El futuro de la Tierra
Japón impulsó un enfoque ambiental basado en utilizar la innovación tecnológica para reducir la contaminación y sus efectos.
En la reunión cumbre de Río de Janeiro sobre la ecología mundial hubo actitudes distintas de los dos países. Estados Unidos asumió una posición poco comprometida y, cuando tuvo que hacerlo, se pronunció en contra de medidas de protección ambiental que pudiesen afectar los negocios y el crecimiento económico. Japón, en cambio, presentó un enfoque progresista. Prometió, incluso, 7 mil millones para un programa ecológico de ayuda externa en cinco años.
Esto lo convirtió en la estrella de la “Eco-92”.
La posición de los delegados del gobierno de Bush fue decepcionante para los grupos ecologistas de su país y reflejó más bien la óptica del mundo de los negocios. La posición ecologista estuvo representada, en cambio, por el discurso del entonces senador y ahora vicepresidente Al Gore, reconocido por sus simpatías ambientalistas. La de los japoneses fue representativa de los intereses dominantes en Tokio, pero también en la sociedad japonesa, aunque resultaba incongruente con la imagen que el mundo tiene en general de ellos.
Los nipones no han sido vistos corrientemente como amigos de la naturaleza, salvo de la suya. La explotación comercial de ballenas en los océanos del mundo, hasta que se limitó en 1986 por convención internacional; el consumo voraz de madera de los trópicos; y la exportación de industrias contaminantes a países del sudeste asiático no son, precisamente, títulos de sensibilidad ecológica. Sin embargo, ahora aparecen como campeones. No han faltado quienes analizan críticamente sus motivos, aunque no se sabe hasta dónde ese análisis está libre del complejo “Japón siniestro” que está sustituyendo al desaparecido “Imperio del Mal”.
El hecho es que, con un territorio estrecho y un consumo espectacular, con viviendas poco espaciosas y calles demasiado pobladas, los japoneses se han visto compelidos a diseñar prácticas ambientales eficientes. Son líderes, por ejemplo, en reciclaje de papel, ahorro de energía y tratamiento de aguas. Los artefactos familiares usados —muchas veces flamantes, porque tienen aversión por los de segunda mano— son atendidos incesantemente por camiones recolectores, incineradoras y reductoras, elementos de un amplio sistema de manejo de desperdicios y contaminantes.
Se los tiene por primeros en el mundo en cuanto a descontaminación de efluentes industriales. Aunque siga soportando una “crisis de basura” y la polución atmosférica sea alta en las ciudades, Japón ha logrado avances notables en la tecnología de tratamiento desde la década de 1960. Ellos entienden —con una metáfora parecida a la de la lanza de Aquiles, que al mismo tiempo que hería, curaba— que “las manchas de la tecnología se friegan con tecnología”.
Como dice el New York Times: “Para el pragmático japonés, preservar el ambiente significa construir una chimenea mejor”. Este es el enfoque de la “receta tecnológica” que presentaron en la reunión cumbre de Río: los males de la tecnología se curan con más tecnología. Es lo que se llama technological fix.
Pero lo más impactante es lo que se puede ver venir tras ese enfoque. Ya nos estamos acostumbrando a las genialidades de las políticas japonesas, pero cada nueva movida resulta cada vez más sorprendente. Una referencia es que el MITI, “el Ministerio que mira lejos”, está patrocinando un proyecto, que ejecutan dieciséis industrias líderes, para el desarrollo de tecnologías antipolutivas transferibles internacionalmente.
“Podemos ser —sostienen— un puente entre el Primer y el Tercer Mundo. Es cuestión de obtener las tecnologías adecuadas para los lugares adecuados y a precios accesibles.”
Las grandes empresas japonesas están analizando cómo hacer negocios en un mundo del siglo XXI crecientemente preocupado por el efecto invernadero, el agotamiento de la capa de ozono, la contaminación de los cursos de agua, el ruido y la basura, mediante la venta de insuperables tecnologías antipolutantes.
Básicamente, sostienen que las restricciones ecológicas no tienen por qué frenar el crecimiento económico. Una economía ordenada se ocupa por sí misma de la ecología. En un mundo futuro económicamente estable, el papel de los innovadores de punta en materia de antipolución es manifiesto.
En Japón, la gente piensa que los problemas ambientales tienen que ver más con la sociedad que con la naturaleza. “Polución” se traduce como “molestia pública”. Los ambientalistas occidentales arguyen que esta manera de ver es consecuencia de la evolución histórica de un país que pasó del feudalismo a la modernidad sin el período “verde” (greening) del Romanticismo como Occidente.
Estos ambientalistas occidentales, que favorecen mejorar los valores humanos más que mejorar las tecnologías, piensan que el enfoque japonés de la “receta tecnológica” es errado, además de peligroso y reaccionario, porque no tiene en cuenta los límites ecológicos del crecimiento económico.
Las leyes de los japoneses son exclusivamente no conservacionistas. Las logradas por los ecologistas en Estados Unidos, en cambio, tienden a proteger la naturaleza prístina y las especies vegetales y animales amenazadas. Tienen un monumento legal que simboliza a los otros: la Ley de Conservación para el territorio de Alaska, la más importante del mundo en cuanto a preservación de la naturaleza, promulgada por el presidente Carter en 1980.
