24 julio, 2026

Desde los inmortales imaginados por Jonathan Swift hasta la inteligencia artificial, la humanidad ha buscado distintas formas de escapar de la muerte.

En 1726 Jonathan Swift, crítico irreverente de la ciencia moderna, publicó una sátira sobre los hombres que tenía su capítulo para el miedo de la muerte y la pretensión inmortal. En Los viajes de Gulliver (un libro que escribió “no para entretener sino para vejar al mundo” y que, irónicamente, sin embargo, ha sufrido la conversión de su primera aventura, donde el europeo es grande y los isleños enanos, en lectura obligada para niños), el héroe llega a Luggnagg, una isla donde la inmortalidad está presente en la forma de una estirpe rara dentro de la población, seres que nacían con una marca roja en la frente y que no morían nunca, los “struldbrugs”. Enterado, Gulliver se pone a fantasear con la idea de que le hubiera tocado a él la suerte de haber nacido uno de ellos. Hubiera estudiado y ahorrado desde el principio y, a los doscientos años, riquísimo, sabría todo sobre los hombres y la naturaleza como para poder indicar a los reyes y ministros el modo de lograr la felicidad de todos. Tesoro viviente de prudencia y sabiduría, se constituiría, con sus amables camaradas inmortales, en guía bondadoso para evitar toda perturbación de lo natural por la ambición humana.

Pero la gente de la Corte no tardó en revelarle que aquella raza de inmortales no tenía nada de envidiable. No gozaban de juventud eterna, sino que envejecían permanentemente. Repulsivos, sin ningún rasgo humano, eran no sólo tercos, malhumorados y codiciosos, sino incapaces de amistad y afecto. La envidia y los deseos impotentes eran sus pasiones; lo que más envidiaban eran los vicios de los jóvenes y la muerte de los viejos. Chochos a los noventa años, sin dientes ni cabellos, desde los doscientos eran incapaces de hablar y se babeaban. “Hasta el rey de la isla nos cuenta, me embromó jovialmente si quería llevarme un par de inmortales a Europa para acorazar a mis compatriotas contra el temor de la muerte. Con lo que vi y oí, mi avidez de una larga vida disminuyó mucho”.

Un siglo antes del libro de Swift, había florecido Descartes, matemático y padre de la ciencia moderna que aquél satirizaba. Por cierto, no tenía la aversión del irlandés con respecto a la inmortalidad. Una vez, carteándose con Huygens, había coincidido con un curioso anhelo de éste: “Algún día tiene que terminar esta fastidiosa costumbre de morir”. Les repugnaba a ambos la fatalidad mortal; en particular, que poderosos cerebros como los suyos, con todo el conocimiento humano acumulado, dejasen un día de pensar y se convirtiesen en nada.

A Descartes precisamente se lo cita a menudo por ser el primero en plantear la disyunción cuerpo-mente y la prevalencia del intelecto en esa dualidad como precursor de utopías actuales sobre creación de entes cibernéticos con característica de inmortalidad. Su “pensamiento sin el cuerpo” se identifica ahora con la idea de una “mente inmortal”, producto de la matemática y la computadora. Tenemos toda una literatura de metáforas de este tipo en el mundo de la “Artificial Intelligence” (AI) que pulula en laboratorios de universidades y corporaciones. La imitación de la mente humana por una “máquina que piensa” o, más, “la máquina que puede aprender”, tuvo cumbre como proyecto ya en 1956 en la famosa reunión de Dartmouth College organizada por el MIT y con participantes de Marvin Minsky, John McCarthy, Herbert Simon y Claude Shannon, entre otros. Alguno de ellos ha descrito nuestro cerebro como “una máquina” y al cuerpo como “un lío sanguinolento de materia orgánica” o un mero “teleoperador del cerebro” absolutamente prescindible. Minsky anunció allí que la simbiosis hombre-máquina se convertiría en la manifestación mayor de la Inteligencia Artificial mucho antes del advenimiento de máquinas pensantes autónomas capaces ellas mismas de avances evolucionarios.

Concentrémonos en el asunto de la muerte. El profeta mayor de la inmortalidad postbiológica basada en computadora se llama Hans Moravec, quien ha escrito últimamente un libro titulado La era de la mente: Trascendiendo la conducta humana a través de robots. Allí describe los procedimientos quirúrgicos necesarios para transferir inteligencia desde la mente a la computadora. El advenimiento de máquinas inteligentes, dice, proveerá “inmortalidad personal por trasplante mental”, una defensa segura contra la lamentable pérdida de conocimiento y función que es el peor aspecto de la muerte del individuo (como en la comprensible repugnancia de Huygens y Descartes que citamos).

Esto, por un lado. Por el otro, en la década de 1980 la Artificial Intelligence ha dado surgimiento a una empresa emparentada con ella, “Vida Artificial” (“Artificial Life” o “AL”), un enfoque “abajo-arriba” del asunto, distinto pero pariente del otro, que es “de arriba-abajo”. Su padre reconocido fue John von Neumann, el genio de la matemática idolatrado en el Pentágono hasta su temprana muerte en 1957, que desarrolló la teoría de los autómatas celulares autorreproductores. La Meca de la “Artificial Life” está en Los Álamos, el lugar de nacimiento de la bomba de Hiroshima. Los apóstoles de la “AL” explicaron que la empresa consiste en el estudio de sistemas artificiales que muestran características conductuales y la ingeniería genética nos darán pronto las propias de sistemas vivos. Profetizaron: “La tecnología de crear nuevas formas de vida, in silico tanto como in vitro. Con el advenimiento de la vida artificial, en cincuenta o cien años podremos ser la primera especie que crea sus propios sucesores”. Un “Dr. Frankenstein” de éstos, reflexionando sobre las consecuencias que la evolución de organismos cibernéticos superinteligentes y autorreproductores podría tener sobre los seres humanos en sólo una o dos generaciones, concluyó: “¡Qué infierno!, pero yo no voy a estar por ahí”. Una exclamación —¿pesarosa o aliviada?— que quizá podría suscribir la mayoría de nosotros.