26 septiembre, 2026

Inflación de novedades científicas

Inflación de novedades científicas

Los grandes anuncios científicos pueden adquirir una repercusión mediática mucho mayor que la certeza o las aplicaciones concretas de los hallazgos que los originan.

“Quark”, una excelente revista especializada en difusión científica que se publica en Barcelona, recapitula detalles de la parábola de “la noticia del siglo” y propone, como moraleja, una reflexión sobre cómo funcionan las fuentes de información popular sobre asuntos científicos y cuáles son los intereses involucrados. El 7 de agosto de 1996, los directivos de la NASA, un equipo del Johnson Space Center de Houston y otro de la Universidad de Stanford anunciaron que se habían encontrado evidencias que sugerían que hace 3.600 millones de años existía vida primitiva en Marte. Un meteorito caído hace 13 mil, recogido en la Antártida en 1984, había revelado posibles fósiles microscópicos similares a bacterias. La revista “Science” publicó inmediatamente un dossier científico del hallazgo. Desde la Casa Blanca, el presidente Clinton aclamó “el descubrimiento de vida en Marte”. El “Times” de Londres puso un título futurístico: “Tres misiones ya tienen fecha para ir al planeta rojo”. Y en editorial: “Puede que el ser humano ya no esté solo como se pensaba”. Carl Sagan, astrónomo de Cornell conocido por nuestro gran público a través de la serie “Cosmos” de hace unos años, reflexionó: “Es una noticia que puede suponer un cambio crucial… plantea una nueva perspectiva en nuestro lugar en el Universo. Pero la única forma de confirmar el descubrimiento es ir hasta Marte”. (Sagan, muerto no hace mucho, había dedicado cuarenta años de su vida al sueño espacial.)

El “Financial Times” hizo la crónica de la excitación que vivían los científicos de la NASA ante el descubrimiento y la obvia consecuencia de que les habilitara la revisión favorable del presupuesto de la institución que estaba en el Congreso; todavía no se había tratado y se estaba a tiempo para enmendarlo. Pero, al correr de los días, fueron creciendo las reservas. Stephen Jay Gould, zoólogo de Harvard, dijo que era muy difícil comprobar la veracidad de la noticia. La prestigiosa revista “Nature” expresó un medido escepticismo y estampó, a modo de resumen, un párrafo significativo: “La ciencia moderna es nada más y nada menos que el brazo operativo de la curiosidad de la sociedad. Esto parece obvio, pero la forma en que desde hace algún tiempo la ciencia ha decidido venderse a sí misma supera lo imaginable”.

Promediando agosto, comienzan las ironías. “¿Han aterrizado los marcianos en la Antártida?”, preguntó un diario inglés.

El tema, como todos sabemos, se fue disipando insensiblemente. El mundo volvió a sus terrenales asuntos sin más preocupación. Ya había tenido su dosis de historia universal y adrenalina. Notable es que ya el mismo 9 de agosto, cuando se difundía para el mundo “la noticia del siglo”, dos geólogos de Aberdeen habían publicado en “The Guardian” una desconfiada “carta de lectores”: “No quisiéramos aparecer como cínicos, pero es curiosamente divertido ver cómo la sobredimensionada noticia de la evidencia de una vida fosilizada en Marte nos llega tres días antes de que se estrene la película ‘Independence Day’”. (Recordemos que el film se refiere a una invasión de la Tierra desde el espacio.) Estos sospechaban sobre todo de Hollywood; aquellos, sobre todo de la NASA. Unos y otros desconfiaban del “establishment” científico.

Lo de la vida en Marte fue un anuncio puntual. Hay otro tipo de novedades científicas que han asumido continuidad y parecen de largo aliento: son las que provienen del campo de la biología molecular y, más precisamente, de la tecnología genética humana. Richard Lewontin, genetista molecular y profesor de Biología en Harvard, comentando precisamente el último libro de Carl Sagan, se une a las críticas a la NASA (y a Clinton) por el escándalo que hicieron ante “una roca marciana probablemente contaminada en la Tierra”. Pero su artículo trata fundamentalmente de un campo que a él lo ocupa desde hace rato: el del mito del gen y la “genomanía” (“The Dream of the Human Genome”, 1992). Critica a los científicos y a las instituciones que, en parte intoxicados por éxitos anteriores, en parte para asegurar el apoyo financiero público para sus proyectos, formulan promesas grandiosas que no pueden cumplir. Del mismo modo, dice cómo en otros tiempos éramos bombardeados por reclamos extravagantes sobre UFOs (“Objetos Voladores No Identificados”), ahora lo somos por anuncios semanales de localización de otro gen para otra enfermedad. Sostiene que la determinación del papel que juega el DNA no tiene en concreto consecuencias ni para la terapia ni para la prevención. Por ejemplo, respecto del cáncer, los tratamientos siguen siendo lo que fueron antes de que la biología molecular se le refiriera: cortarlo, quemarlo, envenenarlo (cirugía, rayos, quimioterapia). Sin embargo, durante años nos vienen repitiendo conferencias de prensa y novedades optimistas del National Cancer Institute. Y a cada rato se informa de la localización de un nuevo gen responsable de alguna enfermedad. El típico mensaje es: “Fue anunciado hoy por científicos de la Medical School (de Harvard, Vanderbilt, Stanford) que ha sido localizado y determinada la secuencia DNA de un gen responsable de (alguna, muchas, una forma común de) (esquizofrenia, Alzheimer, arteriosclerosis, cáncer de próstata). Esta fascinante investigación, dicen los científicos, es el primer paso de lo que puede eventualmente convertirse en una posible cura para esta enfermedad”. Yo creo, sin embargo, que aun un análisis a la ligera de los avances de la ciencia biológica en los últimos veinte años muestra que estamos en mejores condiciones debido al masivo financiamiento de la biología molecular por el gobierno”. Hay opiniones coincidentes con parte de una y otra posición. El director del Instituto de Medicina Molecular de Oxford publicó en la sección especializada del “Times” de Londres del 30/1/98 un artículo realista y mesurado.

Advierte que cuando los científicos anuncian que han descubierto un gen para una enfermedad del corazón o el asma, lo que realmente quieren decir es que han identificado uno de los numerosos genes que pueden, bajo ciertas circunstancias, hacer a un individuo más o menos susceptible a la acción de una variedad de agentes ambientales, de algunos de los cuales se sabe que están relacionados con enfermedades comunes intratables. Hasta ahora este enfoque no ha producido los éxitos esperados, aunque es demasiado temprano para asegurar algo. Dice, además, que la otra rama de la genética humana que ha sido en alguna medida una decepción es lo que se llamó, un poco optimistamente, terapia génica. Si podemos identificar genes que causan una enfermedad, ¿por qué no reemplazarlos por buenos? El concepto era tan simple que hace unos diez años pareció probable que los éxitos fueran inminentes; sin embargo, hasta ahora no hemos sido testigos de ninguno. Transferir genes a un nuevo ambiente e inducirlos a hacer su trabajo, con todos los sofisticados mecanismos regulatorios que están implicados, ha probado ser hasta ahora una tarea demasiado difícil para los genetistas moleculares.

Hace 25 años, comenta el doctor D. J. Weatherall, fue conocida la tecnología del DNA humano recombinante. Ha sido un período de notable avance científico; sin embargo, los beneficios para la práctica médica han sido pequeños. Pero esto no debe sorprender. Después de todo, pasó mucho tiempo antes que los avances en enfermedades infecciosas e inmunología producidos en la última parte del siglo pasado alcanzaran plena realidad para el bienestar de los pacientes; Robert Koch anunció el descubrimiento del bacilo de la tuberculosis en 1882, pero no fue sino hasta 1944 que Selman Waksman desarrolló la primera droga antituberculosa. Y las enfermedades infecciosas, siendo que todas responden a una causa única, eran nueces más fáciles de cascar. La sobreventa de la enorme actividad que hay en estos campos refleja la liviandad de algunos de los científicos interesados, muchos de los cuales parecen haber perdido contacto con el mundo real de las enfermedades crónicas y, hasta cierto punto, de una industria farmacéutica que desea creer que estas cosas reportarán prontos dividendos.