4 junio, 2026

La técnica electrónica aparece como una herramienta capaz de liberar al cerebro humano de tareas rutinarias y ampliar su función analítica, creativa y científica.

Con la técnica electrónica se procura imitar, reemplazar y superar gran parte de la labor pesada que realiza el cerebro humano, que tiene unos 10 billones de células nerviosas, concentradas en los núcleos de la base y en la corteza cerebral. Esa tentativa de la técnica electrónica tendrá éxito. Los 10 billones de células se beneficiarán de la sobrecarga que hoy le impone un sistema anticuado que obliga a conservar en la memoria más de lo que es agradable y útil. La escritura fue un notable progreso para la mente. Ningún cerebro es capaz de registrar todos los conocimientos que están en los libros. El cerebro se fatiga inútilmente con la función de registro, cada día más difícil de mantener; su función principal debe ser de análisis, de síntesis y de creación.

La vida del hombre se caracteriza por un constante y progresivo control técnico de su ambiente. Cada avance suyo corresponde a un avance de su técnica de control. Cuanto más evoluciona ésta más evoluciona él. La tecnificación del mundo coincidirá con su más completo dominio por el hombre. Este dominio es el más viejo y ambicioso de sus sueños. La nueva era abierta por la desintegración del átomo y el uso de su energía para fines pacíficos, consolidada y ampliada por la técnica electrónica, lo colocan en condiciones de convertir ese sueño en realidad. Nuestra época es de transición entre dos mundos. El hombre debe prepararse para afrontar bien esa transición y beneficiar su proceso evolutivo. Una transición mal aprovechada, en lugar de favorecer la evolución puede derivar en una mera hipertrofia, como le ha ocurrido al reno con sus desmesurados cuernos. Pero, el hombre está dando pruebas de saber aprovechar todo cambio poniéndolo al servicio de su proceso evolutivo.

Estamos en el comienzo de las más grandes transformaciones de lo que se llama “la materia”; la química logrará avances técnicos tan trascendentales y espectaculares como el de la desintegración del núcleo del átomo en la física. La genética, a su vez, logrará controlar la herencia, en una medida que todavía no se puede predecir. La vida entra en un profundo y largo período de mutaciones. El hombre actual está más sensibilizado para ello que el hombre primitivo; y por lo tanto, está sujeto a cambios más diversos, frecuentes y profundos. Su capacidad para evolucionar va en aumento. Cambiará mucho. Si pudiéramos revivir de aquí a unos siglos, nos costaría trabajo reconocer como tales a los descendientes del hombre actual. No es aventurado decir que nuestra historia será prehistoria y que el hombre del futuro considerará al hombre anterior a la desintegración del átomo como “su antecesor”. Se calcula que dentro de 10 años, en los grandes países, la energía nuclear equivaldrá al 20 % de la energía obtenida por las vías tradicionales; en tres décadas será la mitad; y en medio siglo, los nueve décimos. Es imposible imaginarse lo que va a significar tal cambio en la provisión de energía; sin contar muchas otras fuentes que están por descubrirse; o que surgirán, a medida que nuevas técnicas abran camino a nuevas investigaciones científicas. El problema de la energía, que parecía poner dique a la expansión del poder del hombre en el universo, puede considerarse resuelto. Sin la luz y el calor del sol, el tipo de vida a que pertenecemos se sentiría profundamente dañado. Pero si el sol se extinguiera, en el sentido estricto en que esto pueda ser pensado, mucho tiempo antes el hombre como fuente de energía, o habría cambiado de morada eligiendo otro planeta. La técnica haría esa obra.

Si hubiera que definir el tipo de mundo en que regresivamente tecnológico. Para un mundo así se necesita una humanidad bien preparada tecnológicamente, en forma también progresiva; de lo contrario, no habría una articulación adecuada del hombre con su ambiente, lo que dañaría la evolución de ambos. Al hombre le ha costado mucho tiempo y trabajo llegar hasta donde ha llegado en sus sistemas de relación con el ambiente. Si para la expansión y desarrollo de su nuevo mundo tecnológico tuviera que tropezar con iguales o semejantes dificultades que en el pasado, su vida continuaría siendo en buena parte una frustración.

La mayoría de la población del mundo está insuficientemente preparada para la nueva era tecnológica. Esta preparación es vital para el hombre. Si él no aprendiera a gobernar las etapas del nuevo proceso tecnológico, éste sería un caos en lugar de un proceso de orden y armonía, pues los cambios se sucederán como en una reacción en cadena.

La técnica, como posibilidad, siempre ha estado delante del hombre. El hombre medio actual, a pesar de las maravillas logradas por su especie, es un palurdo comparado con lo que podría ya ser. Da la impresión de creer que ninguna otra especie se le puede adelantar en el dominio del mundo. Pero, se equivoca: será sobrepasado por hombres con una nueva actitud de creación; más aún, por un nuevo tipo de hombres surgidos de la misma especie; sin necesidad esta vez de trascendentales mutaciones genéticas, pues les bastará con un uso más amplio y variado de su cerebro, de su técnica y de su ambiente. El hombre que se adapte a los viajes interplanetarios; que esté expuesto a las influencias de una nueva flora y una nueva fauna, una nueva atmósfera; de una nueva forma de alimentarse, de descansar, de vivir, en suma, será un hombre, física, síquica e históricamente distinto del actual. Esta transformación es inevitable. El hombre debe evolucionar si quiere seguir viviendo como especie.