosófico, en Alejandría se buscó la posibilidad de un sistema científico y un sistema técnico. Basta indicar cuatro nombres y sus trabajos para hacerse una idea de su originalidad y alcance. Aristarco escribió un tratado sobre las dimensiones del Sol y la Luna y sus distancias desde la tierra con las medidas casi exactas y concibió, dieciocho siglos antes de Copérnico, un cosmos heliocéntrico. Euclides, padre de la Geometría, redactó los Elementos, trece libros que han sido calificados, por su claridad, simetría y belleza interior, como un monumento a la inteligencia humana. Herón, que corona cuatro siglos de desarrollo de la Mecánica, fabricó ingenios, especialmente autómatas, en los que empleaba casi todas las cadenas cinemáticas que conocemos: poleas, engranajes, contrapesos, de multiplicación, válvulas, programación. Y, en fin, Arquímedes, quien encarnó el ideal técnico científico de la Escuela, formuló las leyes de la palanca, la determinación del centro de gravedad de las figuras planas, la teoría de los cuerpos flotantes, la hidrostática. Fue el primer mecánico racional; no hubo otro comparable a él hasta Galileo en el siglo XVI.

Hay varias historias sobre este Arquímedes, ciertas y no tan ciertas, contadas por Plutarco. Una de ellas es la del descubrimiento del principio de la presión hidrostática mientras tomaba un baño de inmersión, su exclamación de “Eureka”(en griego, “Lo he encontrado”) y su carrera desnuda por la ciudad para comunicarlo a sus discípulos. Otra, es la de la eficacia de sus catapultas y espejos cóncavos para hundir e incendiar barcos de la flota selladora de Marcellus. Una tercera, la del asombro del rey Hierón cuando le escuchó decirle: “Dame un punto de apoyo y moveré al mundo”. Y por fin, la de su muerte por la espada de un soldado romano a quien no hacía caso para que lo acompañara a ver a su jefe porque estaba enfrascado en la demostración de un problema matemático. Una historia alejandrina que debería ser más conocida es la de la bella Hipatia (370-415 d.C.), un símbolo femenino del científico. Resulta que esta mujer, la primera matemática en la historia, astrónoma y líder de la escuela neoplatónica de filosofía, se convirtió en centro del odio de los monjes que seguían al obispo Cirilo. Así, en un momento en que la tensión entre cristianos y no cristianos hizo crisis en la ciudad, fue bárbaramente asesinada y mutilada por una muchedumbre de fanáticos. Esto marcó el principio de la declinación definitiva de Alejandría como centro cultural del Mediterráneo. “Su gran enemigo, el obispo Cirilo apuntó intencionadamente a Carl Sagan, el autor de Cosmos fue posteriormente declarado Santo por la iglesia.”

El hallazgo de la estructura del Faro de Alejandría por los buzos franceses nos lleva a recordar, porque tiene relación con la técnica de los alejandrinos, el caso de un enigmático trofeo submarino que apareció en 1900 durante una expedición arqueológica cerca de la isla de Antikythera, al sur del Peloponeso. Allí se rescató entonces un extraño aparato, de difícil identificación dada la corrosión sufrida en casi dos mil años desde el naufragio (que se ubicó en el 65 antes de Cristo).

En 1959 Derek Price, el historiador de la tecnología, se enteró en Princeton de ciertas características reveladas por nuevos estudios sobre el artefacto efectuados en el Museo Arqueológico de Atenas. La American Philosophical Society lo envió a Grecia para profundizarnos y él, junto a un equipo de museólogos y epigrafistas, pudo al fin resolver el enigma: el aparato una caja carcomida en cuyo Interior se hallaban diversas piezas metálicas (engranajes, ruedas dentadas, coronas, dólares, plaquetas de bronce e inscripciones sobre el uso) era un mecanismo similar a un computador, diseñado como un reloj y capaz de replicar los movimientos del Sol, la Luna y quizá de los planetas. Esta máquina griega era el primer espécimen en la línea de los relojes mecánicos-que siempre parecieron haber nacido como mágicamente, a fines de la Edad Media-, un ancestro de los relojes y máquinas de calcular de nuestro tiempo. El complejo mecanismo de Antikythera demuestra cómo los mecánicos alejandrinos integraron una trayectoria técnica que se revela en Arquímedes y termina en nuestros laboratorios contemporáneos. Price dio una primera cuenta del hallazgo en “Scientific American” de junio 1959. Su informe definitivo se tituló “El mecanismo Antikythera -un calendario computador del año 80 a.C.” y fue publicado en “Transactions of the American Philosophical Society” de diciembre de 1974. Como buen historiador, no pudo sino seguir en sus especulaciones. Varias coincidencias lo llevaron a la conjetura de que los objetos de Antikythera pertenecían al equipaje que Marco Tulio Cicerón, el gran orador y político romano, consignó a Roma luego de su estancia en la isla de Rodas, un hecho cronológicamente coincidente con el naufragio.