26 septiembre, 2026
Explosión demográfica y hambre en el mundo-Bandaogo_641

El crecimiento de la población no explica por sí solo el hambre: el acceso a los alimentos también depende de factores económicos, sociales y políticos.

Hay 800 millones de personas crónicamente hambrientas en el mundo de los más de 5 mil millones que existen. Y hay cereal suficiente para alimentar 6,5 mil millones. ¿Por qué tantos hambrientos entonces? Porque no tienen dinero para comprarles comida a los que quieren venderla “cash”, al contado. La ganancia se hace entonces convirtiendo grano en buena carne animal y vendiendo esta a los que pueden pagarla. “Mi país —dijo un norteamericano conocido— produce suficiente cereal como para alimentar a 600 millones de personas, pero utiliza nueve décimos de él en cerdos, vacas y pollos para hacer carne”. Si alguien sostuviese que alimentarlos no es solución y que esos países hambrientos deberían luchar para ser autosuficientes, puede pensarse que tiene razón. Pero ocurre que hay otras cosas. A veces esos países tienen gobiernos corruptos que entregan sus riquezas a empresas de las potencias centrales. Frecuentemente sus castas militares viven en orgías de compras de armamentos inducidas por los que las fabrican en los países ricos. Muy a menudo los banqueros de los centros financieros utilizan todas sus artes en endeudarlos. Corrientemente se promueve el consumismo de sus clases privilegiadas.

Otras veces la tierra de los agricultores pobres se convierte en propiedad concentrada del “agrobusiness” capitalista, ávido de cosechas de exportación que le den dinero rápido y bueno. Y así los campesinos son arrojados a los arrabales de las grandes ciudades, a las “favelas”, a las “callampas”, a las “villas miseria”. Un caso típico es la India. El país importó la “revolución verde”, esto es, el paquete tecnológico —híbridos, herbicidas, pesticidas, nutrientes, maquinaria, etc.— capaz de multiplicar las cosechas. Pero los agricultores que vivían de su tierra fueron desplazados por la empresa altamente mecanizada que busca cosechas rentables para exportar. Emigraron por millones a las ciudades. En todo el Tercer Mundo ocurre lo mismo. La FAO estimó que para el año 2000, de las diez mayores ciudades del mundo, ocho serán de los países pobres. Si no nos compadecemos de los mayores hambrientos —escribía George Wald, profesor emérito de Biología en Harvard— porque nos parece que ellos son los culpables de lo que les pasa, porque son haraganes o viciosos o porque no han sabido organizar sus sociedades para no ser víctimas de gobernantes corruptos o militares ambiciosos, pensemos en quienes entre ellos no pueden ser acusados de esas cosas, pensemos en los niños. Ellos no han elegido sus vidas, son solamente niños a quienes la vida les sobrevino, y son vidas sin esperanza, porque están muriendo de hambre.

El promedio diario no baja de cuatro, por más que muchos ciudadanos lleven insignias que dicen “Los niños de la calle son nuestros niños”. Brasil ha pasado en cuarenta años de ser un país predominantemente rural a ser mayoritariamente urbano. De 150 millones de habitantes, tiene 35 millones de chicos en familias que ganan menos de treinta dólares cada una por mes. El 20 por ciento de la gente, los que están arriba, ganan 26 veces lo que ganan los del 20 por ciento de abajo, nueve a uno. Cientos de miles de niños viven en las calles de las mayores ciudades. Algunos de ellos se asocian en bandas o roban individualmente o sirven a los traficantes de drogas. En la “ciudad maravillosa” hay muchos adultos que piensan que los “pivetes da rua” no merecen vivir. Las hambrunas en lugares lejanos solían ser noticia dramática pero pasajera. “Murieron miles en la India por la pérdida de la cosecha de arroz”. “En China el hambre mata a millones”. “La sequía en Rusia causa centenares de miles de víctimas”. El lector de Occidente leía los titulares y enseguida estaba en otra cosa. Todo ocurría lejos, muy lejos. Era exótico y ajeno.

También estaba el pretexto de la “explosión demográfica”. Durante tiempo se habló impresionísticamente de “la bomba de la población”, el fantasma maltusiano, y la gente se acostumbró a pensar que cuando hay pueblos que se mueren de hambre es porque han aumentado demasiado su número y ese es el remedio, la válvula de alivio. Pero ahora se ha visto que hay hambrunas también donde la población no crece demasiado y se ha visto, además, que el crecimiento se estabiliza cuando hay bienestar o cuando los gobiernos establecen políticas responsables. Opera, al mismo tiempo, la comprobación de la fantástica productividad moderna para elaborar alimentos. En nuestros días las cosas no ocurren “tan lejos”. En un mundo estrechado por miles de vínculos electrónicos, los dramas colectivos como el hambre en Somalia o Sudán golpean los ojos. Las fotos y las imágenes televisivas nos ponen al lado, enfrente, a las víctimas. Si tenemos conciencia suficiente, es como si nos estuviesen viendo comer. Los niños, sobre todo. Y, como dijo un obispo católico: “Uno no puede ser espectador en una crucifixión. O uno es el crucificado, o uno es el crucificador”.

Podemos esperar que la humanidad en algún momento escuche, ahora que puede oír, reclamos como el de los profetas: Alimentad al hambriento, vestid al pobre, curad al enfermo. O palabras como las de un sabio de virtud superlativa que vivió en tiempos de Jesús y que se llamaba Hillel, quien dijo: “Si no estoy por mí, ¿quién estará por mí? Si estoy solo para mí mismo, ¿qué soy? Y si no es ahora, ¿cuándo?”.

El retorno de una plaga

El Centro para el Control de Enfermedades de Atlanta, Estados Unidos, advierte que no sólo ha reaparecido la tuberculosis, sino que se presenta de algún modo como fuera de control. Recordó M. Perutz, premio Nobel y director del Laboratorio de Biología Molecular de Cambridge, que cuando un bioquímico le dijo una vez a Domagk, el descubridor de un antibiótico específico eficaz, que merecía un monumento en cada valle y montaña del mundo, el científico le respondió: “Nadie se interesa más en una enfermedad que puede ser curada”. Pero ahora, comenta Perutz, la tuberculosis debe ser removida de la lista de esas enfermedades amortizadas; es una nueva amenaza para el hombre, no sólo en el Tercer Mundo, donde es causa principal de muertes, sino en todos lados.