Las dos culturas y la revolución científica
El debate iniciado por C. P. Snow plantea la necesidad de restablecer el diálogo entre las humanidades, la ciencia y la tecnología.
En 1959 apareció un libro que produjo inmediatamente una polémica, porque desnudaba un problema latente en la vida intelectual moderna: la existencia de un cisma en la cultura de Occidente. El libro se titulaba Las dos culturas y la revolución científica y su autor era el físico inglés C. P. Snow, discípulo y amigo de John Bernal, el autor del clásico The Social Function of Science. Venía a decir que conviven en nuestro mundo dos tipos de cultura, con valores e intereses propios y cuyos representantes se ignoran: saben poco, si algo, de la otra, por lo cual la comunicación es prácticamente imposible. Identificaba, por un lado, una cultura que monopolizan las disciplinas humanísticas, y por el otro, la visión del mundo que representan las científicas. Existía entre ambas una fractura largamente percibida pero nunca aclarada. Era fácilmente comprobable la mutua ignorancia y hasta el desdén recíproco entre humanistas y científicos, una situación absurda y peligrosa. La tesis fue discutida, aplaudida y atacada. Snow la redondeó en un libro posterior. Pero siguió insistiendo en su asunto de que la cultura conservadora y aristocrática se abroquela detrás de valores perimidos e ignora que la humanidad vive una revolución que lleva tres siglos y ahora es la más profunda de toda su historia; no quiere asumir, en el fondo, que esa revolución ha reformulado la entera vida del espíritu. En nuestros días la tesis ha sido retomada por otros. El francés Michel Serres (a quien llaman «el filósofo que molesta»), por ejemplo, manifiesta que los intelectuales «hemipléjicos», formados en las humanidades, no se han dado cuenta de que el gran proyecto de Occidente después de la II Guerra Mundial es principalmente científico-tecnológico; siguen pensando, por ello, las cuestiones políticas, morales y jurídicas con pautas precientíficas.
Pero hay cuestionamientos también desde otros ángulos. En Estados Unidos, los tecnólogos nucleados en la Society for the History of Technology la inauguraron con un discurso fundado en una crítica a los «snobs» de las «liberal arts» (o lo que llaman «la subcultura literaria»). Denunciaban que no se dan cuenta de que menospreciar la importancia de las técnicas y los tecnólogos cierra la posibilidad de entender realmente a la sociedad americana, que debe inmensa proporción de su producto nacional, sin parangón en la historia, a los logros económicos de su tecnología. Snow mismo, quien achacaba a los «intelectuales literarios» inclinaciones ludistas, no eximía de sus críticas a los científicos puros. Ni unos ni otros habían advertido, por ejemplo, la trascendencia histórico-social de la primera Revolución Industrial y subsiguientes. Unos y otros habían seguido prisioneros de sus prejuicios. Algo inadvertidamente (debido a su concepción errónea de la tecnología como «ciencia aplicada»), estaba reconociendo, al lado de las culturas humanística y científica, la existencia de una tercera cultura actualmente hegemónica: la tecnológico-industrial. Pero desde la tecnología se levantan también voces convocantes. Uno de los líderes de la ingeniería americana, Samuel Florman, describió sus propios Lehrjahre hasta encontrarse con la gran tradición humanista de Occidente. Recomendó en The Education of an Engineer un compromiso universitario con las humanidades, a fin de que su país dispusiera de «ingenieros verdaderamente civilizados», más sensitivos estéticamente, moralmente y socialmente, que pudieran inspirar una tecnología más satisfactoria.
C. P. Snow fue novelista, además de científico. Era consciente de que se movía entre dos grupos de inteligencia comparable, de idéntica raza, pero que habían dejado de comunicarse entre sí. J. Bronowski, matemático y poeta, precisará la cronología. Advierte que en las grandes épocas de la cultura una edad dorada de la literatura coincidía con las ciencias y las artes avanzando de la mano: la Grecia clásica, cuando florecían Pitágoras, Esquilo, Platón; la Inglaterra isabelina, con Walter Ralegh al lado de Marlowe y Napier; la Restauración, el tiempo en que la Royal Society se inauguraba con una conferencia sobre astronomía y el poeta John Dryden se encargaba del encomio. En todos esos momentos ciencia y arte compartían el mismo lenguaje. Esa es la clave, perdida desde los tiempos victorianos cuando se instaló el prejuicio de una ciencia materialista y espiritual: un lenguaje común. Porque, para el autor de El ascenso del hombre, lo que se necesita es restablecer un lenguaje que pueda unir al humanista y al científico. Y un modo de iniciar el proceso es a través del conocimiento de la historia de la ciencia, que nos da la arquitectura del crecimiento de la ciencia, hace de puente con las humanidades y asegura así la unidad de la historia y del conocimiento. En esto coincide el físico Steven Weinberg, premio Nobel de 1979. Ocupándose del papel de la ciencia en la educación liberal universitaria, enfatiza su importancia en el efecto que tiene sobre el estudiante mismo, sobre su crecimiento como individuo. Y halla también que la mejor manera de enseñar ciencia en el currículo universitario para no científicos es enseñando su historia. La ciencia es, después de todo, una parte de la historia de la humanidad y no, por cierto, la parte menos interesante.
Naturalmente, queda la razón más obvia para recomendar el estudio de la ciencia en el currículo de las artes liberales, esto es, la necesidad de que ayude a quienes participarán de la administración de los asuntos públicos a entender el «background» tecnológico de la sociedad moderna o, a fortiori, a los humanistas que sientan la compulsión (que manifestaron, primeros, los filósofos de la Encyclopédie) de entender la tecnología y ayudar a «humanizarla». Pero un análisis como ese excedería los límites de esta nota. Conviene, además, hacer una referencia local.
Entre nosotros el problema es, naturalmente, de menor entidad y de otro tono. Aquí también existen dos culturas: una humanística, muy extensa, y otra de matriz científica, reducida. En el primer cuarto de este siglo existió una pugna de tipo ideológico entre lo que había llegado a conformarse como «positivismo», identificado más con la cultura científica, y la reacción «arielista» que finalmente lo reemplazó. Un resultado del mismo tipo obtuvo la Universidad «cientificista» del período 1956-66, removida por los grupos ideológicos que manejaron a distancia los «bastones largos». ¿Cuál es la situación ahora? Una de las maneras de orientarse es escuchar lo que dicen compatriotas que tienen voz afuera, donde es difícil, y opinan sobre el país sin compromisos. En general, coinciden en que el nudo del problema reside en la educación. Desde su dura posición prociencia, nuestro propio «filósofo que molesta», Mario Bunge, hace hincapié también en el déficit educativo. Los argentinos —dice— quieren progreso industrial y social sin pagar el precio debido, que es aprender por lo menos lo básico de la ciencia y la técnica. Quieren «leche sin vaca», como decía siempre su maestro Guido Beck. La causa principal de nuestro atraso cultural no es, en su opinión, económica sino psicológica e ideológica. No nos interesa ni la ciencia ni la industria. ¿Por qué? Porque solemos enseñarlas poco y mal en las escuelas; porque en los colegios se exige mucho más de literatura e historia que de ciencias; porque los personajes descollantes, a quienes tomamos como modelos, no son científicos o técnicos sino políticos, empresarios, abogados, economistas o, «a lo sumo, literatos». Todo ello montado sobre la rémora de una doble tradición, anterior y posterior a la independencia política, desfavorable a la ciencia y la tecnología.
