7 octubre, 2026

Políticos, historia y su participación en el avance de la ciencia

Bernardino Rivadavia y el impulso a la ciencia en el Río de la Plata.

Bernardino Rivadavia promovió la incorporación de científicos e intelectuales europeos al Río de la Plata.

Italiana y de ascendencia judía, Eugenia Sacerdote de Lustig vino al país en tiempos de Mussolini, huyendo de la discriminación fascista. Laura Rozenberg, su biógrafa argentina, narró las tremendas dificultades que tuvo que remontar la joven inmigrante para radicarse y acceder finalmente a una posición en nuestro sistema científico, al que ha honrado como pocos. Su experiencia repite la de muchos otros de merecimientos parecidos. Ser judío, ser sobresaliente o ser ideológicamente progresista nunca fue recomendación favorable para los funcionarios argentinos. Menos todavía cuando se es refugiado político. Tuvimos un caso contemporáneo al de Eugenia: el del humanista Rodolfo Mondolfo, quien fue mal recibido aquí por esas cuádruples razones: judío, intelectual, de izquierda y expatriado político. Vivió, y murió no hace mucho, casi centenario, en Córdoba, donde ejerció un magisterio ejemplar. Trabajó allí porque sus amigos no pudieron vencer la resistencia sorda que hubo en Buenos Aires para acoger a ese maestro de la filosofía.

Los casos de estas personalidades hacen oportuno recordar a dos de los primeros talentos italianos que vinieron al país a comunicar alta cultura. Pertenecen al grupo de «los italianos de Rivadavia», que es materia de un libro excelente de Alma Marani que seguiremos aquí. Como hace tanto tiempo que no se habla de él, es casi necesario presentar a Bernardino Rivadavia. En otras épocas se lo llamó «el más grande hombre civil de los argentinos» (Mitre) y «fundador de la democracia argentina» (Pellegrini). Pero desde hace algo así como medio siglo su nombre entró en un cono de sombra. Pues bien: fue el numen del Triunvirato en 1812, ministro de Gobierno de Buenos Aires en 1824 y primer presidente de la República en 1826. Desde esas posiciones dio impulso a un fantástico proyecto: traer a estas provincias desiertas y primitivas la cultura, la civilización, el progreso, las «luces». Lo hizo con una energía tan fenomenal que, en comparación con la suya, palidece la de Sarmiento. Hizo leyes, constituciones y tratados. Trabajó ardorosamente para traer inmigraciones industriosas, ciencia, educación, puertos y comunicaciones. Implementó una reforma agraria, proyectó la minería y la colonización, trajo capitales. Inició una profunda reforma social en esos tiempos liminares del país.

El magno proyecto de Rivadavia no fracasó, como es sabido, y al ilustre estadista lo sucedió el Restaurador colonial. Sus verdugos históricos, los «revisionistas», se han encargado de hacer saber a nuestros jóvenes que fracasó porque era «utópico», alejado de «la realidad», un embelecado. Esa es una de las causas por las cuales su nombre cayó hace ya un buen tiempo en la penumbra. No es este el lugar para revisar a los revisionistas sobre este asunto. Vendrán con el tiempo quienes lo harán como es debido. Se trata solamente de mostrar algunos rasgos del proyecto de aquel gran civilizador que se refieren al cultivo de la ciencia y la cultura. Las relaciones europeas de Rivadavia le permitían contar con consejeros importantes: estadistas, pensadores y científicos. Por ellos comprendió que no había otra manera de trasplantar la ciencia al Río de la Plata que trasplantando gente, y que los candidatos adecuados por circunstancias políticas, por nivel cultural y por afinidad idiomática eran los italianos. Las luchas por la libertad contra el dominio austríaco, en los preludios del «Resurgimiento», comprometían en la palestra patriótica a los intelectuales y muchas veces los expulsaban de la península. De los cinco principales que trajo después de arduas tratativas —Carta Molino, Pellegrini, Ferraris, Mossotti y De Angelis—, los dos últimos son quizá los casos más representativos en cuanto al choque de dos culturas.

Ottaviano Fabrizio Mossotti era físico, matemático y astrónomo. Obligado a emigrar por sus convicciones políticas, la Royal Astronomical Society lo incorporó en Londres a su seno. Allí fue contratado por agentes británicos del gobierno argentino. Instaló un observatorio astronómico en el convento de Santo Domingo. Durante siete años armó registros, investigó, formó discípulos y publicó datos del cielo austral en revistas de Europa, luchando infatigablemente contra las estrecheces y mezquindades del medio. Su impacto en los jóvenes fue imborrable. Juan M. Gutiérrez lo recordó así: «El joven que se sometía a su dirección se sentía desenvuelto en su inteligencia, alentado al estudio, enamorado de la ciencia, fortalecido en la moral». Y Vicente Fidel López: «Tuve la honra de tener por profesor de Física al eminente sabio europeo. Era, además de sabio, un caballero de estirpe y de hábitos, perfecto en todo, modesto, tranquilo, bondadoso, incansable en el estudio, de una inmensa erudición». La integridad científica de Mossotti y su seriedad personal chocaron muchas veces con la incomprensión de los funcionarios del gobierno. Su aislamiento en un país casi del todo ajeno a las ciencias era prácticamente absoluto. Finalmente, cuando desde su patria le ofrecieron la dirección del Observatorio de Bolonia, decidió renunciar. Al marcharse, en 1835, bajo Rosas, el diario inglés British Packet lo lamentó diciendo: «Buenos Aires no puede permitirse la pérdida de un hombre así». Y los alumnos de física experimental: «Regrese, pues, señor, felizmente a la tierra de las artes donde tuvo la fortuna de nacer, y encuentre allí el mismo amor que nosotros le profesamos». Murió en 1867, senador del Reino, con fama de sabio en toda Europa. Italia le levantó un monumento en Pisa, rindiéndole honores por su mérito eminente.

La respuesta estaba el 28 en manos del reciente gobernador:

«Señor general Lavalle: La frase de que Vd. se queja nada tiene de insultante en una república; es muy natural que vuelva a sus hogares el que deja el mando. No he querido decir más. Vd. se equivoca sobre mi persona como sobre mis palabras. El redactor actual de la “Gaceta” es un antiguo oficial de artillería y un caballero. Mi educación no me permite agraviar a los que no me ofenden, pero tampoco soporto agravios: y aguardo una simple indicación del general Lavalle para probárselo. P. de Angelis».

De Angelis había llegado en 1827. Rivadavia cayó casi enseguida. El culto italiano, quien lo juzgaba «infinitamente por encima de sus compatriotas», calificó a estos como «una banda de furibundos alborotadores». El presidente provisional López y Planes le canceló su contrato con el gobierno. Impávido, el italiano publicó en 1828 una joya bibliográfica: el texto en latín del libro de Cornelio Nepote, la primera edición de un gran clásico salida de prensas rioplatenses. Fundó institutos de idiomas y matemática, coleccionó, publicó y dio conferencias.

La mayor hazaña intelectual del erudito napolitano fue la Colección de obras y documentos relativos a la historia antigua y moderna de las Provincias del Río de la Plata, una serie historiográfica que fue apareciendo entre 1835 y 1838 y le valió el reconocimiento público y el de la Royal Geographical Society de Londres. Sarmiento la calificó en 1851 como «el monumento más glorioso que puede honrar a un Estado americano». Pero, caído Rosas en 1852, le tocó a De Angelis el ataque desplazado de la fracción opuesta, que lo denostaba como «mazorquero». Anciano y achacoso, fue vendiendo de a poco su valiosa biblioteca para sobrevivir. Finalmente, el emperador del Brasil se llevó el grueso de ella: 1.700 obras, 1.295 manuscritos e innumerables mapas, planos y plantas, muchos de ellos únicos o raros. Fue, escribió Andrés Lamas, una pérdida gravísima para el Río de la Plata y una prueba de sus profundas desgracias. Murió en 1859, cargado de deudas y honores académicos de todo el mundo, con la noticia de que el emperador brasileño le había conferido la Orden de la Rosa, «una joya emblemática, en la que el oro y los esmaltes formaban una estrella reluciente y una corona de flores».