11 septiembre, 2026

Antiguas enfermedades y los beneficios de la tecnología

Antiguas enfermedades y los beneficios de la tecnología

La tuberculosis marcó durante siglos la vida de millones de personas hasta que los avances de la microbiología y los antibióticos transformaron su tratamiento y modificaron profundamente la práctica médica.

Cuando queremos representarnos el drama de la tuberculosis en nuestro país allá por los años 30 o 40, acuden imágenes de postal: las sierras de Córdoba en general, el hospital del valle de Punilla en particular, como Meca y esperanza de enfermos y familiares. Al clima serrano se lo tenía entonces, si no como panacea, como casi lo único que prometía ilusión de recobrar la salud. Pero la gente, normalmente, moría.

Con ese escenario y esos dramas tiene que ver una historia medio truculenta de Cortázar. El título del cuento aludía, si no recordamos mal, a aquel famoso “Toscanito” Marimón. Era empresario de pompas fúnebres en Cosquín, uno de los tantos casos de alguien que se quedó preventivamente en la sierra después de curado. Se dedicaba, como actividad supletoria de los sepelios, a traer difuntos a Buenos Aires.

Tenía necesariamente que hacerlo de noche y a gran velocidad para disminuir los problemas de descomposición del cuerpo y eludir impuestos y prohibiciones provinciales por el tránsito de cadáveres. Su solución se completaba con un rito macabro. Sentaba al muerto en el asiento de adelante, vestido y con sombrero, y hasta le colocaba un cigarro en la boca —de ahí que lo bautizaran “Toscanito”— para hacerle creer a la policía de la Caminera que era un acompañante dormitando.

La ironía del cuento está en que, con la habilidad que adquirió al volante en tantos raudos viajes nocturnos, se convirtió a la postre en campeón de carretera a bordo de su Chevrolet de competencia.

El clásico literario sobre el drama de la “plaga blanca” y el sanatorio de altura es, indudablemente, La montaña mágica, de Thomas Mann. Un ingeniero, que es personaje central, se interna en un sanatorio de Davos, Suiza, para curar su pulmón enfermo. El autor muestra el itinerario espiritual de Hans Castorp, que abandona toda preocupación práctica y se sumerge en la triste voluptuosidad de los ritos del sanatorio, la sociabilidad de la obsesiva colonia higiénica, las ensoñaciones sensuales y las discusiones metafísicas. Todo ello con el resultado de una maciza obra de arte, patética y perturbadora.

El cambio impresionante que ha ocurrido en cuanto a estas dos estampas —la de Davos y la de Cosquín— es que ya no existen ni el hospital de Cosquín ni el sanatorio de Davos. El primero ha sido convertido en un instituto, el segundo en hotel.

Este cambio refleja la parábola de la enfermedad. Durante miles de años la tisis fue una de las mayores maldiciones del género humano. Para los pobres, sobre todo, pero no se detenía ante dueños de palacios, así se llamasen Richelieu o Eleanor Roosevelt. Los artistas, favoritos suyos, han sido legión. Chopin, Kafka, Chejov son ejemplos. En La Bohème, de Puccini, se evoca, además, a través de la muerte de la heroína, algo que es curioso: hasta fines del siglo pasado no se la tenía por contagiosa.

La erradicación se debió en especial a los antibióticos, la novedad estupenda que cambió por completo la actividad médica. Como aprendió el mundo a través del legendario bestseller de Paul de Kruif, Cazadores de microbios, Robert Koch anunció en 1882 su descubrimiento del bacilo específico. Entonces se supo que la tuberculosis es contagiosa y que lo que antes se explicaba confusamente —por ejemplo, “familia de tísicos”— era debido, en esos casos, a la transmisión de un germen patógeno.

Los químicos alemanes fueron los más exitosos en la búsqueda de remedio contra las enfermedades infecciosas en general. Ehrlich descubrió el Salvarsán, la “bala mágica” contra la sífilis, en 1910. Domagk aisló las sulfanilamidas y patentó el Prontosil en 1935. Pero solo cuando Waksman, ruso-americano, anunció su éxito con la estreptomicina, se pudo pensar que la tuberculosis había sido derrotada.

A partir de 1945 cundió la esperanza entre millones de enfermos y sus familiares. Pero la droga, que efectivamente detenía la proliferación del bacilo, no lo mataba.

Son curiosas las anécdotas relacionadas con los premios por los logros señalados. Domagk recibió en octubre de 1939 el telegrama de Estocolmo avisándole la obtención del Premio Nobel. Pero Hitler, que estaba ofendido por la anterior concesión del Nobel de la Paz a un prisionero político de la Gestapo, le prohibió aceptarlo. Recién en 1946 el científico pudo viajar a Suecia y recibir la medalla, nada más que la medalla: el dinero del premio había pasado a lo que llamaríamos “Rentas Generales” de la Fundación.

Waksman recibió el Nobel en 1952, pero su fama quedó en sombras. El verdadero descubridor de la estreptomicina había sido un asistente suyo, el joven bioquímico judío Albert Schatz, que trabajaba en el sótano del laboratorio mientras Waksman comunicaba así el descubrimiento: “En septiembre de 1943, mis asistentes y yo tuvimos éxito en aislar en nuestro laboratorio un organismo que produce un antibiótico…”.

El plural de la frase era un gesto de modestia que se autoinfligía por el relegamiento de Schatz. El ámbito de la investigación científica no escapa a las miserias propias de la condición humana.

En Estados Unidos se adjudica a la inmigración desde países pobres una parte de la culpa por el retorno de la tuberculosis. Un libro de divulgación con el título de Viajeros silenciosos afirma que los casos de tuberculosis activa en Nueva York subieron de 2.545 en 1989 a 3.673 en 1991. La incidencia es del 56 por ciento entre afroamericanos, 52 por ciento en hispanos y 46 por ciento en africanos, comparados con un 13 por ciento entre blancos nativos.

Pero esto es, claro está, solo trasladar la pregunta, no contestarla. Los científicos explican más bien el rebrote por la coincidencia con el sida. Este resultaría el culpable mayor.

Quienes contrajeron tuberculosis en su niñez o juventud y se curaron aparentemente guardan bacilos en las cicatrices de las lesiones, controlados normalmente por el sistema inmune del organismo durante años o décadas. Al ser destruido por el sida el complejo inmunológico, el bacilo dormido revive.

Hay que tener en cuenta, además, que los triunfos sobre las bacterias mortales raramente son definitivos. La selección natural conduce a la multiplicación de mutantes que pueden superar otra vez nuestras defensas.

Pero todo esto se dice en una sociedad humana que, al menos en sus países menos infortunados, mantiene una casi infantil confianza en la ciencia, basada en una historia de éxitos más sólida que la que le hizo escribir a Macaulay al promediar el optimista siglo pasado:

“La ciencia ha alargado la vida, mitigado el dolor, desterrado las enfermedades, incrementado la fertilidad del suelo, dado nuevas seguridades al marino, multiplicado el poder del músculo humano, aniquilado las distancias…”.