De Gutenberg a la IBM
La imprenta y la computadora cambiaron la forma de producir, almacenar y compartir información, aunque también pusieron en crisis a quienes dominaron cada etapa.
Es notorio el papel que jugó la tecnología en el Renacimiento. Un hecho curioso, por ejemplo, fue el de la influencia de la invención de los anteojos, nuestros lentes de mirar (esos que merecieron dos metáforas de simpatía del poeta Antonio Machado, en una ocasión en que los extravió: “los perdidos andamios de mis ojos”; “el volado balcón de mi mirada”). Antes de ellos, los intelectuales debían abandonar la lectura todavía joven, cuando sus ojos perjudicados por la mala lumbre nocturna, la caligrafía difícil de los textos y el propio estrago de los años se negaban a permitirles leer y escribir. La invención de los lentes a fines de la Edad Media, extendió por decenios la posibilidad de una vida útil en la cultura a miles de ellos, y esta fue una causa indirecta de ese rebrote cultural que fue el Renacimiento. Pero la invención más relevante, ya en el siglo XV, fue la imprenta. Antes de ella, con los manuscritos escasos y raros, el vehículo usual de la filosofía, la erudición, la retórica, la ciencia, eran la memoria y el lenguaje oral; la técnica se transmitía por el gesto y la palabra. Impactó a la religión la Biblia, popularizada, quebró el monopolio de la palabra sagrada que detentaba la iglesia y, entre otras, a la propia técnica, reparando sobre ella. Los “Tratados” (sobre agricultura, metalurgia, mecánica, fortificaciones, arquitectura, energía, artes militares, minería, etc.) promovieron una explosión cultural y productiva. Así sobrevino, también, la revolución científica: los textos, que invadieron todo, motivaron a Copérnico, a Galileo. Los científicos empezaron a intercambiar conocimientos. Los mapas y atlas movilizaron a exploradores, colonizadores y comerciantes. La imprenta competía directamente con la industria de los copistas; los libros impresos, con los manuscritos. Pero la imprenta no tardó en justificar el título de “arte que preserva todas las artes”. Sus profetas incluso fueron más allá: “arte que puede revolucionar todas las artes”. Tres siglos después de Gutenberg, Carlyle escribió que esa invención “disolvió ejércitos, destituyó a reyes y creó un mundo democrático nuevo”.
Hay un aspecto trágico en las vicisitudes de la primera imprenta: los conflictos que tuvo que afrontar su portaestandarte con competidores, financistas y tribunales. Poco se conoce del misterioso Johann Gutenberg (cuyo apellido ni siquiera era ése, sino Gensfleisch) y cuyo aporte esencial tampoco se comprende bien. Fue el de los moldes especiales para fabricar rápidamente y en grandes cantidades piezas tipográficas propiamente una “máquina herramienta”, esto es, una herramienta de fabricar máquinas para imprimir (es decir, los “tipos”), dentro de un sistema integrado por el papel, la tinta, el diseño, el grabado, las prensas, etc. El mejor repositorio histórico para saber de él son los archivos de tribunales de justicia de varias ciudades alemanas. Allí nos podemos enterar de sus homéricos litigios para mantener sus secretos y los derechos de propiedad de su invención. Pero el testarudo inventor no cejó en su empeño y resguardó, contra competidores, jueces y litigantes, sus secretos más valiosos. Así logró, años después, convencer a otros para obtener un nuevo equipo de impresión y ponerse en la tarea de dar cima a su arte. Al fin de su vida, otra vez arruinado y casi ciego, obtuvo del arzobispo de Maíz una modesta pensión que incluía “una cantidad fija de maíz, vino, y un traje de caballero por año”.
¿Cómo no advertir que el papel de la computadora en la revolución actual es análogo al que tuvo la imprenta en el Renacimiento? y que ambas épocas tienen importantes similitudes? Para reflejar esto no habría más que atender a hechos tales como el desafío a las autoridades establecidas y la necesidad universal de que la gente recicle sus conocimientos y habilidades. Tenemos un ejemplo entre cientos el fenómeno crucial de la internacionalización de la banca y el comercio al que asistimos como en un escenario de arenas movedizas. La masiva expansión que han experimentado los intercambios y los mercados del mundo no hubiese sido posible sin el manejo computarizado de datos a través de una red electrónica de comunicaciones planetarias. Aunque ello no permite conocer el futuro de la revolución de la computadora, no sería impertinente que alguien calificado para la tarea se propusiera examinar las similitudes entre las dos épocas, a partir de la ventaja de que conocemos lo que ocurrió en la pasada, para entender mejor la revolución que está en desarrollo.
Más interesante y simple es, sin embargo, comentar los apuros de los poderosos.
A nadie se le ocurriría que IBM pudiera terminar como Gutenberg. Pero, de todos modos, cuando, por ejemplo, uno lee en “La Nación” que “su representativo rascacielos, ubicado en pleno corazón de Manhattan, ha sido vendido por la multinacional norteamericana en cumplimiento de una drástica política de reducción de gastos”, se siente tentado a continuar la analogía. El romance de IBM con la computación comenzó cuando Remington Rand ganó la licitación para el Censo de 1951 con su universidad UNIVAC. La empresa, que dominaba el mercado de la maquinaria de oficinas, advirtió la onda y entró en el ruedo. Pronto se convirtió en rey indiscutido. Durante muchos años dominó, no sólo el mercado nacional, sino también el intencional. ¿Qué le ha ocurrido? Unos hablan de pesadez burocrática, otros de errores de apreciación estratégica de los negocios (por ejemplo, subestimación inicial de la PC), o de problemas con el Departamento de Justicia por asuntos relacionados con las leyes anti trust… No faltan fantasiosos que evocan a la raza de los dinosaurios que perecieron de puro grandes que eran, ni amantes de las metáforas históricas que recuerdan la caída del Imperio Romano según Gibbon. Lo cierto es que las peripecias del coloso han sido dramáticas. Dicen que se equivocó también en la elección de socio cuando se lanzó, tardíamente, hacia 1980, al negocio de las PC: dejó de lado la oportunidad de un acuerdo con Digital, líder en sistemas para PCs, y se comprometió, justamente, con la Microsoft de Gates, su sombra negra desde entonces, ayudando al mago de los iconos a convertirse en supermillonario. La pasividad de IBM es atribuida por algunos a la subestimación de la PC, pero también a sus temores de que hacer demasiado poderosas y efectivas a estas máquinas disminuiría las ventajas de su negocio básico con las computadoras grandes. Hay quienes complementan este razonamiento con los choques que IBM tuvo con el gobierno americano en materia antitrust, que comenzaron en 1969 en una acción del departamento de Justicia por monopolio de mercado. Pero también es cierto que a la escandalosamente próspera Microsoft parece estar llamándole la mala hora de los litigios judiciales. Así, anuncian Ferguson y Morris, que “sobre la base de lo ocurrido históricamente, el departamento de Justicia acusó a Bill Gates en el próximo decenio, sin llegar nunca a una conclusión, para detrimento de todos, excepto de los abogados”.
Algo parecido a lo que le ocurrió hace poco a la IBM y por cierto también hace muchísimo, al infortunado Gutenberg.
