La política y la ciencia para la guerra
Los programas militares de Japón y Alemania durante la Segunda Guerra Mundial muestran cómo la ciencia, la política y la capacidad industrial condicionaron el desarrollo de nuevas armas.
Saliendo de las suposiciones y yendo a los hechos conocidos, lo más significativo es la ausencia de cualquier mención a algún proyecto nuclear japonés en aquellos tiempos. Ni siquiera la hubo en ocasión del análisis circunstanciado que tuvo lugar en el juicio a los criminales de guerra.
Ante el International Military Tribunal for the Far East, que funcionó durante tres años, el juez australiano William Webb relató las responsabilidades de los jefes japoneses antes y durante la guerra. Los jerarcas oyeron impávidos, durante los seis días que llevó la lectura del fallo, la crónica de sus atrocidades: asesinatos y saqueos en China, miles de prisioneros martirizados en Birmania y Siam, prisioneros a los que se dejó morir de hambre en campos de concentración de Java, Luzón y Batán, ciudades devastadas e incendiadas, violaciones, etcétera.
El exprimer ministro Tojo y seis de los grandes responsables fueron condenados a la horca; otros dieciséis, a cadena perpetua. En este juicio tan prolijo y completo no hubo alusión alguna a un proyecto nuclear nipón.
Lo que sí quedó expuesto como actividad relacionada con armas teratológicas fue la elaboración de armas químicas. No lejos de Hiroshima, precisamente, en la pequeña isla de Okunoshima, funcionó una gran fábrica de cloro, gas mostaza, ácido hidrociánico, lewisita y otros productos de ese tipo, cuyo uso en China y Birmania fue documentado por la justicia militar americana en 1946. El hecho de que los gases venenosos, generosamente distribuidos sobre poblaciones en 12 o 13 ocasiones, tuvieran por víctimas a chinos y no a los aliados occidentales determinó finalmente que no hubiese cargos contra los responsables.
Hitler y la no bomba
Uno de los enigmas del régimen nazi es el de la no bomba. ¿Por qué Alemania, donde en 1938 se había descubierto la fisión nuclear, no llegó antes que los anglo-norteamericanos al artefacto decisivo?
Se han ofrecido diversas explicaciones. Una es que la persecución a los científicos judíos le regaló la perla al Tío Sam. Cuando el físico Szilard obtuvo la firma de Einstein para que el presidente Roosevelt se enterara del peligro de que Hitler desarrollase primero el arma nuclear, arrancó el Proyecto Manhattan que, con la participación de varios emigrados, llevaría a la explosión de una bomba americana en Hiroshima.
Otra explicación se refiere a la paranoia del Führer, su rechazo de la ciencia “no aria” y su soberbia de iluminado. Como escribió luego un inglés: “¡Hitler no tuvo asesores científicos, gracias a Dios!”.
Una tercera explicación ha sido que los más prestigiosos científicos alemanes erraron el método tecnológico para su hallazgo científico y no fueron capaces de encaminar el desarrollo del explosivo.
Todas estas suposiciones son parte del intento por aclarar un punto de la historia. Detrás de ellas está la pregunta dramática: ¿qué hubiera pasado si Hitler hubiese tenido la bomba en 1944 o 1945? Como acostumbran ponerlo en inglés: “What… if?”. Y lo que trasluce la respuesta a esta gran pregunta es algo que está en la Biblia y que también usan mucho los ingleses para nombrar el día final con un término del Apocalipsis: “Armagedón”.
Los velos del misterio acaban de abrirse ahora un poco más, al ser desclasificados por las autoridades los archivos secretos de un episodio que ocurrió hace 47 años. En julio de 1945, al terminar la guerra, diez científicos alemanes de primera línea fueron encarcelados en Farm Hall, Inglaterra, por los Aliados, como parte de una investigación sobre los desarrollos alemanes en uranio. El 6 de agosto, estos presos se enteraron de la explosión nuclear de Hiroshima.
Primero creyeron que se trataba de una fantasía. Después empezaron a comentar entre ellos por qué no había habido una bomba atómica alemana, teniendo ese país un año de ventaja en el hallazgo básico.
El grupo comprendía tres premios Nobel: Otto Hahn —Química, 1944—, Max von Laue —Física, 1914— y Werner Heisenberg —Física, 1932—. Este último, líder de la mecánica cuántica y autor del principio de incertidumbre, estaba considerado por los Aliados “el alemán más peligroso en el campo por su poder intelectual”.
La inteligencia británica, que había colocado micrófonos en cada una de las habitaciones de los prisioneros de la granja, obtuvo una grabación completa de sus conversaciones durante los meses que duró el cautiverio. El proyecto, denominado “Alsos”, mantuvo secretos —o casi— los resultados de esas grabaciones durante 47 años.
En febrero de 1992, esos documentos fueron desclasificados. Se pudo leer entonces lo que dijeron en 1945 Heisenberg y sus colegas científicos sobre por qué no hubo una bomba atómica alemana. Los informes de Farm Hall amplían e iluminan la historia del programa nuclear germano más que ningún estudio realizado hasta el presente.
