Alfabetización científico-tecnológica
La alfabetización científico-tecnológica propone vincular los conocimientos con situaciones cotidianas y fortalecer la autonomía, la comunicación y la responsabilidad.
En el siglo pasado, en medio de la Segunda Revolución Industrial (la del transporte, la electricidad, el telégrafo), las sociedades alertas comprendieron la necesidad de que las masas aprendieran a leer y escribir para así poder participar en el esfuerzo y las ventajas del progreso. Ni más ni menos, seguramente, que la alfabetización científico-tecnológica de los argentinos. Familiarizar a los educables con las pautas de la transformación que está viviendo la humanidad. Hacerlos capaces de entender la dinámica cultural del siglo XXI y convertirse en agentes responsables de sus procesos.
Hay en el mundo un verdadero movimiento social en pro de ese tipo de alfabetización. En todos lados surgen iniciativas para renovar la enseñanza de las ciencias. Se reconoce que hay una crisis por agotamiento de los modelos tradicionales, por falta de pertinencia de los métodos pedagógicos y por un estilo de enseñanza disciplinar. Registramos iniciativas de organizaciones como la Unesco (“Foro Proyecto 2000+”), la Comisión Europea (“Enseñanza y aprendizaje hacia la sociedad cognitiva”), la OECD (“Innovación en educación científica, matemáticas y tecnología”) y la AAAS. Y entre los países desarrollados: de Inglaterra, la pionera, de Francia, a partir de la Reforma Haby, de Bélgica, que comenzó la renovación en el secundario ya a principios de los años 1970… En nuestro país pueden anotarse algunas señales de preocupación política. Se reflejan en pautas de la Ley Federal de Educación y en iniciativas aisladas del área específica sobre los contenidos comunes para la enseñanza general. Pero es notorio que se repiten errores típicos de nuestra maltrecha cultura pedagógica: concepciones cesaristas o manipulativas, apresuramiento y oportunismo.
Está claro que no hay motivos para sentirnos tranquilos. Básicamente, además, porque no puede haber mucha confianza en relación a los gestos gubernamentales de una fracción política cuya tradición se caracteriza —lo refleja bien la antipatía electoral de los docentes— por el escaso fervor educativo. Por otra parte, cuando en el Ministerio se habla de “alfabetización científica” es probable que se esté pensando unilateralmente en lo económico (más precisamente en las exigencias teóricas del “modelo” y la charla sobre la “competitividad” y la “globalización”) por sobre las otras dos exigencias de un programa serio de alfabetización científica: la perspectiva humanista (la autonomía individual) y el punto de vista democrático (la comunicación con los demás). Las señales más importantes vienen de un sector particular: el de los educadores vocacionales, modestos, perseverantes, sarmientinos y probablemente socialistas. De ellos puede esperarse lo mejor.
Hacia abril del año pasado y en el Centro Cultural San Martín de Buenos Aires, la Asociación Mutual “Ciencia para Todos” realizó un encuentro bajo el lema “Alfabetización científica y tecnológica, un compromiso con el nuevo siglo”. Fue una demostración pública extraordinaria, con alrededor de 1500 participantes, del interés y la voluntad de cambio que anima al sector docente mutual del país. Fundamental en el encuentro, la participación de Gérard Fourez —doctor en Física por Maryland (E. U.), licenciado en Filosofía y en Matemáticas por Lovaina, director del Departamento de “Ciencias, Filosofías, Sociedades” de la Universidad de Namur, quien está en la avanzada del proyecto europeo de renovación educativa— se constituyó en un acontecimiento. De su libro Alfabetización científico-tecnológica, traducido especialmente para la ocasión (Editorial Colihue, 1997), queremos dar noticia aquí a los lectores de Río Negro (y, en especial, a los muchos docentes que nos hicieron partícipes tiempo atrás en Neuquén de su desorientación ante la inopinada exigencia ministerial de enseñar “Tecnología”), ahora que se anuncia una nueva visita del educador en mayo y varias conferencias suyas en distintos lugares del país.
Cuenta el profesor Fourez que en cierta ocasión una ahijada suya, estudiante del secundario, le manifestó su intenso disgusto por la ciencia. Él le explicó por qué los conocimientos son útiles; la física, por ejemplo, le habilita entender la electricidad y ser así más autónoma en sus experiencias de la vida. La chica le respondió tajantemente: “Eso no es lo que nos enseñan en nuestros cursos de ciencia; aprendemos solo cosas interesantes para los científicos, no para nosotros”. El padrino pensó que era importante reflexionar sobre si ella tenía razón o no. ¿Enseñaremos física, química, biología, matemáticas a los jóvenes o les enseñaremos cómo enfrentarse con su propio mundo? A pesar de nuestro acostumbramiento a los modos tradicionales de enseñanza de las ciencias por disciplinas, resulta claro que la segunda alternativa es la adecuada. Para satisfacerla hay que esforzarse en enseñar las teorías científicas con la mediación de un contexto de proyectos humanos. El libro abunda en ejemplos de situaciones concretas en las que las nociones científicas, tanto como el fenómeno educativo y su premio, se hacen transparentes. Son ejemplos de la vida diaria. La circulación de la sangre, pero para entender (y poder atender) a una hemorragia o un síncope; saber por qué no hay que volver a poner la carne en el freezer cuando ya fue descongelada; entender cómo el soufflé hace puff o qué significa el alcoholismo o la drogadicción. Las situaciones concretas requieren un modelo interdisciplinario adaptado a cada contexto, una conceptualización (“islote de racionalidad”) que responda a la pregunta “¿De qué se trata?”, “¿Cómo tenemos que representarnos las situaciones en que nos hallamos?”.
Hay mucho para alimentar el interés de los buenos docentes que, afortunadamente y a pesar de todo, abundan en nuestro país. Cuáles son los fines de la alfabetización científico-tecnológica, las concepciones epistemológicas en pugna, las ideologías, la distinción entre ciencias y tecnologías (siempre las refiere en plural, detalle significativo y correcto); los contextos, los modelos científicos vistos como “tecnologías intelectuales”, lo que se necesita para desarrollar el alfabetismo científico-tecnológico, esto es, modelos simples e interdisciplinarios, la construcción de “islotes de racionalidad”, el uso correcto de las metáforas y del conocimiento estandarizado, la desocultación de los proyectos, la apertura de las “cajas negras” de las tecnologías. Escribe Fourez: “Yo consideraría a alguien como alfabetizado científica y tecnológicamente cuando sus saberes le procuraran una cierta autonomía (posibilidad de negociar sus decisiones frente a las presiones naturales o sociales), una cierta capacidad de comunicar (encontrar la manera de ‘decir’), y un cierto dominio y responsabilidad frente a situaciones concretas”. Una pregunta básica: ¿qué entrenamiento requiere el docente para enseñar ciencias? Necesita un sólido fundamento de epistemología que le permita apreciar el origen contextual de los conocimientos. Necesita capacidad para construir proyectos interdisciplinarios integrados en torno a fenómenos reales y complejos. Necesita pensar de un modo tecnológico (al estilo del médico, del ingeniero o del arquitecto). Necesita, por último, saber cómo participar en el debate actual sobre el sentido de la enseñanza de las ciencias, por ejemplo, la cuestión de decidir a qué intereses debe responder principalmente: ciencia elitista o ciencia para todos.
