28 agosto, 2026
Los dones de la tecnología

Freeman Dyson plantea que la tecnología puede actuar como una fuerza de igualdad cuando se orienta hacia necesidades básicas como la salud, la vivienda y la educación.

La editorial Tusquets de Barcelona publica una colección con el título “Metatemas”, que dirige desde principios de esta década un físico, Jorge Wagensberg. Nuestras librerías han podido ofrecer con esta colección al lector en castellano varios libros sobre asuntos de ciencia todavía frescos en su versión original inglesa.

Del autor que nos ocupará aquí están en circulación local dos: El infinito en todas direcciones (1991) y De Eros a Gaia (1994), ambos con una copiosa temática que despliegan en notas con diversos títulos: veinte en el primer libro, treinta y cinco en el segundo.

El autor, Freeman Dyson, se ha ocupado particularmente, si bien sus intereses intelectuales son muy amplios, de los dilemas éticos de la era nuclear. Sus libros le han ganado fama como uno de los más eruditos entre los científicos escritores y un divulgador ideal de ideas científicas complicadas.

Quizá en ninguna otra obra suya se refleja esto más claramente que en la última, Imagined Worlds, cuyo capítulo final, referente a la ética y la tecnología, vamos a glosar aquí.

La pregunta que se formula el autor directamente es esta: ¿cómo podemos transformar en positivas las consecuencias negativas de la tecnología? Su razonamiento es que, por regla general, la tecnología opera para el mal cuando su efecto es proveer juguetes para los ricos y trabaja para el bien cuando sus resultados sirven a las necesidades de los pobres; la baratura es su virtud esencial.

Dicho de otro modo: la tecnología es buena cuando actúa como igualadora social; no lo es cuando acentúa las diferencias entre los poderosos y los débiles, entre los ricos y los pobres.

Hubo hasta no hace mucho en la gente un sentimiento de que la tecnología es buena. La experiencia lo indicaba. Durante casi todo el siglo XIX y hasta la mitad del XX proveyó abundantemente bienes socialmente niveladores: la luz, la heladera, la radio, el teléfono, las vacunas, las fibras sintéticas, los antibióticos y la televisión, para nombrar solo algunos, fueron igualadores sociales. Beneficiaron la vida de ricos y pobres, disminuyeron la brecha entre unos y otros.

Pero los últimos cuarenta años han traído un cambio: la tecnología no sirve a la equidad. Beneficia, sobre todo y crecientemente, a los poderosos y a los ricos. Se aleja cada vez más del alcance de los pobres. Por ejemplo, la energía nuclear, que se convierte en un factor de poder y monopolio de las naciones poderosas.

Los esfuerzos de la tecnología han estado concentrados en productos que se pueden vender provechosamente y, dado que los ricos pueden pagar más, ellos son los desigualmente beneficiados.

Estas tres tecnologías son profundamente disruptivas. Ofrecen liberación del trabajo. Ofrecen sanar las enfermedades. Ofrecen riqueza y poder a la gente que posea las habilidades para entenderlas y controlarlas. Destruyen industrias y profesiones más viejas y convierten en inútiles a las personas con habilidades obsoletas. Probablemente pasarán al costado de los pobres y recompensarán a los ricos.

¿Qué necesitan los pobres? La mitad más desfavorecida de la humanidad necesita viviendas baratas, cuidado de la salud barato y educación barata. Accesibles a todos y de calidad.

Las tres nuevas olas tecnológicas prometen un desajuste todavía mayor que el actual entre la tecnología y las tres necesidades básicas de la gente pobre. Si este desajuste continúa exagerándose, si la tecnología continúa ignorando las necesidades de los pobres y favoreciendo cada vez en mayor grado a los ricos, llegará un momento en que los pobres habrán de rebelarse. Su revuelta empobrecerá seguramente a pobres y ricos.

¿Hay manera de evitar esto? Seguramente sí, si confiamos en el aviso que dio una vez Lewis Mumford como lección de la historia: “¡Preparémonos para lo inesperado!”.

El foso cada vez más profundo que existe entre las necesidades humanas y la tecnología podrá solo ser llenado por la ética. Hemos presenciado en los últimos decenios muchos ejemplos del poder de la persuasión ética.

El movimiento ambiental mundial ha logrado grandes victorias sobre la arrogancia industrial y tecnológica. Ha hecho, por ejemplo, fracasar a la industria nuclear de Estados Unidos, a su despliegue pacífico como fuente de energía y a su despliegue bélico a través de las armas nucleares.

Pero el movimiento ambiental se ha concentrado en atacar a la tecnología negativa y no ha prestado atención a los bienes que la tecnología puede brindar si es puesta al servicio de fines diferentes de aquellos que la han orientado en el último medio siglo. A las necesidades de los carenciados, para que puedan ser satisfechas a precios que ellos puedan pagar. Ponerla al servicio de la salud, la vivienda y la educación de los sectores relegados. Servir a la equidad entre los hombres.

Dyson escribe: “Es mi esperanza que la atención de los ‘Greens’ girará en el siglo venidero de lo negativo a lo positivo. Las victorias éticas que ponen fin a las locuras de la tecnología no son suficientes. Necesitamos victorias éticas de una clase diferente, comprometiendo el poder de la tecnología en la búsqueda de justicia social”.

No hay que esperar del mercado libre una tecnología amistosa con los pobres; hace falta que intervenga la ética. Los integrantes del movimiento ambiental, los educadores, los científicos y los industriales lúcidos deben luchar para que la justicia social gravite sobre el despliegue de la tecnología.

Y también, por supuesto, la religión. Esta contribuyó en el pasado a muchas cosas buenas, desde la construcción de catedrales hasta la abolición de la esclavitud. La religión seguirá siendo en el futuro una fuerza igual en poderío a la ciencia e igualmente comprometida con la mejora a largo plazo de la condición humana.