16 septiembre, 2026

El Justicialismo y los científicos

El Justicialismo y los científicos

El proyecto nuclear de la isla Huemul y la relación entre el gobierno de Juan Domingo Perón y la comunidad científica argentina forman el eje de este análisis histórico.

¡La plataforma electoral del partido en el gobierno desde 1989 consignaba! “No habrá liberación nacional sin ciencia y tecnología nacional. Aunque hoy nadie deja de reconocer que el conocimiento científico y tecnológico es un factor fundamental de poder, de bienestar social, de transformación económica y cultural de la Nación, hace 40 años no era así. Sin embargo, ya entonces el Justicialismo lo asumió como parte esencial de su política. El desarrollo de aviones a reacción, automóviles e investigación nuclear con tecnología autogenerada fueron una realidad antes de 1955”. En esta cita se contienen datos de la memoria política de un partido que pertenecen a una tenaz mitología. Sin embargo, ninguna de las aseveraciones contenidas en el párrafo es correcta. No es cierto que el conocimiento científico-tecnológico fuese parte esencial de la política del partido en aquel gobierno. Tampoco desarrolló aviones a reacción, automóviles e investigación nuclear con tecnología propia. Son apelaciones de tipo nacionalista de las que apasionan a los jóvenes, inermes por la desmemoria pública, pero negativas porque producen confusión. Quisiéramos, por eso, recordar algunos hechos que aclaran lo que pasó con la energía nuclear hace cinco décadas y qué “autogeneración”, qué participación tuvieron los científicos y tecnólogos argentinos. Aprovecharemos tres trabajos especialmente indicados: uno de Jorge Sábato (1981), otro de Regis Cabral (1988), y especialmente un tercero de M. Mariscotti (1987) sobre el origen histórico de la cuestión.

El 24 de marzo de 1951 el general Perón leyó un comunicado por el que anunciaba urbi et orbi que “el 16 de febrero de 1951, en la planta piloto de energía atómica en la isla Huemul de San Carlos de Bariloche, se llevaron a cabo reacciones termonucleares bajo condiciones de control en escala técnica”. El país sufría entonces una grave crisis energética. La energía de Huemul puesta en escala de producción “con chirolitas”, “podría ser vendida en botellas de litro y medio litro para uso industrial o doméstico, para cocinar o para planchar”. Remató el diálogo con los periodistas con otra frase memorable: “En media hora Richter me explicó todos los secretos de la física nuclear y ahora yo domino el asunto”. Los diarios hicieron maravillas con los titulares. Teníamos el control de la fusión nuclear (una tecnología que sigue siendo hoy un programa de investigación de las potencias mayores para el siglo XXI a un costo de miles de millones por año), teníamos la respuesta definitiva al problema universal de la energía, era uno de los anuncios más trascendentes de la historia de la Humanidad. El 28 de marzo, en el Salón Blanco de bote en bote, Ronald Richter recibió el doctorado Honoris Causa de la Universidad y la Medalla Peronista. Fue una apoteosis.

¿Qué decían, entretanto, los físicos argentinos de la empresa científico-técnica del austríaco? Ninguno estuvo, por cierto, en la Casa de Gobierno cuando la fiesta. El coronel Enrique González, responsable de Huemul, decía: “No hay físicos peronistas en este país”. Enrique Gaviola había enviado su opinión a la revista “Ciencia e Investigación”. Decía: “El mayor delito que puede cometer un científico es simular o falsificar un resultado. Poderoso corruptor es el secreto. ¡Es tan fácil escudarse en él para ocultar fallas, fracasos, engaños, dolo, negociado, malversación y prevaricato!” Los editores de la revista se negaron a publicarlo.

Gaviola, Galloni, Bunge, Balseiro y los maestros Gans y Beck sabían cómo identificar la seriedad científica. No necesitaban más que analizar un currículum. Pero no fueron consultados. Para el gobierno los científicos eran “contreras” mientras no demostrasen otra cosa. (Para Richter, al final, cuando se sintió perdido, la Argentina era “un país lleno de monos con colas largas subidos a palmeras”). Hace un tiempo un investigador de la Universidad de Lund escribió que, en todo el gobierno, hasta 1955, hubo un solo grupo, con pocas excepciones, que permaneció constantemente opuesto a Perón: la Academia. “El conflicto Perón-Academia se convirtió en particularmente grave cuando el gobierno se embarcó en un programa nuclear diseñado por científicos extranjeros”. Estamos lejos, como se ve, de la “tecnología autogenerada” de que hablaba la plataforma política comentada. Sería muy largo referir las alternativas de aquel proyecto delirante. Pueden leerse en El secreto de Huemul, el ameno libro de Mariscotti. Le costó al país un papelón a escala mundial y una enorme cifra de millones. Pero hubo una circunstancia que dejó secuelas que importan en la historia.

En un momento, ya en 1952, ante las reiteradas negativas de Richter para dejar que se inspeccionaran sus laboratorios y se mirase lo que estaba haciendo, las autoridades empezaron a dudar. El Presidente le pidió a su amigo el príncipe Bernardo de Holanda que le enviase algún técnico para cerciorarse de las afirmaciones del austríaco. Bernardo, ni corto ni perezoso, le mandó al doctor Bakker. Éste tampoco pudo entrar en la isla, pero se dio cuenta de todo: lo que hacía falta era completar equipos con aparatos fabricados por Philips. [Fragmento deteriorado en el original: “Después el príncipe Bernardo fue investigado en su país se hizo, por muchos millones de guildes. Cuando integró la llamada ‘conexión holandesa’”]. Al final, cuando se hizo cargo de las cosas nucleares una administración responsable, una comisión de físicos argentinos pudo entrar en la isla y desahuciar el proyecto. Imprevistamente, entonces se llegó a una articulación positiva con parte del equipamiento adquirido por Richter. Los físicos argentinos heredaron el material y pudieron iniciar trabajos serios. Era un material realmente “de novela”. Esta manera de darse las cosas trajo dos consecuencias. Por un lado, en los científicos de la CNEA ciertos sentimientos confusos en relación al episodio Richter, algo como si quizá se le debería agradecer a la viruela el haber producido a Jenner. Por el otro, a la falacia justicialista (“después de eso, luego a causa de eso”) de que se debe a Perón el desarrollo nuclear argentino, y que ese desarrollo es algo consustanciado con el “ser nacional”. El diputado oficialista Rumbo inició esta lógica en 1954 cuando reconoció públicamente en la Cámara el fracaso del proyecto atómico de Huemul.

De los aviones a reacción dan cuenta otras historias de alemanes descartados por los Aliados (véase el artículo “Inmigrantes ilustres en la década de 1930”) e importados en la posguerra por el gobierno. Kurt Tank, el del también fracasado Pulqui II, estuvo con Richter en Villa del Lago y lo recomendó al Presidente. Lo acompañaban, entre otros, Jazzquer, Rudel, Behrens, Mildebrath, Kalembach, Siebrecht. Son apellidos que no hablan precisamente de “tecnología autogenerada”. El camino de los científicos argentinos fue siempre distinto. Habían traído a Gans, a Guido Beck, a Seelman Eggebert a las universidades. Todos de primera línea mundial. Del último discípulo de Otto Hahn decía Jorge Sábato que fue después el más valioso para el programa nuclear resultante. Gaviola quiso, antes de lo de Richter, fundar una universidad privada financiada por industriales para formar cuadros de excelencia científica que requeriría el desarrollo del país. En 1946 estimaba en 5000 el número de los que habría que formar, contando con los que había que mandar al exterior. Hasta precontrató nada menos que a Werner Heisenberg. Otro gran científico, Eduardo Braun Menéndez, lo acompañaba en el proyecto. Pero el vendaval político y económico de aquellos años aventó sus sueños de desarrollo autónomo de nuestra capacidad científica. “Desde arriba” se vetó la idea de una universidad privada. La política del gobierno de confiar en sus alemanes y desconfiar de los argentinos frustró una de las tantas oportunidades que ofrecía la posguerra al país.