15 septiembre, 2026
Clones, genética y tecnología

La clonación de Dolly abrió un amplio debate científico, ético y moral sobre los alcances de la genética y las nuevas tecnologías reproductivas.

El anuncio de que en Escocia se había logrado el clonado de una oveja y que “Dolly” estaba saludable produjo encendidos debates y ansiedad sobre su significado y trascendencia. Algunos denunciaron el logro tecnológico como un intento de “estar jugando a Dios”; hasta fantasearon sobre el clonado de Hitlers y de Einsteins. El hombre estaba usurpando el lugar del Creador y arriesgando resultados impredecibles, acaso monstruosos. La exclusividad bíblica (Jehová y su clonado de Eva usando una costilla de Adán) había sido desafiada por la soberbia tecnocientífica. El Presidente de Estados Unidos no tardó más que un solo día en requerir dictamen urgente a la National Bioethics Advisory Commission. El Senado, con mayoría de Republicanos, no quiso quedarse atrás: tres semanas después del anuncio sobre el clonado realizó su debate público sobre las preocupaciones éticas y morales que despertaba. Los representantes de la industria biotecnológica aseguraron allí a los senadores que estaban muy lejos de soñar con fabricar niños y que sólo les interesaba lograr métodos de laboratorio para producir células y tejidos que pudieran ser utilizados en terapias de trasplantes.

Aquella Comisión del Presidente produjo su Informe cien días después del anuncio sobre Dolly. Ha traído ahora, pasados varios meses, un análisis crítico de Richard Lewontin, profesor de Biología en la Universidad de Harvard. Como rasgo más general, halla a las reservas que levanta sobre clonado de embriones humanos incursas en el error de que “confunden el estado genético de un organismo con su naturaleza física y psíquica total como ser humano”. No es ésta, en particular, una posición nueva suya; de hecho, viene denunciando desde hace bastante tiempo (en su libro The Dreams of Human Genome de 1992 y varias veces en artículos polémicos contra la “genomanía”), la falacia del “determinismo genético”, la suposición de que los genes “fabrican” al organismo. Es un principio básico de la biología, recuerda, que el organismo experimenta un desarrollo continuo desde la concepción hasta la muerte, un desarrollo que es la consecuencia única de interacciones de los genes con sus células, la secuencia temporal de ambientes a través de los cuales pasa el organismo y procesos celulares fortuitos que determinan la vida, la muerte y la transformación de las células. Como resultado, aun las huellas digitales de gemelos idénticos no son idénticas. Sus temperamentos, procesos mentales, habilidades, elecciones de vida, historias de enfermedades y muertes con toda evidencia difieren.

Esto es lo que desconocen algunos padres de gemelos a los cuales pretenden hacerlos idénticos, más allá de las similitudes naturales, vistiéndolos igual, dándoles nombres que empiezan con la misma letra, haciéndoles el mismo corte de cabello, etc. El profesor extrae de sus recuerdos de infancia un famoso caso de esfuerzos para transformar “clones genéticos” en “clones humanos”: el de las quintillizas Dionne, aquellas bebés canadienses nacidas en 1934 que fueron objeto de intensa publicidad y atractivo hasta turístico, idénticamente vestidas y arregladas por el Dr. Dafoe y la provincia de Ontario hasta su adolescencia. Devueltas a su hogar, cada una tuvo su propia adultez y su propia mezcla de felicidad infelicidad. No se parecieron en salud y profesiones más que cualquier conjunto de cinco chicas de la misma edad criadas en un pueblo rural como el de ellas. Tres se casaron y tuvieron hijos. Dos estudiaron para enfermeras; dos fueron a la universidad. A tres de ellas las atrajo la profesión religiosa, pero sólo una la obtuvo. Una murió en el convento a los veinte años, sufriendo epilepsia; otra, a los treinta y seis; tres siguen vivas, ya sesentonas. Este es un caso que demuestra que la identidad genética (que es todavía mayor cuando es natural como en el caso referido que en el caso de un clonado) no significa identidad personal.

No es necesario prohibir el clonado, dice el biólogo. Hay que desmitificar la genomanía que difunden algunos comunicadores científicos y los medios en general, produciendo una comprensión falsa del dominio que los genes tienen sobre nuestra vida. Debemos ponernos en una seria campaña educativa para corregir el error. Hay varios ejemplos de conductas o propósitos mal dirigidos por la sinécdoque errónea que sustituye “gen” por “persona”. Por ejemplo, la estimación exagerada de lo que se entiende por “patrimonio genético familiar”. Esas historias responden a la misma fuerza que lleva a personas que fueron “adoptadas” cuando niños a una búsqueda fútil de sus padres “reales”, esto es, biológicos, para descubrir su “real” identidad. Son continuaciones modernas de una más temprana preocupación con la “sangre” como portadora de una esencia individual y como marca de la legitimidad. No es la posibilidad de producir un ser humano con una copia de los genes de algún otro lo que ha creado el problema de la ansiedad pública o lo que agrega un elemento único a ello. Es el fetichismo de la “sangre” el cual, una vez aceptado, genera una serie inmensa de aparentes cuestiones morales y éticas. “Si no fuera por la creencia en la sangre como esencia, mucho de la preocupación por el clonado de embriones humanos desaparecería”. La clave del clonado exitoso es asegurarse de que los cromosomas del donante estén en buen estado. Sin embargo, nadie sabe cómo lograrlo. El caso de la oveja de Escocia muestra, con claridad, las dificultades de esta tecnología. El Dr. Wilmut y sus colegas lo aprendieron a través de múltiples fracasos: 276 embriones se les fueron muriendo inexorablemente en varios estadios de desarrollo hasta que el caso número 277 se convirtió en Dolly. Y sólo lo publicitaron cuando la oveja llegó a un estado de madurez biológica como para estar seguros de que la operación había tenido éxito. Esto indica cuán difícil sería mejorar los métodos para que funcionara en caso de humanos. ¿Cuántos embriones habría que sacrificar y en qué estadio de su desarrollo? La Comisión de Bioética de Clinton enlistó cuatro problemas éticos a ser considerados: individualidad y autonomía, integridad de la familia, tratar a los niños como objetos y el problema de la seguridad en cuanto al resultado.

El profesor de Harvard analiza los tres primeros y los despacha rápidamente por distintas razones. Sólo el de la seguridad le parece serio. Supongamos, dice, que tenemos una alta tasa de éxitos en clonados de embriones humanos, ¿qué clase de anormalidades en el desarrollo podrían ser aceptables? ¿Y aceptables para quién? De nuevo, los problemas morales que emergen del clonado no son exclusivos de esta tecnología. Son comunes a una serie de nuevas tecnologías reproductivas: la fertilización in vitro, la implantación de embriones y las madres alquiladas, por ejemplo; la posibilidad del clonado no agrega nada a esos problemas. Esta es la posición de un científico. No dejará de merecer objeciones, y fuerte sobre todo desde concepciones religiosas que también impugnan a las otras tecnologías reproductivas que han surgido como consecuencia de la revolución de la biología contemporánea.