El cambio social y tecnológico
La formación de científicos, ingenieros y posgraduados ocupa un lugar central en el debate sobre el desarrollo y la integración regional.
Con respecto a la Universidad, hay temas de moda (como el de la vinculación con la empresa privada) que ocupan un lugar desproporcionado a su importancia local comparada con la de otros que se olvidan. Habría que preocuparse más por lo que es el problema universitario stricto sensu, el de la formación de gente. Para hablar de la vinculación con las empresas, si la Universidad formara bien a sus egresados, no haría falta que se preocupe por otras transferencias. Vemos con pena la crisis de disciplinas básicas y la proliferación de redundantes. Están egresando de la UBA, créase o no, cuatro o cinco matemáticos por año, mientras lo hacen miles de informáticos, contadores y licenciados en ciencias de la comunicación. Vemos el deterioro de la enseñanza y la indefinición para encarar un cambio de fondo con respecto a la formación de cuarto nivel, másteres y doctores. Tenemos necesidad de producir intensivamente personal calificado, posgraduados en particular. Una dotación adecuada de mujeres y hombres con base científica es decisiva ante la velocidad del cambio social y tecnológico. Un fuerte equipo intelectual en ciencias y en ingenierías permitiría al país disminuir el riesgo de un relegamiento dramático con respecto a la revolución contemporánea. Adoptarlo como objetivo es quizá la única decisión con capacidad autocorrectora que se pueda tomar dentro del sistema cultural.
Es necesario erradicar la actitud facilista en las exigencias académicas y la consideración maltusiana del posgrado. Debemos multiplicar la asignación presupuestaria para becas internas y externas, ahorrando en todos los rubros donde sea posible y requiriendo del gobierno y sus mandantes un aumento sustancial de los fondos disponibles.
Con el Mercosur estamos inaugurando una nueva historia, eso lo sabemos bien. Pero hay que tener conciencia de que, dado el hecho de que en toda empresa cultural las condiciones iniciales son determinantes para las configuraciones definitivas, la integración con el Brasil se presenta, desde el punto de vista de las capacidades relativas de cada sociedad, como un problema crucial. Este problema consiste en que tenemos ya, como consecuencia del dinamismo de los vecinos y nuestra pasividad en los últimos 25 años, una asimetría de los respectivos complejos de ciencia y técnica. Ellos han aumentado su dotación de instituciones, cuadros y capacidad de gestión. Han igualado nuestros niveles en ciencias básicas y los han superado ampliamente en tecnologías como informática, espacio, materiales, minería, para no señalar más que algunas. En doctores (PhD) y másteres están en una proporción muchísimo mayor que las diferencias de población y producto nacional.
La acumulación casi explosiva de científicos y tecnólogos en Brasil y el crecimiento mínimo en la Argentina apuntan a un desequilibrio creciente de potencial que hace cada vez más difícil una integración equilibrada. Cuando nosotros hablamos de cientos de becarios, ellos hablan de miles. En la pasada década, por ejemplo, cuando nuestro CONICET enviaba afuera 120, el plan de becas externas de Brasil apuntaba a 3000 en 1987, 8000 en 1988 y 10.000 en 1989. Aunque hubiesen sido metas un poco alegres, “a la brasilera”, si se hubiesen cumplido solo en parte, serían más que significativas. Lo cierto es que hay referencias elocuentes sobre resultados: días atrás, sin ir más lejos, un físico argentino de primer nivel que vive en Río desde 1966 y ha recibido en este año la mayor distinción científica brasileña nos decía: “En cualquier reunión científica que hagamos aquí o allá, por cada especialista argentino hay una docena o dos de ellos. ¡Nos están pasando por arriba!”.
Deberíamos preguntarnos qué capacidad de trabajo de igual a igual tendría en el Mercosur una Argentina sin variantes ante un Brasil con varias decenas de miles de personas con la más fuerte formación científico-técnica. En nuestro país se tiene la ilusión de que disponemos de recursos humanos de alta calidad y relativamente abundantes. En el nivel de la información del público, ello es en parte obra de la supervivencia de algunas realidades pasadas y no pocos mitos. Por ejemplo, el legado de la inmigración, la vieja escuela pública y el período “cientificista” de la Universidad. En algún momento histórico esto pudo estar relativamente ajustado a verdad. Pero es equivocado en este tiempo exigente en cuanto a capacidades de tipo distinto que las que demandaba una sociedad más simple, como era la anterior a la Segunda Guerra.
Lo real es que tenemos escasísimos grupos de nivel internacional en ciencias importantes y casi carecemos por completo de grupos tecnológicos de alguna significación internacional. Las pocas individualidades de alto rango en ciencias básicas ocultan el hecho de que la densidad humana es reducida. La vulnerabilidad de las disciplinas es grande: la emigración o la deserción de unos pocos científicos en sectores sensitivos produce en cualquier momento un vacío prácticamente irreparable en mucho tiempo. Para dar unas pocas referencias: casi no tenemos biólogos marinos, oceanógrafos, bioingenieros, biólogos moleculares; escasean los matemáticos aplicados y los estadísticos; no tenemos neurociencias o ecociencias significativas; ramas enteras de las nuevas ingenierías y de las tecnologías están desiertas, hay poco desarrollo en materiales y tecnología espacial, electrónica, informática; faltan antropólogos, lingüistas… Curiosamente, sin embargo, subsisten los mitos entre nosotros. Hay políticos que aseveran que la Argentina tiene capacidad científico-tecnológica superior a la importancia económica del país, ilustrándose esto con el hecho de sus premios Nobel en ciencias. Y un columnista dominical del diario “La Nación”, analizando el futuro del Mercosur, escribió candorosamente:
“Brasil es la cantidad; la Argentina, la calidad. En indicadores sociales tales como las expectativas de vida, la mortalidad infantil, el enrolamiento en la escuela primaria y, sobre todo, en la secundaria, la nutrición, el alfabetismo, en todo lo que tenga que ver con la medición por habitante, superamos holgadamente a los brasileños. Nuestro producto bruto por habitante es de 7700 dólares anuales; el brasileño, de 3300. Más del doble”.
Este es un razonamiento del tipo que en lógica llamamos “falacias” y que se clasifican de distintas maneras. Porque, ¿es acaso una “calidad” de ese tipo la que ha de ser gravitante para que nuestro país logre equilibrio cuando hayamos avanzado en el proceso de integración socioeconómica con el Brasil? ¿No serán decisivos más bien la cantidad, capacidad y movilidad de las respectivas élites científicas, ingenieriles, empresariales, culturales? Siendo que, como queda dicho (y como señaló gráficamente el físico amigo según referimos arriba), es clarísimo que viene ocurriendo un distanciamiento del país vecino en cantidad y calidad de posgraduados y en actividades de investigación y desarrollo, uno no puede dejar de alarmarse ante la falta de información y cortedad de vistas de nuestros dirigentes y orientadores públicos.
