8 julio, 2026

El Turco, el célebre autómata ajedrecista de Wolfgang von Kempelen, combinó mecánica, ilusión y espectáculo en el siglo XVIII.

Hemos oído discutir de nuevo un tema local que siempre fue motivo de extrañeza: la relevancia internacional de nuestros ajedrecistas.   ¿A qué se debe que un país de poca población mantuvo durante largo tiempo un conjunto férreo de primeras figuras en una actividad intelectualmente tan exigente? Algunos argumentan que fue un regalo de la Segunda Guerra Mundial, porque cuando estalló tuvieron que anclar aquí varios ajedrecistas europeos importantes (por ejemplo, Najdorf) que habían venido circunstancialmente a un torneo y que formaron discípulos. Otros les retrucan que la singularidad ajedrecística argentina venía de mucho antes. Hablamos tenido, décadas atrás, a Benito Villegas, Roberto Grau, Maderna, Guimard, Pleci, Piazzini, etc., que brillaron en tiempos cuando eran campeones del mundo Capablanca, Lasker, Alekhine, Keres.

Martínez Estrada decía que la singularidad revelaba que éramos un pueblo de gran inteligencia. En el arte ajedrecístico se manifiesta lo mejor de los argentinos; lo que nos arruina es el valor mercantil que se da aquí a la inteligencia. Escribió: “Heréticos de la inclinación sectaria general, los ajedrecistas representan entre nosotros mismos, lo que somos y nos da vergüenza ser”. Era decía en La cabeza de Goliat el más estupendo contrasentido de nuestra cultura que tuviéramos diez ajedrecistas que se podían medir con los mejores del mundo, en tanto no teníamos filósofos, ni artistas, ni científicos que pudieran ser considerados en paridad con los mejores de afuera. La explicación que daba para esta anómala era que nuestros ajedrecistas (a quienes calificaba, bellamente, como “artistas de un saber trascendente y fútil”) son autodidactas, hombres inteligentes que no han sido malogrados por la enseñanza oficial. Pero nuestro tema en esta nota no es el juego ciencia en sí mismo. Lo que queremos contar es una historia relacionada con el ajedrez, pero más directamente con ingenios fabricados por los hombres.

Es vieja en el mundo la idea de fabricar seres artificiales con elementos mecánicos. Los griegos inventaron autómatas, instrumentos maravillosos, juegos de ilusión, como pájaros máquina Arquitas, por ejemplo, inventó una paloma voladora con voz, teatros rodantes, relojes de agua para lo que usaron la suma de mecanismos, toda la cadena cinemática: poleas, engranajes, contrapesos, de multiplicaciones, válvulas, programación. Eran los modos entonces posibles de dar curso al ingenio mecánico que se concentró en la escuela de Alejandría, la de Arquímedes y Herón. Éste que escribió un “Tratado de Autómatas” es un personaje notable. Se ha dicho que “lo que Euclides fue para la geometría Herón lo fue para las ciencias aplicadas”. Derek de Solla Price sostiene en La Ciencia desde Babilonia que de los autómatas derivó mucho de nuestra tecnología. Ctesibio, Arquímedes, Herón lograron una tecnología sofisticada que se expresaba en artefactos mecánicos. En Roma, en el funeral de Julio César, Antonio enfureció al público (era su designio) en contra de sus victimarios con una figura del muerto levantándose del cajón cubierto de heridas. Mucho después, los autómatas pululan en Europa. En 1645 Pascal inventó la “La pascalina”, una máquina de calcular mecánica que es la primera computadora digital. Descartes construyó “Francine”, una bella mujer activada por magnetos. Cuando el rey Federico Ill entró con su ejército en Nuremberg (la región que se convertiría en el centro de los relojes de cucu) un artesano súbdito suyo lo esperaba con un águila de metal que salió volando a recibirlo, moviendo las alas y graznando ante el asombro del soberano, pavor del séquito y espantada de las caballerías.

En el siglo XVIII se multiplicaron los casos. Entre los más famosos constructores de autómatas estuvo el relojero suizo Droz, el primero en fabricar cajas de música y el último que intentó resolver el problema clásico del “móvil perpetuo”. Otro fue le francés Vaucanson, a quien se recuerda con una anécdota divertida. Cuando llegó a fabricar un hombre que tocaba la flauta y un pato que comía, hacía “cuacua” y luego defecaba en el escenario del teatro muerto de risa, el cardenal ministro Fleury, pensando que bien podía aplicar su talento a cosas más útiles, lo envió a Orleans para que mejorara los telares de sedas. Los obreros de allí, temiendo que inventase un aparato que los dejase sin trabajo, lo echaron a patadas. En venganza por ello, Vaucanson construyó entonces un burro que podía manejar un telar a la perfección. Alguien ha comentado que este famoso telar movido por un asno se exhibe todavía en el Museo del Louvre de París. No nos consta. Todavía podemos citar una mención famosa a un autómata en nuestra literatura. J.L. Borges popularizó al Golem, servidor fantasmagórico del rabino Lōw de Praga; quien conociera las letras del verdadero nombre de Dios podía hacerse servir con él.

Pero vayamos al ajedrez, que ha sido una constante referencia de los fabricantes de autómatas, como lo es hoy, los cibernéticos que gustan desafiar a los corderos en las recientes partidas de Kasparov y la computadora de campeones con sus artefactos.

Vivía en Viena a mediados de los ‘1700 un funcionario de la corte de María Teresa que se llamaba Wolfgang von Kempelen. Este austríaco ingenioso se propuso deleitar a la emperatriz y fabricó para ella un autómata que jugaba al ajedrez. Tenía la figura de un hombre vestido a la manera turca, sentado en una especie de trono ante una mesa con tablero. El turco jugó con los ajedrecistas más hábiles y los venció a todos. Movía cada figura con la mano izquierda y avisaba moviendo la cabeza dos veces cuando daba jaque a la reina y tres cuando se lo daba al rey. Es cierto que a veces se mostraba poco prolijo y transgredir las reglas. Por ejemplo, cuando le parecía conveniente, su rey se movía como un alfil o como una torre. Además, era de un carácter bastante irascible; tras una jugada errónea era capaz de hacer volar las piezas con el bastón que mantenía en sus manos derechas.

Pero, en mérito de su genialidad, se le perdonaban esos arrestos. Von Kempelen, el dueño, se paseaba tranquilamente, como un embajador, alrededor de la mesa. Si alguien se lo pedía, mostraba el interior de la cabeza del artefacto llena de ruedas, palancas y resortes. El inventor se hizo famoso del día a la noche en toda Europa. Se formaron dos bandos: el de los que creían que era un mistificador y el de los que pensaban que era un genio. Pero todos querían ver de cerca a su turco ajedrecista y muchos ganarle una partida. El gran duque Pablo de Rusia fue a Viena a jugar con él y tuvo que inclinar su pieza mayor. El inventor recibió un premio principesco. Cuando lo consideró oportuno, emprendió una gira por otros países. Estando en Inglaterra el rey de Prusia, Federico el Grande, excelente jugador y fanático del ajedrez, lo invitó a su corte. Von Kempelen llegó a Postdam y el turco ajedrecista venció al monarca en tres partidas sucesivas. Federico, excitado al extremo, le pagó al inventor una suma enorme para que le descubriese el secreto del funcionamiento del prodigio. Una vez que lo obtuvo, no habló a nadie de ello. 

No termina allí la historia. Años más tarde, llegado a Alemania, Napoleón exigió jugar una partida con el hombre máquina. El turco resultó el mejor estratega de los dos y venció al conquistador del mundo.  ¿Cuál era el secreto del turco ajedrecista? Nunca se supo con seguridad. El gran público lo tuvo como la octava maravilla del mundo; todos se hacían lenguas de su habilidad, de su intuición, de sus golpes de mano. Los escépticos, por su lado, opinan mayoritariamente que era obra de un mecánico súper ingenioso que dirigía el movimiento de las piezas de hierro con un dispositivo magnético oculto. Un ajedrecista francés sostuvo que un tal Mouret (teórico del juego ciencia, que era de pequeña estatura) era quien, embutido en el artefacto, hacía mover las piezas. Otros imaginaron engaños todavía más sutiles, de poderes misteriosos. Pero, en realidad, el único que seguramente conoció el secreto (aparte de su dueño) fue, como vimos, Federico el Grande y se lo llevó a la tumba cumpliendo la palabra dada de no revelarlo.