21 agosto, 2026

El desarrollo de las armas nucleares abrió uno de los grandes debates científicos, políticos y éticos del siglo XX sobre la supervivencia de la humanidad.

Han pasado casi cuarenta años desde que Karl Jaspers publicara, en medio de uno de los momentos más dramáticos de la “Guerra Fría”, su libro apocalíptico La bomba atómica y el futuro de la humanidad. Entonces hacía poco más de trece años de aquel agosto de 1945 cuando, con tres días de diferencia, dos artefactos nucleares habían devastado dos ciudades japonesas y Robert Oppenheimer, uno de los responsables científicos de los artefactos, declaraba: “Hemos hecho una cosa, el arma más terrible, que ha alterado abrupta y profundamente la naturaleza del mundo”.

El libro del filósofo alemán fue un aldabonazo para la conciencia del mundo culto. Expresaba, en coincidencia con el científico americano, que la bomba atómica había creado prácticamente una situación nueva y planteaba la posibilidad de una desaparición física total de la humanidad.

Con el Proyecto Manhattan, los científicos habían conocido el pecado. Muy pronto, un grupo numeroso de los más notables comenzó la enorme tarea de formar conciencia sobre el abismo que se había abierto a los pies de la civilización con el arma nuclear y la paranoia belicista.

Una de las manifestaciones más eficaces de la campaña iniciada en 1945 y todavía enérgica al día de hoy fue una revista admirable, The Bulletin of the Atomic Scientists, un foro de discusión científico-política de alto nivel e influencia. Característicamente, un emblemático reloj en su tapa fue graficando, número a número, mediante la distancia de sus agujas con respecto a la medianoche, la cercanía del peligro nuclear.

De Freeman Dyson, físico inglés que trabaja en Princeton, dice Ed Regis en el libro ¿Quién ocupó el despacho de Einstein? que es, como científico, prácticamente imposible de clasificar: abarca desde la biología molecular hasta las matemáticas teóricas, pasando por la física de partículas y la construcción de reactores nucleares y naves espaciales.

Pues bien, este hombre, que hace veinte años vaticinó que la abolición de las armas nucleares no vendría por un súbito estallido de buena voluntad, sino por un lento proceso de erosión, cuando las misiones para las que fueron diseñadas fueran vistas como innecesarias y absurdas, acaba de escribir un trabajo sobre el arsenal nuclear de Estados Unidos basado en su experiencia directa con el mismo. Esa experiencia le hizo sentir en carne propia la precariedad de la situación humana y lo alentó a pensar enérgicamente sobre las maneras de mejorar las posibilidades de supervivencia de sus nietos.

La conclusión de Dyson es que este es un hito histórico que conmemora el hecho de que la carrera nuclear ha terminado. “Esto marca la desaparición de las armas nucleares de nuestro pensamiento sobre el futuro. Es un cambio histórico por el cual debemos estar profundamente agradecidos. El peligro nuclear dominó nuestro pensamiento durante medio siglo. La carrera nuclear fue el problema ético central de nuestro tiempo.”

¿Cómo se llegó al fin de la carrera nuclear? A partir de 1960 pueden reconocerse tres etapas: una científica, otra militar y una tercera política.

La competencia científica dejó de ser materia de desafío entre Estados Unidos y la URSS en la década de 1960, al llegar ambos a bombas termonucleares totalmente seguras y eficaces. La carrera militar se fue desvaneciendo en la década de 1970 con la obtención, por parte de los dos países, de misiles y submarinos invulnerables. La carrera política fue perdiendo virulencia durante la década de 1980, luego de que quedó claro que las enormes industrias nucleares eran económica y ecológicamente desastrosas para todos.

En correspondencia con esas etapas se sucedieron los tratados específicos: en 1963, la prohibición de pruebas atmosféricas; en la década de 1970, los acuerdos militares ABM y SALT; en la década de 1980, los acuerdos START confirmaron el fin de la pugna política.

En opinión del científico, la estabilidad técnica alcanzada ahora para el stockpile nuclear significa que, gradualmente, a medida que transcurran las décadas del siglo XXI, esas armas se harán cada vez menos relevantes frente a los problemas del orden internacional en un mundo hambriento y turbulento.

Llegará el día en que las armas nucleares sean percibidas como reliquias inútiles de una era desvanecida, como los caballos de un aristocrático regimiento de caballería que son mantenidos solo para propósitos ceremoniales.

Pero eso no confirma la ilusión autoexculpatoria de Oppenheimer de que la existencia del arma nuclear resultaría finalmente en la abolición de la guerra. Las armas convencionales —tanques, aviones, barcos— seguirán produciéndose y vendiéndose en el mundo. La abolición de la guerra no depende de la inutilidad de la tecnología bélica nuclear, sino de las posibilidades espirituales y éticas de la especie humana.

Sin embargo, no puede ser sino con regocijo que nos notificamos de que el Apocalipsis amenazado durante medio siglo por la paranoia político-militar se está esfumando en el horizonte del planeta.

Volviendo, para concluir, a la época del libro apocalíptico de Jaspers con cuya cita comienza esta nota, por entonces, en 1957, Carl Friedrich von Weizsäcker, retratado por un biógrafo como “físico de profesión, filósofo por pasión y político contra su voluntad”, aludía a la esperanza de una “ética inmanente del mundo técnico” y caracterizaba la actitud frente a la amenaza atómica mediante una fábula, una vieja historia que podríamos proponernos ahora como apólogo de esta nota.

Cuenta que tres ranas cayeron en un recipiente lleno de leche. La optimista dijo: “¡Qué estanque tan bello!”. Pero al sumergirse en la leche, esta le tapó la garganta y los pulmones de tal modo que murió ahogada.

La pesimista exclamó: “¡Me ahogaré, nada puede salvarme!”. Y, efectivamente, se ahogó.

La rana prudente vio que la pesimista tenía razón y, aun cuando no sabía qué hacer, no se dio por vencida. Pataleó durante horas, hasta que sintió bajo sus patas una masa blanda pero firme. Había convertido la leche en mantequilla y esta le brindó un apoyo resistente. Saltó fuera del recipiente y se salvó.