7 octubre, 2026

Producción ganadera y tecnología

Producción ganadera y tecnología.

La producción ganadera sirve como punto de partida para reflexionar sobre la tecnología, el desarrollo y el trato que una sociedad da a sus trabajadores y científicos.

Un periodista le preguntó a Maarten de Heer, director de la Real Federación Holandesa de la Industria Láctea, cómo explicaba la riqueza de la industria lechera de su país. Contestó: «En primer lugar, creo que es debido a que las lecheras holandesas son unas criaturas felices. La tierra produce buenos pastos, el clima es agradable, aunque debamos estabularlas durante el invierno, y los granjeros tienen en su haber siglos de experiencia». Cada vaca holandesa produce seis mil kilos de grasa butirosa por año [dato a revisar en el original]. Para alguien que haya pasado por allá y admirado desde la autopista las ubres rotundas de esos animales en sus prados, el dato no resultará insólito. En cambio, seguramente sí le parecerá curioso oír que sea la felicidad la causante de esa abundancia. Y, en caso de que sea dado a divagar, quizá se pregunte, por un lado, cuán felices son en comparación las vacas argentinas y, por el otro, por qué los hombres de nuestro hermoso país parecen tan desgraciados.

Nuestras lecheras producen muchísimo menos que sus congéneres de Holanda. La tierra da aquí también buenos pastos, el clima es todavía más agradable —tanto como para no demandar establos en invierno— y, sin embargo, el promedio de producción no alcanza a un tercio del holandés. Sea entonces por lo que sea, nuestras variopintas lecheras —Fernández Moreno escribió así su égloga mínima: «Una sola vaquita / ha pintado la sierra / una sola vaquita / y embellece la tierra»— parecen ser menos felices. Si nos contentáramos con esta respuesta y lleváramos el pensamiento hacia la historia de nuestra ganadería en general, las imágenes no serían precisamente bucólicas.

Esa historia nos transportaría desde el ganado cimarrón de los conquistadores a las escenas brutales de El matadero; de las reses que se carneaban para solo aprovechar la lengua a las guerras montoneras que se saldaban con guampudas; del sebo y el tasajo de las vaquerías de Rosas y los usufructuarios de la enfiteusis al momento del Centenario, cuando Banchs, Lugones y Darío rivalizaban en el epinicio debido a los arados y las mieses; del día de 1935 en que Lisandro de la Torre pronunció su «Yo acuso» a los frigoríficos extranjeros hasta nuestro presente de mataderos clandestinos y empresarios piratas. Una vez, en el Senado, un terrateniente aludió a la ganadería como «nuestra industria madre». Juan B. Justo se levantó para contestarle: «¿Industria madre?… Industria bisabuela, industria caduca, la que paraliza al país hacia su porvenir necesario». Aquellos socialistas se agraviaban del escollo formidable que habían sido los intereses ganaderos de Buenos Aires para el poblamiento de la campaña por el inmigrante agricultor. Hasta ha habido, por diversas razones pasionales, desaforados que alguna vez propusieron como «solución final» de los males argentinos un asado colectivo en Plaza de Mayo que durara hasta que no quedase [fragmento ilegible en la transcripción].

Ha pasado ya el tiempo de la carne argentina como símbolo del orgullo nacional. ¡Aquellos días de posguerra de la anécdota en que un europeo recién llegado se sentó en «La Cabaña» y, al ver el bife monumental que le servían, exclamó, ante la sonrisa oronda del porteño que lo invitaba: «¡La ración de Polonia en un mes!»! Creció la tecnología, Europa se convirtió en gran productor, cambiaron los hábitos alimentarios, se amenazó con el colesterol, llegó el «fitting» [término a revisar en el original]… La exportación ha disminuido tanto en importancia que, si suben nada más que un punto los intereses de la deuda externa, neutralizan el total de las colocaciones cárnicas del año. Afortunadamente, hemos tenido una buena noticia: la aftosa controlada. Seguiremos suspirando, no obstante, por una industria moderna y ecológica que sea uno de los pilares del desarrollo en este país de extraordinarias ventajas naturales. Hablemos de los argentinos y la felicidad. Según dice el holandés, la ecuación para la felicidad de sus lecheras consiste en buena comida, buen clima y buen trato. Metafóricamente, el buen trato que se les da está hecho de insumos que ha integrado la propia sociedad holandesa: salud, educación, trabajo, ciencia. Ese es un pueblo que se trata bien a sí mismo. No hay más que mirar, al pasar, las casas confortables, los ventanales con cortinas bordadas y maceteros con flores, los racimos de cabecitas rubias en cada parque, los pacíficos ciclistas en sus sendas propias, para darse cuenta de que son felices.

Que los argentinos, en cambio, no son felices es todavía de comprobación más fácil. Sería suficiente con mirar en los noticiosos de la televisión las marchas y los bombos, las protestas, los insultos y los llantos, la tragicomedia sociopolítica inacabable expuesta sin gusto ni pudor. Pero aún más mortificante es el fenómeno de la emigración. Nadie sabe cuántos jóvenes se nos están yendo, pero todos hemos visto las filas en los consulados extranjeros y el tropel en Ezeiza. Todos conocemos las expectativas de hijos propios y ajenos. Específicamente, el sector científico, ante la incuria del gobierno, se duele de una sangría cada vez mayor. ¿Cuántos se están marchando del Balseiro, de la universidad, del CONICET, de la CNEA? ¿Cuántos talentos en las edades más fértiles? Se van porque no son felices. Y no lo son porque no reciben buen trato. Decía Menandro: «Donde estoy bien, allí es mi patria». Goethe lo corrigió: «Donde me necesitan, allí es mi patria»… Es proverbial la capacidad de nuestros compatriotas para forjarse una situación y hasta sobresalir afuera. Lo que les falta aquí a los jóvenes argentinos es el trabajo gustoso.

Cuando los diarios anuncian que se prepara la Exposición Rural, muchas personas empiezan a emocionarse. Son los que siguen el rito de la carroza, los entorchados y las bandas militares —¿se acuerdan del general Onganía haciendo su entrada por la pista en medio de granaderos, banderas y fanfarrias militares cuando acababa de clausurar la Facultad de Ciencias?—, las reverencias ecuestres de los policías, las oraciones laicas a la pampa pródiga, el desfile de los toros relucientes y soberbios. Esos toros de la Rural quizá son toros felices, pero minoritarios. Estas misas pampeanas le hacían decir a un patriota que soñaba con argentinos felices y que creía que el capital más grande del país eran los hombres, no las vacas, frases como estas: «Si un día en que se inaugura la Exposición Rural desapareciera el toro campeón, seguramente se produciría un revuelo nacional.

»Y si cada semana desapareciera un gran reproductor, sería el acabose y las Fuerzas Armadas intervendrían para defender el patrimonio nacional. Pero todos los días se van científicos, técnicos, artistas, trabajadores de las más diversas especialidades, que constituyen el capital fundamental de la nación, y esto no le quita el sueño a nadie. Desde hace casi cuatro décadas, y ante la indiferencia general, el país viene desangrándose de su gente competente, capacitada, activa, como consecuencia de una conspiración de mediocres». Una enorme cantidad de compatriotas brillantes siguen «votando con los pies» por países de afuera. Y lo hacen porque aquí no se sienten necesarios, porque nuestras clases dirigentes han sido sordas a las voces de los grandes —los Sarmiento, los Agustín Álvarez, los Joaquín V. González, los Martínez Estrada— que desesperaban por un país distinto, por un país de argentinos bien tratados y felices.