16 junio, 2026

Las repercusiones del cambio de tecnología

El Pony Express y la máquina tabuladora de Hollerith muestran cómo una nueva tecnología puede superar los límites de un sistema anterior.

La capacidad de un trabajo, un servicio o cualquier otra actividad viene determinada por el sistema del que se sirve. La organización de un proceso mediante una particular tecnología condiciona necesariamente los resultados. Si se quieren mejorar estos resultados, se pueden introducir mejoras de carácter técnico en el sistema. Con ello se obtendrán algunos adelantos, pero serán pequeños, porque existen unos límites que no se pueden sobrepasar. El camino para que los resultados del proceso mejoren sensiblemente no es la mejora o reforma, sino el cambio de sistema. Esto es precisamente lo que consiguió Herman Hollerith, en 1890, con la aplicación de técnicas de computación rudimentarias a la elaboración del censo de Estados Unidos. La computación es un ámbito muy apropiado para comprender las repercusiones de un cambio de tecnología. No obstante, se puede poner también el ejemplo de un sistema que creó leyenda: el transporte postal urgente que inauguró el Pony Express, en los Estados Unidos de Norteamérica.

El Pony Express

La zona de San Francisco, en Estados Unidos, hervía de actividad en la segunda mitad del siglo xix. Sin embargo, quedaba relativamente aislada del resto del país. El correo tardaba cerca de seis semanas en recorrer la distancia que separaba la costa del Pacífico de la del Atlántico. Las noticias se demoran excesivamente. De hecho, el recorrido de los servicios postales, por razones orográficas, pasaba por el istmo de Panamá y con este rodeo ganaban tiempo. En 1860, se publicó un anuncio en un periódico de San Francisco, que solicitaba jóvenes jinetes, preferiblemente huérfanos, dispuestos a jugarse la vida por veinticinco dólares a la semana. El anuncio serviría para reclutar personal para el Pony Express, un servicio postal urgente que se iba a crear en aquel momento y que ha llegado a ser legendario. El mismo año ya estaba en marcha: centenares de caballos, jinetes y paradas de refresco. El tiempo del correo se redujo a la asombrosa cifra de diez días, a razón de 125 kilómetros por día y jinete. El recorrido era entre Sacramento (California) y Saint Joseph (Misuri). 

A pesar de ello, el Pony Express solamente duró un año y medio, de abril de 1860 a octubre de 1861. La razón de esta breve vida fue la aparición de un competidor mucho más rápido, el telégrafo. Y el Pony Express se eclipsó. La cuestión era ésta: la supremacía del Pony Express sobre el correo ordinario era incuestionable, pero ¿cómo se podría romper la barrera de los diez días?, ¿cómo se podría mejorar considerablemente este límite? Cabía, desde luego, aumentar el número de jinetes y paradas, elegir caballos más veloces (aunque ya se disponía de caballos pequeños y veloces), reducir los recorridos de jinetes y caballos…y poco más. Posiblemente se ganarían horas e incluso algún día. Pero sus límites eran ciertos e inamovibles porque, desde el principio, los trayectos estaban pensados para conseguir lo máximo del caballo y del jinete, lanzados a una carrera desenfrenada.

Hay que anotar que, anecdóticamente, se produjeron algunos hechos excepcionales. Uno de ellos lo protagonizó Bill Cody, más conocido como Búffalo Bill. Era uno de esos jóvenes a quienes no les arredra el peligro y se habían incorporado a los puestos de correo. En una ocasión recorrió más de quinientos kilómetros en un solo día. Por razones del servicio, galopó casi veinticuatro horas a lomos de diferentes caballos hasta hallar el relevo, y volvió de nuevo a su puesto de origen. Por supuesto, las hazañas no pueden tomarse como patrón. La superación de los límites del Pony Express vino dada por el cambio de tecnología, por la aparición de la telegrafía. A partir de octubre de 1861 quedó instalada la primera línea telegráfica que unía los extremos del continente, de este a oeste. Desde entonces los mensajes urgentes se fotografiaron y la información llegaba a su destino con rapidez pasmosa, prácticamente de forma inmediata.

El sistema de Hollerith

Curiosamente, las situaciones del Pony Express y de Hollerith se hallan muy cercanas en el tiempo y en el espacio. Y, salvando las distancias, una explica la otra. El censo de población que se realizó en 1880 requirió siete años de trabajo, con lo cual sus datos resultaron obsoletos. Y lo que era más preocupante, el tiempo tendía a aumentar cada década, a tenor del fuerte incremento demográfico y, por consiguiente, de datos. ¡Se corría el riesgo de entrar en un nuevo periodo de censo sin haber completado el anterior! La organización del censo era manual. Pero con ello, sólo se limitarían los efectos del aumento de población y apenas se rebajaría el plazo, ya que también se debía considerar la complicación organizativa de una burocracia mayor. La superación del problema llegó con la introducción de un nuevo sistema tecnológico. Hollerith desarrolló su máquina tabuladora, que se componía de un lector de tarjetas, un contador, un clasificador y un aparato de tabular. Y realizó el censo de 1890 en sólo dos años y medio. De ello se ocupó el propio Hollerith y su empresa IBM. La irrupción del procesamiento mecánico de la información en nuestra sociedad, es un buen modelo de sustitución de un sistema agotado por otro tecnológicamente superior. El ejemplo de la máquina tabuladora de Hollerith es elocuente. Otro tanto ocurre dentro del ámbito de la computación. Su brillante historia nos presenta situaciones similares, en las que una etapa es superada merced a invenciones revolucionarias.