El hombre y la máquina
Desde los ludditas hasta la inteligencia artificial y los dispositivos médicos, la humanidad mantiene una relación ambigua con las máquinas que crea.
No es de ahora el recelo que una parte de la humanidad -sólo una parte-siente por la máquina. La historia está llena de ejemplos. A los griegos de Alejandría la pro máquina les echó en cara que habían retrocedido ante algunos portantes técnicos que estaban a su alcance. En el bando opuesto, el historiador Plutarco, aristocrático-platónico, les adjudicó como mérito el haberse abstenido de inventar. En el siglo XVIII obreros ingleses, temerosos de ser desplazados por la maquinaria de la Revolución Industrial, destruyeron varias veces telares y máquinas de vapor. El apellido de uno-Thomas Ludd originó el nombre de “ludditas” para designar a destructores de máquinas. En 1832 un congresista se alarmaba de que, en el Reino Unidos solamente, la maquinaria en operación igualaba la fuerza de “600 millones de hombres industriosos y trabajadores”. El poeta Goethe escribió poco antes que “la creciente prevalencia de las máquinas me preocupa y me asusta”. Saltando un siglo, en 1930 una ola de temores se expandió en Europa. Los regímenes totalitarios en ascenso hicieron que algunos escritores imaginaran los horrores de un matrimonio entre regímenes oprobiosos y mecanismos satánicos. Esas posibilidades dispararon las pesadillas de autores como George Orwell (1984) y Aldous Huxley (Un mundo feliz).
El cine hizo popular la novela que Mary Shelley escribió en 1817 y tituló El moderno Prometeo. En ella el monstruo que personificó luego Boris Karloff en el cine, era obra de un doctor Frankenstein, quien ensambló partes de cadáveres y le dio animación al producto. El argumento nos dice que cuando la criatura se irguió, viva, el doctor huyó de la habitación “presa de horror y repugnancia invencible”. El monstruo caminó hasta una choza vecina donde vivía un ciego con sus dos hijos pequeños. Espió morosamente a la familia y se prendó de su vida feliz. Apareciéndoseles, se ofreció para compartirla, pero ellos huyeron despavoridos. La criatura artificial, que hallaba insoportable su soledad, se volvió al doctor Frankenstein y lo convenció con súplicas de que le fabricara una compañera. Le dijo: “Oh, Frankenstein, me debes clemencia, justicia y afecto. Dame la felicidad y seré virtuoso”. El doctor comenzó a hacer la novia, pero entretanto fue reflexionando que aunque la pareja se fuese a vivir en los desiertos de Sudamérica, como se había pactado, quizá tendrían hijos, y así una raza impredecible se propagaría por la tierra. El monstruo, que lo observaba por la ventana, vio cómo el doctor destruía a la hembra en la que había estado trabajando y desesperado, ansiando su propia muerte, comenzó una serie de violencias y crímenes. Finalmente, para conseguir la paz que anhelaba, se auto inmoló por el fuego. La monstruo máquina se había vuelto malo porque el hombre no quiso darle compañía y amor.
La otra es menos conocida. La escribió Samuel Butler en 1872 y se llama Erewhon. Esta utopía muestra al luddismo llevado al extremo. Hay un pueblo que tuvo una guerra civil entre maquinistas y anti maquinistas. Los temores de estos úl 33 timos se basaban en el incesante avance de las máquinas, la posibilidad de que con el tiempo desarrollaran conciencia, sometieron a los hombres y aún empezaran a reproducirse como seres vivos. Los erewhonianos destruyeron casi todas las máquinas. “Fósiles” de ellas quedaron en el museo, cuidadosamente inutilizados, ordenados por géneros, especies y variedades. Habían notado vínculos de conexión entre máquinas que parecían tener muy poco en común y decidieron cortar por lo sano.
No son pocos los que afirman que en el siglo presente tenemos ya el potencial para una Edad de la Máquina. Hoy estamos casados con nuestras máquinas; sobre todo en los países desarrollados, nadie puede vivir sin ellas.
Un autor narra: “A principios del siglo XX, las máquinas, en colaboración con los hermanos Wright, aprendieron a volar’. La casa decía Le Corbusier una máquina para vivir en ella”. Son metáforas picantes, pero expresan el fenómeno. Otro dice: ‘Cuando el nuevo compañero del hombre adquirió cerebro… Las computadoras, en algunos aspectos, son ya más capaces que los hombres. La función fisiológica de medir el tiempo se la hemos entregado a los relojes. El “cyborg (organismo cibernético) médico, híbrido de máquina y hombre, es una realidad avasallante. Corazones, pulmones mecánicos, riñones artificiales y dializadores conectados al hombre. Miles de personas usan marcapasos para que puedan latir sus corazones. Alguien dice: Día llegará en que los instrumentos sean extensiones del hombre y nos conectaremos con tractores y centrales telefónicas para controlarlos directamente con nuestro sistema nervioso. Y otro: La mecanización del cuerpo es tan sólo un paso hacia la mecanización de la mente. ¿Cuánto más poderoso e inteligente sería un cerebro que pudiese conectarse en serie, mediante sinapsis orgánico eléctricas, con una computadora gigante?
Los recelos son cada vez más tímidos. No aparecen más Frankensteins quemando monstruos ni erewhonianos pretendiendo Arcadias. En el límite, ya hay quienes postulan que la aceptación metafísica de la continuidad entre hombres y máquinas es el último avance que nos falta hacer. Sería, según Bruce Mazslish, el establecimiento de la “cuarta continuidad”, la siguiente a las tres anteriores: con el mundo (Copérnico), con el animal (Darwin), con el inconsciente (Freud).
En un tono más de familia, y pensando en la calidad de vida, decía hace poco un inglés que no es fácil vivir en el mundo del hombre casado con la máquina. Es poco probable que llegue el divorcio y ni siquiera es posible moderar la intimidad, pero todo hace suponer que la luna de miel ha terminado. Y, por último, una liviana mirada filosófica sobre una relación que comúnmente se nos oculta. Si analizamos a las máquinas en general, nos damos cuenta de que no se ha reparado suficientemente en un aspecto abstracto: su papel moral. Decir esto parece absurdo; se supone que las máquinas no poseen naturaleza moral, son inocentes, imparciales. Se las puede usar para el bien o para el mal; ellas no tienen preferencia en el negocio.
