El Proyecto Manhattan
La primera reacción nuclear en cadena controlada, lograda en Chicago en 1942, marcó uno de los pasos decisivos hacia el desarrollo de la bomba atómica.
Hay unos prolegómenos y tres hitos para pautar el proyecto que llevó a la bomba: el primero, el 2 de diciembre de 1942, el logro en Chicago de la primera reacción nuclear controlada; el segundo, el 16 de julio de 1945, cuando en Nuevo México se detonó el primer artefacto nuclear; el tercero, el 6 de agosto del mismo año, el momento en que tuvo lugar la hecatombe de Hiroshima. De este último acontecimiento se ha cumplido ya más de medio siglo.
Hay, además, antecedentes científicos que conviene repasar, como los que expone el siguiente bloque, y que deberían completarse refiriendo el descubrimiento del neutrón por Chadwick en 1932 y el de la fisión nuclear por Hahn, Meitner y Strassmann en 1938.
El que sigue es uno de ellos. Reflexionó Leo Szilard, detenido ante un semáforo de Londres en 1933:
“Si pudiera encontrar un elemento que es partido por neutrones y emite dos cuando absorbió uno, tal elemento, ensamblado en masa suficiente, podría sostener una reacción nuclear en cadena.
Primero: si un neutrón golpeara el núcleo de un átomo con tal fuerza como para que este emita dos neutrones, con cada colisión los neutrones liberados se doblarían en número. Uno liberaría dos, que golpearían un núcleo para liberar cuatro. Cada uno golpearía a otro núcleo liberando ocho; de ahí, 16, 32, 64, 128 y así sucesivamente. En millonésimas de segundo, miles de millones de átomos se partirían y, en tanto se dividieran, la energía que los mantiene juntos sería liberada.
Segundo: si Einstein había acertado en 1905 al establecer que la energía equivalía a la masa multiplicada por la velocidad de la luz al cuadrado (E = mc²), la cantidad de energía liberada sería muy grande. El número de la masa es pequeño, pero la velocidad de la luz es enorme y, al menos en teoría, la cantidad de energía latente en la materia también es gigantesca.”
Había concebido la reacción en cadena.
La historia del Proyecto ha sido contada infinidad de veces, pero siempre es posible, tanta es su miga, intentar referirla otra vez de una manera interesante. Dos refugiados húngaros que vivían en Estados Unidos, Leo Szilard y Eugene Wigner, temiendo que la capacidad científica alemana le diera a Hitler acceso a la bomba nuclear —un artefacto entonces solo teóricamente posible—, le pidieron a Albert Einstein, a mediados de 1939, que llamara la atención del presidente Roosevelt sobre esa posibilidad abrumadora.
Einstein, pacifista y reconocido como el científico más famoso del mundo, no dudó en transmitirle al presidente su impresión de que “era concebible” que un nuevo tipo de artefacto extremadamente poderoso pudiera ser construido a partir del uranio.
Cuando el banquero Alexander Sachs, su amigo, le dio a leer la carta firmada por Einstein —escrita, en realidad, por Szilard—, Roosevelt le preguntó:
“Alex, ¿piensas que los nazis podrían hacernos saltar?”
“Ciertamente”, contestó el otro.
Desde el momento en que Vannevar Bush, quien venía del MIT, donde había trabajado en radares, y se convertiría en el zar de la política científica de posguerra, se hizo cargo del asunto, las cosas empezaron a marchar aceleradamente. Tuvo como primer trabajo convencer a reticentes generales y almirantes, después de convencerse él mismo de que la bomba era posible en un plazo de dos o tres años. Pero se dio cuenta de que para un proyecto de semejante magnitud se necesitaba un líder enérgico. Se inclinaría por Leslie Groves.
Stagg Field, Chicago
Los informes de la US Military Intelligence eran categóricos. El primero:
“Enrico Fermi dejó Italia porque su mujer es judía. Él es, indudablemente, fascista. No se recomienda emplearlo.”
El segundo:
“Mr. Szilard, judío húngaro, refugiado. Se lo indica como pro alemán. Su empleo en trabajos secretos no es recomendado.”
La historia se encargaría de ponerle el moñito a esos datos de Inteligencia. No solo por lo que reconoció acerca de la integridad cívica de ambos, sino también porque consignaría, como resumen de la hazaña científica que coronaron juntos en la Universidad de Chicago, esta síntesis de méritos:
“Ideas, por Szilard; física, por Fermi.”
Se asociaron para explorar las propiedades del uranio 235 en Columbia en 1939. Fueron trasladados a Chicago en 1942. El italiano, premio Nobel en 1938, poseía una inteligencia brillante y una memoria prodigiosa. Podía recitar cantos enteros de La Divina Comedia, por ejemplo.
Era un físico que no le hacía ascos al trabajo manual. Así, paso a paso, pensando y sudando, construyó la primera pila para una reacción en cadena controlada. Del otro se tituló una biografía reciente Genio en las sombras.
Cuando el 2 de diciembre de 1942 se produjo el eureka, uno de los científicos destapó una botella de vino Chianti, apropiada para homenajear a un italiano. Luego de irse los demás, Szilard y Fermi quedaron solos y meditativos.
“Le estreché la mano —recordó el húngaro— y le dije que pensaba que ese día sería recordado como un día negro en la historia del género humano.”
Foto sugerida
Para esta nota elegiría una fotografía histórica de los científicos del Proyecto Manhattan o del Chicago Pile-1, antes que una imagen de la explosión de Hiroshima. La nota está centrada en la gestación científica y tecnológica de la bomba, especialmente en Szilard, Fermi y el desarrollo de la reacción en cadena.
Una muy buena opción sería una fotografía de Enrico Fermi y su equipo en la Universidad de Chicago, o una imagen histórica del emplazamiento de Chicago Pile-1 en Stagg Field.
