Inmigrantes ilustres en los años 30 y sus marcas tecnológicas
Participantes de la séptima Conferencia Solvay, dedicada a la estructura del núcleo atómico, celebrada en Bruselas en octubre de 1933.
La cantidad y calidad de los intelectuales extranjeros que recibió Estados Unidos durante la década de 1930 fue extraordinaria. En 1933 Hitler comenzó a purgar a Alemania de judíos que trabajaban en sus universidades e institutos de investigación. “Solo el ario puede organizar Estados, el judío no. Siente la necesidad de difundirse como lo hace la peste”. El norteamericano Alvin Johnson, uno de los que más trabajaron para recoger refugiados de alto nivel intelectual, gestor de lo que se llamó la “Universidad del Exilio”, pronunciaría después la réplica irónica: “Hitler es mi mejor amigo. Él sacude el árbol y yo recojo las manzanas”. El intelectualismo judío fue analizado una vez por Stefan Zweig, el notable escritor que se había refugiado en Brasil. Encontraba que el judío está dispuesto a elevarse realmente en el plano intelectual superior del mundo. Esto es así aun en el judaísmo ortodoxo oriental, en el que se manifiestan más intensamente tanto las virtudes como los defectos de la raza. La comunidad estima al estudioso sobre el rico. Todas las clases sociales participan de esta tendencia. El más miserable procurará que por lo menos uno de sus hijos estudie. “Subconscientemente, algo en el judío rehúye lo moralmente equívoco, lo ingrato, lo mezquino, lo antiespiritual que es inherente a todo comercio y a todo lo que es meramente comercial, para elevarse a la esfera desinteresada del intelecto, cual si en sentido wagneriano deseara redimirse y redimir a toda su raza de la maldición del dinero”.
Las consecuencias fueron profundas. Todo el sistema cultural y científico del país recibió un shock de revitalización y creatividad que ha trascendido en la estupenda performance nacional de las últimas décadas. El arte, la literatura, la filosofía, las ciencias sociales, la matemática, la física, la química dieron un salto prodigioso, convirtiendo al país en el centro cultural del mundo. Los alemanes alcanzaron a casi la mitad del total; desde Gotinga a Estados Unidos se operó un trasvasamiento como el de Bizancio a Italia en el mundo antiguo. ¿Cuáles fueron las razones para que tantos refugiados ilustres eligieran a Estados Unidos? Algunas son obvias, como la democracia, la tradición inmigratoria, el idioma y las posibilidades materiales. Pero hay una que fue quizá decisiva y que se advierte menos: la flexibilidad de las instituciones de enseñanza, que dieron oportunidad a miles de profesores e investigadores para reanudar su actividad cultural. Y no fueron flexibles solo las universidades. También la administración pública y hasta las fuerzas armadas: algunos pudieron gravitar en tareas políticas y militares. Einstein mismo, influyendo en el presidente Roosevelt para la empresa atómica; Fermi, integrando el comité de cinco miembros responsable de aconsejar el uso de la bomba, ya vencida Alemania; von Neumann, con papeles vitales en la Aeronáutica y en la política nuclear; Teller, a cargo del proyecto termonuclear en Livermore; Kistiakowsky, un físico ruso, jefe del gabinete de asesores científicos de Truman.
Nuestro país había tenido en el siglo pasado, cuando era el segundo del mundo en número de inmigrantes, una módica experiencia con refugiados políticos. La revolución socialista europea de 1848 había arrojado a las playas argentinas a algunos franceses. Nombres como Alexis Peyret, economista que colaboró con la colonización agraria de Urquiza; Amadeo Jacques, el rector del Colegio Nacional evocado en Juvenilia; Larroque, del Colegio de Concepción del Uruguay; los Laverni, también educadores distinguidos. Sarmiento razonó públicamente sobre la conveniencia nacional de aceptar y promover la venida de refugiados políticos. Lo sabía por experiencia propia: son los más capaces y los más creativos de un país los que se afectan por las malas instituciones o los malos gobiernos. Ergo, los mejores candidatos para un país de inmigración.
La Argentina de los años treinta era restrictiva de la inmigración en general. Desde el golpe de Uriburu se habían clausurado las puertas bajo pretexto de la situación económica y la desocupación. Influía, además, el auge ideológico nacionalista. La literatura pública de los discípulos de Maurras y admiradores del “Duce” italiano exaltaba los valores abstractos de la nacionalidad, encomiaba la hispanidad, era contraria al liberalismo político y enemiga del cosmopolitismo. Según se decía, los extranjeros distorsionaban y ponían en peligro los valores vernáculos y las esencias nacionales. Había habido, además, un cambio peligroso en la composición de la corriente inmigratoria de la década anterior, un aumento de la proporción de eslavos sobre los latinos, la inmigración confiable. Yugoslavos, checos, polacos y alemanes, posiblemente judíos en su mayoría, alcanzaron cifras de casi el 50 por ciento del total. Se dictaron medidas restrictivas en 1932, 1936 y 1938.
En cuanto a refugiados políticos, el gobierno argentino no tenía dudas. En 1938 se realizó una reunión internacional sobre refugiados en Évian. Estados Unidos propuso facilitar la inmigración de alemanes y austríacos considerándolos como refugiados políticos; se trataba principalmente de judíos que eran expulsados de Europa oriental y no hallaban países que los recibiesen. La propuesta halló oídos sordos. En ese momento la Argentina firmó un convenio de migración con Checoslovaquia que excluía expresamente a judíos. En la Conferencia de Lima de 1938, en la que se discutió la forma de absorber a los perseguidos políticos y raciales, nuestro país tuvo como posición aceptar solo “inmigración verdadera”; los refugiados no son estables, no tienen voluntad de inmigrantes, están presionados.
[Fragmento con errores de transcripción que requiere cotejo con el original: “Se debatió después el tema en Dipupeto, Solari y Dickman, por los socialistas tuvieron posición tados. Leónidas Anastasi y Bernardino Horne”.]
El primero dijo, como un eco de las palabras de Sarmiento: “¿Por qué temerle al refugiado? El deportado político no es un vicioso, no es un inferior. Es un hombre de energía superior, que sabe arrostrar todo en defensa de sus convicciones”. Pero Vicente Solano Lima (ministro del Interior) replicó en nombre del gobierno conservador: “¡No queremos el gueto acá!”. La comparación de la actitud y las posibilidades argentinas con las norteamericanas en relación con el aprovechamiento del talento extranjero puede referirse también a la política de la posguerra.
La Argentina no integraba el bando de los victoriosos. Su intento de colgarse a él cuando el gobierno militar advirtió tardíamente que los alemanes no ganarían la guerra no le habilitaba lugar alguno entre las naciones vencedoras. Había quedado, eso sí, con abundantes reservas de divisas como para poder realizar contratos favorables con extranjeros de primer nivel científico-profesional. Pero en esto su performance fue también mediocre. Ideas importantes, como la nueva universidad privada y de alto nivel científico que propiciaron ante el gobierno personalidades esclarecidas como el físico Gaviola y el biólogo Braun Menéndez, fueron rechazadas. Las misiones al exterior se consagraron a un puñado de técnicos de tipo militar y de segundo orden.
