9 octubre, 2026
Publicidad versus privacidad.

La exposición de la vida privada plantea límites éticos para los medios y para quienes divulgan información íntima.

Un tipo clásico de violador de intimidades humanas es el de los que venden vidas secretas de personas famosas a las que sirvieron. Es el caso de la secretaria de la estrella de espectáculos, el valet del lord, el asistente del general, el asesor del hombre público. A esta clase de infidentes aludieron, en tiempos signados por la personalidad de Napoleón, un poeta como Goethe —en Las afinidades electivas— y un filósofo como Hegel —en Lecciones sobre la filosofía de la historia universal—. Este último se refirió a cómo mira la historia a hombres de la estatura de Alejandro o César y cómo pueden ser vistos esos mismos hombres por el edecán o el cocinero. Las figuras históricas, dice, también tienen vidas privadas. Aquellos grandes hombres han comido, han bebido, han tenido arrebatos, pueden haber sido lujuriosos o celosos o incontinentes. Hegel recuerda el dicho «No hay gran hombre para su mucamo» y comenta: «Yo he añadido, y Goethe lo repitió dos años después: no porque el gran hombre no sea un héroe, sino porque el mucamo es el mucamo. Este le quita las botas al héroe, le ayuda a acostarse, sabe que le gusta el champán, etc. Para el sirviente no hay héroes; solo los hay para el mundo, para la realidad, para la historia». Pero dejemos aquí a este pensador, con su tiempo y con sus ideas sobre los grandes hombres y la historia universal, y volvámonos a hechos y autores más próximos a nuestra sensibilidad republicana. Aunque muchos podamos coincidir en considerar Amarcord el mejor filme de Fellini, La dolce vita fue en su tiempo una película impactante. Es difícil olvidar esa Roma, esa Via Veneto, aquella opulenta diva, esa fuente, esa promiscuidad de «gente linda», esos fotógrafos —paparazzi para el mundo desde entonces— asediando a la gente como aves de rapiña.

Casi todos los días tenemos ocasión para evocar a aquellos cuervos. Algunos informativos de la televisión se regodean con personas con caras de angustia que son estrujadas en interrogatorios impiadosos acerca de algún suceso dramático o trágico que ha tocado a su familia o a ellos mismos. La sola culpa de estos azorados mortales es tener alguna relación con la desgracia del día y amedrentarse o ser tolerantes o tímidos ante los intrusos que manejan micrófonos. Pero no se les ahorra nada: ni persecuciones y cercos, ni flashes, ni preguntas indiscretas o torpes. El colmo de estas violaciones de la intimidad se produce en esas funciones televisivas en boga donde se ponen trampas a la ingenuidad del prójimo, sorprendido en situaciones ridículas prefabricadas al efecto para el ojo electrónico.

Quizá en parte por su curioso título, el libro de Milan Kundera La insoportable levedad del ser —muy indicado para que los ostentosos lo lleven bajo el brazo en la Feria del Libro— fue un superventas en todos lados. En esta novela no tan leve, que se desarrolla en Checoslovaquia en los tiempos que siguieron al cegamiento por los tanques soviéticos de la «Primavera de Praga», la policía realiza la maniobra de grabar secretamente las conversaciones de Jan Procházka, un opositor al régimen, con sus amigos igualmente opositores. Sobre todo, con uno, el profesor Václav Černý, con quien más le gustaba charlar y beber. Meses más tarde, esos «servicios» deciden, para desacreditar a Procházka, transmitir las grabaciones en series radiofónicas. Lo que habían grabado tenía de todo: lenguaje procaz, malevolencia respecto a amigos, chistes subidos de tono, vulgaridades, ideas herejes, cosas que nunca se dirían en público, mucha basura.

Efectivamente, como se lo había propuesto la policía, el personaje quedó inmediatamente desacreditado y fue objeto de pública irrisión. Pero, pasado el tiempo y mientras las audiciones radiales continuaban, la gente se fue dando cuenta —e indignándose progresivamente con ello— de que de lo que se trataba en el fondo no era de las malas palabras de Procházka, sino de otra cosa: se trataba de la violación de la vida íntima de una persona. Se advirtió que la vida pública y la vida privada son dos mundos esencialmente diferentes y que el respeto por esa diferencia es la condición indispensable para que un hombre viva libre. La cortina que separa los dos mundos se llama «pudor» o «vergüenza», y los que la desgarran son como criminales. Y, dice Kundera, a causa de que esos desgarradores estaban sirviendo a un régimen aborrecido, se los consideró al fin, unánimemente, como criminales particularmente odiosos. Del autor checo se publicó hace unos días en Nueva York un ensayo en que analiza estas cosas.

La vergüenza, el pudor personal, ha sido una noción clave de la era moderna, que es una época caracterizada por el culto al individualismo. Este rasgo, el individualismo, es algo importante que, lamentablemente, quizá está retrocediendo en nuestros días. «¿Qué es el pudor?», se pregunta. Es un instinto epidérmico de defender nuestra vida personal. Es, por ejemplo, no permitir que otro abra la carta que nos está dirigida. Es una de las situaciones de pasaje del adolescente a la adultez, uno de los primeros problemas de muchos chicos con sus padres: la exigencia de un cajón del escritorio con llave para guardar lo que es personal o secreto. Entramos en la edad adulta a través de «la rebelión del pudor». Cuenta que, cuando en 1975 emigró a Francia desde su país comunista plagado de micrófonos ocultos, vio en un puesto de revistas una gran fotografía de tapa con el cantor popular Jacques Brel intentando vanamente taparse el rostro ante fotógrafos apostados en el hospital donde entraba para atenderse de un cáncer avanzado. De pronto, al tomar conciencia de lo que significaba la foto, el escritor sintió que estaba ante el mismo demonio del que había huido en su patria: grabar las conversaciones privadas de un hombre público y fotografiar contra su voluntad a un hombre que se está muriendo pertenecen al mismo sistema. «Me dije a mí mismo que, cuando se convierta en costumbre y regla divulgar la vida privada de otra persona, estaremos entrando en una época en que la apuesta más alta se referirá a la supervivencia o la desaparición del individuo».