25 agosto, 2026

La ciencia y las explosiones nucleares

El Proyecto Manhattan reunió a miles de científicos e ingenieros y culminó con las primeras explosiones nucleares de 1945, que cambiaron la guerra y abrieron un debate científico y ético que continúa hasta hoy.

Alamogordo, Nuevo México. Groves, capitán en 1935, tuvo una carrera meteórica que culminó en el generalato en 1944. Entre las hazañas de este consumado burócrata militar había estado la supervisión de la construcción del Pentágono entre 1941 y 1942. Se hizo cargo de todo el Proyecto dos meses antes de la reacción exitosa de Chicago.

Alto y cada vez más corpulento debido a su afición a los chocolates, ejerció una autoridad de déspota y fue odiado como tal. “El más grande hijo de perra con el que yo haya trabajado” es un testimonio común entre sus subordinados. Pero llevó a cabo, con fondos prácticamente ilimitados que sumaron finalmente 2.000 millones —26 mil millones de dólares de 1990—, una tarea de organización ciclópea que comprometió por momentos a 15 mil científicos e ingenieros y puso en acción 37 laboratorios en 19 estados y Canadá para elegir un método de producir materia fisionable, diseñar, construir y probar una bomba atómica.

El director científico elegido por Groves fue J. Robert Oppenheimer, un físico imaginativo y con una personalidad compleja de erudito y esteta. Lo escogió contra la opinión de varios científicos respetables y desplazando a Szilard, a quien consideraba una influencia disruptiva, un “villano” potencial para el Proyecto, mientras el húngaro, antimilitarista visceral, lo veía a él simplemente como el tonto mayor de una comparsa.

El 12 de julio de 1945, en el desierto de Nuevo México, los científicos no estaban nada tranquilos sobre qué podía ocurrir con la enigmática explosión del artefacto. Los más optimistas confiaban en que todo saldría bien y tendrían una descarga como de 200 toneladas de TNT. Pero, a la hora cero, la columna ígnea que se elevó en el aire puro hasta 3.000 metros e hizo temblar todo el paisaje indicó una potencia inimaginada.

Testigo de la explosión, Oppenheimer musitó una cita del Bhagavad Gita —en sánscrito, “Canción del Señor”—, un poema épico de la literatura sacra hindú: I am become Death, the shatterer of worlds, “me he convertido en Muerte, la demoledora de mundos”.

La reacción del general Groves fue más prosaica. “Little Boy resultó fortachón”, le dijo en clave al ministro Stimson, que estaba en Potsdam acompañando a Truman en su reunión con Churchill y Stalin.

La noticia puso eufórico al novel presidente, que no las tenía todas consigo, aldeano como era, alternando con semejantes compadres. Disponer de esa tremenda arma de guerra y herramienta diplomática lo envalentonó como para anunciársela al monstruo del Kremlin. No solo eso: también para acceder a los reclamos de jefes del Pentágono y de Groves de arrojarla sobre ciudades japonesas todavía intocadas por los furiosos bombardeos del general Le May sobre otras urbes del Imperio.

Japón estaba en colapso. Pero hallaron varios motivos para que eso no impidiera experimentar sobre las cabezas de su gente la potencia demoníaca del artefacto: ahorrarse las vidas norteamericanas que costaría una invasión, justificar los enormes gastos del Proyecto, frenar a los soviéticos, satisfacer la vindicta pública por Pearl Harbor y las atrocidades niponas… No era cuestión de hacer caso a los tipos que clamaban para que la demostración se hiciese sobre despoblado.

“No tuve ninguna duda en ese momento”, se jactará Truman dos años después. Y Dean Acheson va a referir: “Cierta vez acompañé a Oppenheimer a la oficina de Truman. Oppie se retorcía las manos diciendo: ‘Tengo las manos manchadas de sangre’. Más tarde, Truman me dijo: ‘No me traiga jamás a ese maldito cretino. No es él quien lanzó la bomba. Fui yo. Estos lloriqueos me ponen enfermo’”.

Ronald Takaki, historiador de Berkeley, interpreta ahora, mirando atrás, la resolución de Harry Truman: “Tenía un complejo de inferioridad”; “Era inexperto e inseguro”; “Quería probar que no era un marica”. Puede ser. No obstante, está en nosotros dudar de que ese, tan simple, sea el modo como funciona la historia.

En El ascenso del hombre escribió Bronowski, quien había sido comisionado por los ingleses para estudiar las consecuencias de la explosión: “La primera bomba fue lanzada el 6 de agosto de 1945, a las 8.15 de la mañana. Poco después de mi regreso de Hiroshima, escuché a alguien decir, en presencia de Szilard, que era una tragedia para los científicos el que sus descubrimientos fuesen utilizados para la destrucción. Szilard replicó, como nadie más que él tenía derecho a hacerlo, que no se trataba de la tragedia de los científicos, que era la tragedia de la humanidad”.

¿Pensó Japón en su atómica?

Por lo que se sabe, Japón no se enteró de la existencia de la bomba atómica hasta que el 6 de agosto de 1945 un avión norteamericano arrojó la primera sobre Hiroshima. Algunos, pensando en la capacidad tecnológica japonesa, se han preguntado si sus militares se propusieron alguna vez desarrollar un artefacto nuclear.

Sin embargo, es muy claro que varios factores le hubiesen impedido emprender un esfuerzo nuclear como el americano. El primero y principal es la distancia en cuanto al desarrollo de la ciencia básica. La concentración de científicos de primera magnitud —y de diferentes nacionalidades— en el Proyecto Manhattan fue espectacular: 20 “líderes mundiales en el campo” y 57 “físicos prominentes”, por ejemplo.

El segundo factor sería el económico. La bomba que se probó por primera vez en Alamogordo había tenido un costo enorme y un esfuerzo organizativo descomunal durante varios años. Japón carecía de la capacidad necesaria para una apuesta semejante.

Existían, además, factores como el aislamiento insular, el bloqueo comercial, estratégico y de suministros por parte de los americanos que venía de años antes de Pearl Harbor, el dominio aéreo norteamericano evidenciado casi enseguida del comienzo de la guerra, la idiosincrasia samurai de los jerarcas militares, la confianza en las armas convencionales perfeccionadas por sus técnicos —sobre todo en aviación y naves de guerra—, etcétera.