El hombre vive más de la técnica que de la naturaleza
El texto plantea que la técnica no sería una simple habilidad mecánica, sino una forma de pensamiento capaz de resolver problemas, crear nuevas necesidades y sostener el progreso humano.
Mientras depende exclusivamente de esta última, o sea durante más de los nueve décimos del tiempo transcurrido desde las mutaciones que le dieron origen en el pleistoceno, progresa muy poco. Moría sin dejar rastros, como cualquier animal corriente, a pesar de sus notables diferencias biológicas con éstos. Pero su situación comienza a cambiar en forma radical cuando llega a concretar una relación técnica con el ambiente. Sin la técnica, el hombre no hubiera creado ni inventado prácticamente nada; se hubiera convertido en un huero gentilhombre del reino animal. La técnica lo convierte en un ser útil; lo instruye; y hasta lo educa, pues promueve en él nuevas actitudes en relación con su ambiente. Así como la mutación genética fue la base de su evolución biológica, la técnica es el agente supervisor y corrector de su proceso evolutivo, y hasta cierto punto su inspirador.
Podría decirse que sin la técnica no hay hombre. Entre él y la naturaleza, el ambiente y el universo, está siempre presente la técnica como una articulación básica. Durante toda su vida el hombre no hace otra cosa que montar andamios técnicos para establecer lo mejor posible esa articulación. Cuando se habla de técnica se piensa en un quehacer o cosa mecánica, de repetición. “Adquirir una técnica” suena como “adquirir una habilidad”, o sea aprender a hacer como es debido una tarea o cosa, y seguir repitiendo esa habilidad sin recurrir de nuevo a la inteligencia. Pero la técnica es, por el contrario, y “por naturaleza”, funcionalmente variable; tanto o más que un organismo biológico; exige del hombre reflexión y actitudes vigilantes constantes. La máquina misma no es uniforme en su funcionamiento, pues vive adaptándose a las distintas condiciones de su ambiente: la temperatura, el combustible, la energía, el manejo, la materia prima que trabaja, etc. Cuando esas condiciones cambian por arriba o por debajo de la capacidad de adaptación de la máquina al cambio, ésta sufre, y puede llegar, como el hombre, al colapso. El hecho de que el colapso en el hombre se manifiesta por una sutil gama de reacciones de acentuado tono dramático lo que no ocurre regularmente con la máquina no quiere decir que ésta no pueda llegar también a manifestarse en ese tono. Las máquinas electrónicas, a medida que se hagan más complejas y se perfeccionen, alcanzarán también su tono dramático y hasta patético. Se las verá, “azoradas”, “desesperadas”, como si fueran criaturas humanas, tratando de reaccionar frente a determinadas situaciones problemáticas que se les planteen.
Entre el hombre y la máquina, biológicamente hay un abismo; pero, técnicamente, no. Cada actividad humana puede ser, en cierto modo, repetida por un proceso técnico. La primera función de la técnica fue la de resolver problemas. Su segunda función casi simultánea con la primera fue la de plantearlos. La técnica, como el hombre, vive resolviendo y planteando problemas. Es su mejor y más fiel compañera; lo incita a indagar, descubrir e inventar; lo mantiene alerta; lo protege; le despierta nuevos deseos y le da oportunidad para que descubra la forma de satisfacerlos. Es fuente de pensamientos, pues éstos nacen de situaciones problemáticas.
El hombre es variación y no repetición gracias a la técnica. Ella lo salva de la rutina; lo obliga a buscar solución a nuevas situaciones de vida; lo mantiene en tensión; lo hace sentir incómodo, deseoso de “cambiar de posición”. Sólo así puede evolucionar. El progreso técnico no está en contradicción con el progreso humano. La actitud técnica del hombre fue y es decisiva para su progreso y evolución. El pensamiento tecnológico es la antítesis del pensamiento mágico. Para lograr lo que desea, Aladino frota su lámpara maravillosa y el Genio acude a pedirle órdenes, que cumple estricta y puntualmente. Pero el genio no va más allá del pensamiento de Aladino. Si Aladino le hubiera pedido un perro rabioso o un rayo sobre su cabeza, el Genio, cumplidamente, se los hubiera proporcionado. La técnica es más sabia y más honesta que la magia: advierte de inmediato al hombre del peligro de sus creaciones y peticiones peligrosas o monstruosas. ¿Cómo hubiera reaccionado Aladino si el Genio hubiera retornado para decirle que no había encontrado los 50 esclavos blancos y 50 negros que le había pedido, ni las 50 bandejas de oro llenas de pedrería, sino cantidades menores y desiguales de cada grupo, pero que en cambio podía traerle 50 esclavos verdes y 50 azules y 50 satélites artificiales? Aladino se hubiera sentido profundamente desconcertado, sin posibilidad de reaccionar ni de atinar a dar una respuesta. El pensamiento mágico es tan endeble, fugaz y arbitrario, que, si no le salen las cosas perfectas y de golpe, no le salen de ninguna manera. No hay que confiar en él. Como no se basa en ninguna realidad o cálculo, todo queda borrado con la menor falla del azar. En cambio, si el pensamiento técnico se plantea un problema y no llega a su solución, puede volver sobre los primeros pasos hasta descubrir el error; o tomar otro camino; y luego seguir adelante hasta concluir en un resultado correcto.
