El tercer ojo de la ciencia
El “ojo de la mente” permite imaginar, combinar y desarrollar ideas antes de convertirlas en descubrimientos científicos o soluciones tecnológicas.
La minusvalía de la profesión ingenieril entre los años 1930 y 1960 en Estados Unidos llevó a los ingenieros a una limitada reacción para aclarar los tantos. Se constituyeron foros importantes (por ejemplo, la Society for the History of Technology) para discutir conceptualmente las nociones aceptadas por rutina. En algo más de treinta años se avanzó bastante en dilucidar qué son ciencia y tecnología, cómo han evolucionado históricamente, cuáles son sus relaciones, cómo participan en la innovación y el cambio técnico, cuáles son sus diferencias desde el punto de vista del conocimiento. Han dejado claro, básicamente, que la tecnología no es “ciencia aplicada” y que el conocimiento tecnológico es distinto del conocimiento científico. Es a esto último que nos queremos referir especialmente aquí.
En cuanto a la importancia de los ingenieros, hay que señalar que no es cuantitativa pero sí, y fuertemente, cualitativa. En Estados Unidos y Europa constituyen menos del uno por ciento de la población, pero a causa de que son los que diseñan —esto es, inventan— aviones, autopistas, puentes, automóviles, sistemas telefónicos, sistemas hidráulicos, de calefacción y aire acondicionado, computadoras y redes de televisión, cosas que influyen fuerte y directamente en el modo de vida diario de la gente, son por lejos más influyentes que lo que diría su número.
Los ingenieros, en general, son reticentes en reconocer su influencia social y se resisten a admitir ninguna influencia política. Ellos no hacen más que cumplir órdenes, entre otras, de los gobernantes. Pero lo cierto es que son los ingenieros quienes les confeccionan a los políticos la lista de opciones. Bastan pocas referencias para evidenciarlo. En 1961, cuando Kennedy decidió poner un hombre en la Luna para superar a los soviéticos, lo hizo sobre un menú que le tenían preparado los tecnólogos de la NASA. Unos años antes, algunas películas de televisión producidas por Walt Disney habían trasladado ideas de Wernher von Braun y su equipo. Una de ellas, “Hombre en el Espacio”, fue pedida por el presidente Eisenhower para verla con los jerarcas del Pentágono. Von Braun supo enseguida la importancia que tendría esa sesión de cine; en 1968, cuando el Apolo estaba por viajar a la Luna, lo llamó al productor y le dijo: “Bueno, parece que están siguiendo nuestras instrucciones…”.
Desde el punto de vista de la ingeniería, sostienen los estudiosos, el diseño, la adaptación intencional de los medios para alcanzar un fin preconcebido, es lo más esencial. Diseñar es, desde luego, inventar. El ingeniero que junta elementos en combinaciones nuevas obedece sobre todo a un proceso visual, manipula mentalmente dispositivos o aparatos que todavía no existen. Antes que una cosa realizable, tiene que existir primero como idea. En sus innumerables elecciones y decisiones, los tecnólogos han determinado, en un sentido físico, el tipo de mundo en que vivimos. Pirámides y catedrales existen no a causa de la geometría, la teoría de las estructuras o la termodinámica, sino porque fueron primero representaciones, literalmente “visiones”, en la mente de aquellos que las concibieron. El ojo de la mente es de suma importancia para todo tipo de evento y descubrimiento tecnológicos. Pero no funciona solo para ellos. Los historiadores de la ciencia han revelado muchos casos de grandes científicos que manifestaron tendencias dominantes al pensamiento no verbal, a pensar en términos de modelos y analogías mecánicas en sus investigaciones. Albert Einstein dijo que él raramente pensaba con palabras; tenía que trabajar mucho para traducir sus imágenes visuales y “musculares” a términos convencionales, verbales y matemáticos. Todavía Richard Feynman, el gran y conocido físico teórico, opinó que Einstein fracasó en sus años postreros en desarrollar su “teoría unificada” debido a que “dejó de pensar en imágenes físicas concretas para convertirse en un manipulador de ecuaciones”.
En realidad, el “ojo de la mente”, el locus de nuestra realidad recordada e imaginada, es, muestra Ferguson, un órgano de increíble capacidad y sutileza que, en mayor o menor medida, poseemos todos. Colectando e interpretando mucho más que la información que entra por los ojos, es el órgano en el cual una vida de información sensorial, visual, táctil, muscular, visceral, auditiva, olfativa y gustativa es almacenada e interrelacionada. Un ejemplo de experiencia común sirve para mostrarlo: la acción de conducir un auto en medio del tránsito y maniobrar para adelantarnos a otro vehículo en la autopista poblada involucra juicios instantáneos y no reflexivos sobre las posiciones, velocidades relativas y la influencia de un gran número de objetos, móviles y fijos. El ojo de la mente acomoda lo que ven los ojos de la cara y lo que indica la ubicación física de uno sobre el terreno. El pensamiento verbal puede ser exitoso hasta donde el que piensa posee un conjunto adecuado de experiencias sensibles, convertidas por el ojo de la mente en información visual utilizable.
