La “caja boba”
Vladimir Zworykin desarrolló componentes fundamentales para la televisión electrónica y, en sus últimos años, cuestionó el uso comercial y cultural que recibió su invento.
Todo el mundo mira televisión, pero sólo una pequeña minoría podría ganar en “Preguntas y Respuestas” dando el nombre de quién la inventó. Lo hizo un ingeniero electrónico ruso de nombre Vladimir Zworykin, que nació en 1889 y murió en 1982. Emigrado a Estados Unidos luego de la primera guerra mundial, creó primero, trabajando para Westinghouse en 1924, el “iconoscopio”, el emisor, y luego, con la RCA, perfeccionó el “kinetoscopio”, el receptor. Le llovieron honores académicos por este invento y numerosas contribuciones más durante su larga vida; por ejemplo, la National Medal of Science por sus estímulos a la aplicación de la ingeniería en la medicina. Pero Zworykin no murió contento. Lamentaba en sus últimos años la manera cómo había sido abusado su artefacto: sirvió más para trivializar los temas que para enriquecer la educación y la cultura. Vemos así que el propio “padre de la televisión” se sintió defraudado, al culminar su vida, por el fruto de su ingenio. Pero ese sentimiento, como el de tantos críticos del invasivo aparato, es, en general, cordialmente ignorado por sus beneficiarios y usuarios. Siendo así, vale la pena intentar una pequeña mortificación de sus conciencias, sobre todo, si ello es posible, las de quienes lucran ciegamente con el medio mientras aguardamos un futuro cuando nuestros dirigentes se hayan hecho socialmente más funcionales y entiendan que la cultura es lo que más importa. Se trata de mostrarles la otra cara de la moneda.
Se reconoce que la televisión británica se lleva las palmas por su nivel cultural y profesional. Quién creó ese estilo diferente fue un conservador visionario que se llamaba Lord Reith. Lo hizo en los ‘1930 con la BBC de Londres, esa radio famosa por sus mensajes al mundo en los tiempos de la Segunda Guerra. Reith y sus sucesores sostuvieron que, tanto la radio como la televisión, son cosas demasiado Importantes como para permitir que se las trivializa por fuerzas desreguladas del mercado. Escribió un biógrafo sobre él: en sus huesos que la mejor manera de crear buenos medios era garantizar su independencia de la iglesia, del Estado y de Mamón” (el dinero). La British Broadcasting Corporation es una empresa independiente pero financiada por el Estado, que ha sido considerada como una creación cultural sin parangón en nuestro siglo. Fue atacada durante años desde la izquierda que la acusaba de elitismo e indiferencia por los gustos del público. Pero, cuando la izquierda dejó de gravitar en la década de los ‘1980, la derecha tomó su lugar en los ataques. ¿Basada en qué? Pues, sencillamente, en elitismo e indiferencia por los gustos del público. Esta crítica desde los dos extremos prueba, por cierto, sus méritos. Lo que caracteriza a la BBC es precisamente un rechazo general a condescender con su audiencia y a tratar al público como más estúpido de lo que es. Al mismo tiempo, la convicción de que la gente tiene derecho a una información completa y al juego de las opiniones. En resumen, que la radio y la televisión son parte vitalmente importante de la cultura en su integralidad, no sólo medios de entretenimiento. Pareciera como si Lord Keith hubiese presentido lo que serían capaces de hacer las fuerzas del mercado con los productos del ingenio humano.
En Estados Unidos hay muchos que se lamentan de la ventaja inglesa en la materia. La historia de la televisión americana, dicen, es la inversa exacta de lo que ha ocurrido en Inglaterra: vino primero la comercial y dejó su impronta en todo el sistema. La televisión cultural es minoritaria y ha sufrido los embates de los gobiernos republicanos. Quien la representa, el Public Broadcasting System (PBS) padeció infinitamente bajo las presidencias de Nixon y Reagan. Este último, quien no podía ver ni imaginar razón alguna para que toda la televisión no fuera controlada por sus amadas fuerzas del mercado, trató de cancelar en 1982 el financiamiento federal del PBS.
Lo de Estados Unidos es una televisión, en general, para el aviso y la publicidad, no para la educación y la cultura.
Si nos referimos a la política, la televisión la trata allí como una suerte de combate de gladiadores, preguntando obsesivamente quién está ganando y quién está perdiendo, sin preocuparse en explorar la naturaleza de los problemas. No ha provisto un foro adecuado para la discusión de asuntos reales. Más todavía, se la acusa de que ha corrompido a la política llevando la publicidad de los candidatos a cifras escandalosas: la campaña para una banca senatorial insume entre 10 y 20 millones de dólares, que salen de contribuciones Interesadas o, excepcionalmente, del bolsillo de ricos narcisistas como aquel Huffington de California que quemó 28 millones detrás de una banca que no consiguió. Sin embargo, a pesar de todas esas experiencias, es dogma para los conservadores americanos que la televisión debe por dejada al mercado libre. Por su parte, quienes los critican Be asombran de que ignoren que el término “mercado libre” mero limitado de bandas de señales obtenibles la convierten con respecto a la televisión es una burla: sus costos y un caso como de texto para el concepto de “oligopolio”. Y críticos específicos desde la cultura manifiestan cosas como las que expresó hace poco Robert Hughes: “Necesitamos una televisión distinta, con entretenimiento inteligente, documentales honestos que expongan y revelen, programas educativos que no condenen. Necesitamos televisión que se dirija a los americanos como ciudadanos, no sólo como consumidores; como estudiantes, no como espectadores.”
