Naranjas en el desierto
Mijael Evenari estudió cómo los antiguos nabateos lograron desarrollar cultivos en el árido desierto del Néguev mediante la recolección y conservación del agua de lluvia.
Huyendo del nazismo en 1933, Mijael Evenari, profesor del Instituto Botánico de Darmstadt, se radicó entre su gente en Palestina. Científico eminente ya, comenzó a trabajar sobre plantas de zonas áridas en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Allí descubrió el desierto, que pasó a ser la pasión de su vida.
En una excursión a Jordania en 1936 llegó a una antigua ciudad en ruinas del desierto del Néguev —nombre proveniente de la raíz hebrea «seco»—, que ocupaba el 60 por ciento del territorio israelí. «¿Quiénes construyeron esto?», se preguntó. «¿Quiénes vivieron aquí y de dónde sacaron el agua?». Los restos de antiguas granjas rodeadas de murallas gigantescas atestiguaban que allí había florecido una civilización agrícola.
Entonces inició su estudio del sistema agrario de los antiguos nabateos. Evenari estudió durante cinco años las granjas derruidas del desierto. Fechó la estructura de una de ellas en tiempos del rey Salomón, mil años antes de Cristo. Si el clima no había cambiado en los últimos cinco mil años, como estableció, el desierto habría sido entonces como ahora y la agricultura se habría desarrollado en condiciones idénticas a las del presente. Llovería entonces, igual que hoy, no más de 120 milímetros anuales, cantidad absolutamente insuficiente para una agricultura normal.
Sin embargo, allí se habían cultivado, según documentos bizantinos, cebada, trigo, leguminosas, viñas, durazneros y olivos.
¿Cuál era el sistema que había permitido a los nabateos, pueblo semítico que ocupaba la Jordania actual, hacer del Néguev un granero de otros pueblos? Evenari y su grupo elaboraron una teoría: los nabateos usaron aguas corrientes, recogidas en canales y llevadas hasta sus granjas; esto es, «cosecharon» el agua.
Calcularon que el área de captación debió haber sido treinta veces mayor que la granja misma. Para eso tuvieron que determinar que el 20 por ciento de las lluvias anuales no penetra en la tierra; sencillamente, se escurre.
«Hicimos un cálculo sencillo. Supongamos que disponemos de 100 mm de lluvia al año. El 20 por ciento de aguas escurridas son 20 mm. Pero esos 20 mm vienen de una superficie 30 veces mayor que el área a la cual son destinados. Si los sumamos, vemos que la granja recibe 100 mm de lluvia directamente, más 20 veces 30 = 600 mm, lo que nos da un total de 700 mm. Son más que suficientes para cubrir las necesidades de cualquier cultivo durante un año».
Los nabateos cosechaban y guardaban el agua, pero en la tierra misma. El suelo estaba compuesto de «loes», capaz de retener el agua. A tres metros de profundidad, cuando el suelo estaba ya saturado, había suficiente para un año. No hacían falta cisternas. El «loes» es un tipo de suelo que puede hacer de excelente aljibe. Técnica barata, por cierto, segura y eficiente.
La teoría estaba lograda. Seguramente así había sido la misteriosa agricultura de los nabateos. Pero el científico no se conformó con eso. Él no era un arqueólogo que formula una teoría y da el asunto por terminado. Un botánico tiene que averiguar si su teoría se puede aplicar realmente. Había que reconstruir una granja.
Se fue con su mujer a vivir en el desierto; no podían hacer el trabajo desde Jerusalén. Construyeron una casa en el Néguev. En 1960 hicieron dos granjas experimentales: Shivta y Avdat. David Ben-Gurion, el estadista que había dicho una vez que el futuro de Israel se encontraba en el Néguev, los visitaba a menudo y los alentaba en el arduo trabajo realizado bajo condiciones casi de guerra, como eran las de esos años.
Lo siguió haciendo desde entonces cada vez más rápidamente hasta acercarse ahora a la asíntota vertical. La segunda, la moral, permanece plana y derecha, a pesar de momentos de la historia como el de los Diez Mandamientos y de las enseñanzas de Buda. La distancia entre una curva y otra es enorme y compromete biológicamente el futuro del hombre, porque este ha saltado fuera de la evolución.
El cerebro humano abrió un camino no biológico para la especie. Pero la disyunción no es inevitable. Hay que regresar a lo que nos fue dado en el dominio de la moral y aplicarlo a la vida diaria. Debemos prescindir de los inventos cuando percibamos que son perjudiciales.
El mandamiento «No matarás» no deja lugar para excepciones: dice «No matarás». En cuanto al amor, hay que regresar al sentido verdadero de la palabra. La expresión tan en boga «hacer el amor» es el ejemplo de una degradación del sentido. No tiene nada que ver, dice Evenari, con el amor que menciona la Biblia cuando señala «Amarás a tu prójimo como a ti mismo», ni con el budismo cuando indica «Tu prójimo es cualquiera».
