Vejez y devaluación técnica
Juan Filloy, escritor cordobés centenario, frente a su máquina de escribir. Su longevidad sirve como punto de partida para analizar el lugar de los adultos mayores en sociedades atravesadas por rápidos cambios tecnológicos.
La foto de Juan Filloy, el escritor cordobés famoso, entre otras cosas, por sus “palíndromos”, lozano y decidor en estos días de sus 100 años, es una imagen de la fuerza del espíritu. El hombre, retratado frente a su venerable máquina de escribir, parece de roca; un mensaje de carácter, “a la Sarmiento”.
Viéndolo, uno se siente tentado a refutar a quienes insisten en un creciente “gap generacional” en las sociedades modernas. Esto es algo, sin embargo, que ocupa cada vez más la atención de los sociólogos y psicólogos sociales.
Un dato contundente relativo a cuánto ha cambiado la vida de los hombres desde la Revolución Industrial es la mayor longevidad. En las sociedades modernas, como consecuencia de mejor nutrición, sanidad y cuidado de la salud, la expectativa de vida es ahora de casi el doble que en 1900. En Estados Unidos, el promedio pasó de 47 años a principios del siglo a 75 en 1990; en Suecia, el 18 por ciento de la población ya tiene más de 65 años de edad.
En el primero de estos países se han publicado estudios sobre el lado menos favorable de los problemas sociales que acarrea la longevidad de la gente. Y no solo en el nivel socioeconómico general; también entre generaciones. Considérese, por ejemplo, lo que se refiere a la tecnología de mantenimiento de la vida. En 1986 había 10.000 americanos viviendo en estados vegetativos o comatosos irreversibles que eran sostenidos por medios técnicos a un enorme costo financiero y psicológico. La mitad de los muchos miles que reciben ventilación mecánica, diálisis renal o alimentación intravenosa tenían más de 65 años.
En esa sociedad, la gente joven, entretanto, hace abandono más temprano del hogar de los padres. Independizados, con trabajo y familia propios, se apartan cada vez más del hogar y se les hace más problemático mantener vínculos. Si los padres empiezan a caducar físicamente, es común consignarlos al “geriátrico”, donde las responsabilidades son asumidas por “profesionales”. Allí los ancianos, inactivos, agravan su pasividad consignándose ellos mismos al televisor.
Estudios sociológicos muestran una variedad de problemas relativos a un creciente golfo intergeneracional. Los jóvenes se involucran más pronto en el sistema productivo basado predominantemente en información. Los padres resultan improductivos en ese mundo mediatizado. La factura por gastos de alojamiento, cuidados y asistencia médica sofisticada aumenta considerablemente…
El tono general de la sociedad promueve que los ancianos sean percibidos cada vez más como obsoletos, ociosos y hasta parasitarios. La rapidez de los cambios técnicos es un factor agravante de una verdadera “devaluación cultural”.
Un sociólogo, D. Pelto, hizo un estudio sobre los Skolt, una sociedad lapona del Ártico finlandés, usuarios por generaciones de trineos tirados por renos. Allí se introdujo en las décadas de 1960 y 1970 el snowmobile, un trineo a motor que sustituyó al clásico.
Pelto halló que los ancianos, especialistas en manejar los trineos tradicionales, eran competentes hasta los 70 años para hacerlo. Pero ya no tuvieron suficiente fuerza o destreza para encargarse, sobre todo más allá de los 60, del snowmobile. Consecuentemente, perdieron rápido el estatus y prestigio que habían tenido siempre, cuando eran los encargados de enseñar sus habilidades a los muchachos de la generación siguiente. Fueron desplazados por los jóvenes, que podían operar fácilmente el nuevo vehículo y tenían ahora poco que aprender de los ancianos.
¿Qué relación tiene lo que les ocurrió a los lapones viejos con el tema de los ancianos en la sociedad contemporánea? Pues que la relación triangular “viejos-jóvenes-snowmobile” bien podría prefigurar la que se está acentuando en las economías dinámicas modernas —y es perceptible aun entre nosotros— con el triángulo “viejos-jóvenes-computadora”: un rebajamiento similar del respeto de los jóvenes y adultos jóvenes alfabetizados computacionalmente hacia los viejos, analfabetos en computación.
Muchos cientistas sociales juzgan que el problema es hallar papeles productivos y significativos para los viejos en la sociedad tecnológica contemporánea.
Abandonando la sociología y la estadística, volvamos a los hombres individuales y a esas antiguas fuentes de saber que son la filosofía, la literatura y la historia. En prosa o en poesía, como el amor o la muerte, el tema de la vejez es clásico.
Cuando le preguntaron a Borges, en sus ochenta, qué pensaba de ella, respondió que casi todo lo que se podía decir está en De Senectute, de Cicerón. Por supuesto, era una finta, una “visteada”, de las suyas; podría también haber citado a Marco Aurelio.
La vejez es un tema insondable y eterno; mientras respiren, los mortales seguirán reflexionando sobre ese hecho de la condición humana. Hablando solo de clásicos, como el que esgrimía Borges, uno puede evocar tanto a quienes tomaban el tema con humor como a quienes lo vivían como tragedia.
Pero a estas citas y a aquellos estudios les falta un tema, el más importante, que es el de la felicidad de la vida plena. Lo reflejó Heródoto, el “padre de la Historia”, en el episodio del rey Creso y el sabio Solón.
Cuenta que Creso le preguntó a Solón si, entre tantos hombres, había visto alguno completamente dichoso. Hacía esta pregunta porque él mismo se creía, siendo el más rico, el más feliz del mundo. Pero Solón, enemigo de lisonjas, le respondió que sí, que conocía uno, y era Tello, el ateniense.
Y lo decía por dos razones: una, porque, floreciendo su patria, vio prosperar a sus hijos, todos hombres de bien, y crecer a sus nietos en medio de la más risueña perspectiva; y la otra, porque, gozando de una dicha admirable, le cupo el fin más glorioso, ayudando a sus compatriotas en batalla por la libertad y muriendo en el lecho de honor con las armas victoriosas en la mano.
Retomando el tema de inicio de esta nota, cerremos con un final de encomio para don Juan Filloy, quien, a los 100 años, está anunciándonos libros de su nueva cosecha. La suya es una lección de optimismo comparable a la de aquel ateniense invicto cuya dicha refirió Solón.
